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Full text of "En el principio... fue la línea de comandos"

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En el principio. . . fue 
la línea de comandos 

Neal Stephenson 

1999 



Indice 

Presentación, por M. Vidal 5 

Prólogo, por P.J. Romero 11 

Introducción 15 

Descapotables, tanques y batmóviles 17 

Lanzador de bits 23 

Las Interfaces Gráficas de Usuario 29 

Lucha de clases en el escritorio 37 

Tarro de miel, pozo de brea, lo que sea 45 

La tecnosfera 53 

La cultura de la interfaz 59 

Morlocks y Eloi al teclado 71 

El trasquilón metafórico 79 

Linux 83 

El «hole hawg» de los sistemas operativos 91 

La tradición oral 95 


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En el principio. . . fue la línea de comandos 


Shock de sistema operativo 99 

Falibilidad, enmienda, redención, confianza... 111 

Memento Mori 123 

La fatiga del «geek» 131 

Etre 135 

Mente compartida 145 

El meñique derecho de Dios 149 



Presentación 


Hace años que los fabricantes de sistemas operativos — como 
Microsoft o Apple — dedican ingentes recursos a ocidtar cómo 
funcionan realmente los ordenadores, se supone que con la idea 
de simplificar su uso. Para ello, algunos de sus mejores ingenie- 
ros han inventado toda clase de metáforas visuales e interfaces 
gráficas, lo cual ha permitido que mucha gente se acerque a los 
ordenadores personales sin sentir pánico o sin provocar grandes 
gastos deformación de personal a sus empresas. Pero, lamenta- 
blemente, construir ese muro de metáforas en forma de interfaz 
gráfica entre el ordenador y el usuario (conocida como GUI) ha 
tenido un coste social y cultural muy notable, al contribuir deci- 
sivamente a que la tecnología que subyace al ordenador se perciba 
como algo mágico, sin conexión alguna entre causas y efectos, 
recubriendo de un formidable manto de ignorancia todo lo que 
realmente sucede. Eso ha propiciado estrategias comerciales ba- 
sadas en el engaño y la trampa } cuando no abiertamente delic- 
tivas 1 2 y explica que productos muy deficientes, como el propio 
Windoivs, sean consumidos masivamente y tolerados por el gran 
piiblico, que soporta resignadamente una mercancía plagada de 
errores y sin garantía real alguna, que acepta las pérdidas de da- 


1 «Trampa en el ciberespacio», Roberto Di Cosmo, 1998, http:// 
sindominio . net /biblioweb/ telemática /t rampas . html 

2 E1 fallo contra Microsoft del juez Jackson, emitido en abril de 2000, es 
absolutamente demoledor: califica su estrategia empresarial como «con- 
ducta depredadora», la compara con un «pulgar opresor» sobre sus com- 
petidores y la tilda de «violenta». 


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En el principio. . . fue la línea de comandos 


tos, los virus, las vulnerabilidades, el control sobre su intimidad 
y toda clase de errores inesperados como algo natural, inherente 
al propio ordenador, y no al sistema operativo que lo hace fun- 
cionar. El último — y gravísimo — atropello planificado por parte 
del principal constructor de interfaces amigables tiene el nom- 
bre de TCPA/Palladium y pretende unlversalizar el softzvare pro- 
pietario con código malicioso incorporado. Hoy son las empresas 
las que «legislan» defacto mediante la tecnología y, de imponerse 
dicho sistema — una auténtica conspiración de Microsoft e Intel 
contra libertades básicas de las personas — , permitiría realmen- 
te la censura remota, la intrusión y el control de los ordenadores 
personales por parte de las corporaciones multimedia y de los go- 
biernos, a espaldas del usuario y sin su consentimiento. 

La «cultura de la interfaz» se ha impuesto, pero para llegar a 
ese punto ha hecho falta un largo recorrido salpicado de guerras 
no declaradas, una auténtica «lucha de clases en el escritorio» 
que nos ha llevado desde la línea de comandos hasta las vistosas 
interfaces gráficas actuales. Es precisamente esa historia la que 
nos narra, deforma amena y desenfada, Neal Stephenson, autor 
por cierto de algunas de las mejores novelas de ciencia-ficción de 
la última década, tales como Snow Crash y Criptonomicón. 

Existe una comunidad, una cultura compartida, de progra- 
madores expertos y gurús de redes, cuya historia se puede 
rastrear décadas atrás, hasta las primeras minicomputado- 
ras de tiempo compartido y los primigenios experimentos 
de Arpanet. Los miembros de esta cultura acuñaron el tér- 
mino hacker. Los hackers construyeron la Internet. Los hac- 
kers hicieron del sistema operativo Unix lo que es en la ac- 
tualidad. Los hackers hacen andar Usenet. Los hackers ha- 
cen que funcione la WWW. 3 

El heredero de esa cultura es el movimiento del softzvare libre, 
y su buque insignia: GNU/Linux. En ese ámbito sigue muy viva 
la interfaz de línea de comandos de la que nos habla Stephenson. 
Tal circunstancia no responde a ninguna clase de nostalgia o ex- 
centricidad, ni se debe solo a una decisión técnica, sino política, 
pues con ello se ha mantenido intactos el poder y la capacidad de 


3 «Cómo convertirse en hacker», Eric Raymond, 2001. La traducción 
castellana puede leerse en: http://sindominio.net/biblioweb/ 
telematica/hacker-como . html 



Presentación, por M. Vidal 


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decisión del usuario sobre lo que hace su máquina. Es de esta his- 
toria, no muy conocida fuera del ámbito hacker, sobre la que nos 
ilustra En el principio. . . fue la línea de comandos. 
La obra que presentamos constituye un ensayo sobre el pasado y el 
futuro de los ordenadores personales, un recorrido personal y sub- 
jetivo — pero no por ello menos preciso — a través de la evolución 
de los sistemas operativos que el autor ha conocido — Windows, 
MacOS, Linux, BeOS — y de la actitud que han representado a 
lo largo del tiempo cada uno de estos en el uso y el tipo de usua- 
rio a los que ha dado lugar. No es un libro que trate de evaluar o 
comparar técnicamente las prestaciones de los distintos sistemas 
operativos, ni que aborde la típica (y artificiosa) controversia en- 
tre usuarios de Mac y de Windows. De hecho, Stephenson sitúa 
correctamente en el mismo plano a Apple y a Microsoft, como dos 
caras de la misma moneda: tal y como no hay diferencia cualitati- 
va entre un fabricante deferraris y otro de ladas ( por mucho que 
estética e incluso funcionalmente no haya comparación posible), 
tampoco la hay entre Redmond y Cupertino: ambos gigantes re- 
presentan un modelo basado en el código cerrado, en la restricción 
y la apropiación de las fuentes del conocimiento y en la venta de 
licencias. 

La alternativa al softzvare propietario no es otro software pro- 
pietario que funcione mejor o sea más vistoso, o nos salga gratis, 
sino un modelo de desarrollo y uso del softzvare que devuelva a 
los usuarios de ordenadores el poder y la libertad que han ido per- 
diendo a lo largo del tiempo o, aiín más, que permita a los usuarios 
autoorganizarse para ello: ese, y no otro, es el valor del softzvare 
libre, mucho más que sus excelencias técnicas, las cuales, sien- 
do indiscutibles, no dejan de ser un hecho circunstancial. ¿Y qué 
es lo que caracteriza pues al softzvare libre? el permiso de copiar, 
modificar y redistribuir el código (incluyendo su venta), con una 
tínica restricción que se puede sintetizar con el título del himno de 
Caetano Veloso y del Mayo francés: «prohibido prohibir», y que 
los hackers comprimen attn más llamándolo «copyleft». Esto no 
es una simple utopía de informáticos libertarios, sino la columna 
vertebral de Internet (más del 60 % de los servidores zveb se ba- 
san en un softzvare libre llamado Apache), el modelo de negocio 
de numerosas empresas y el sistema que usan ya más de veinte 
millones de personas en sus ordenadores. 



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En el principio. . . fue la línea de comandos 


Esta obra sin duda supondrá un punto de insta novedoso pa- 
ra el usuario no especializado, pues le descubrirá de modo ameno 
un mundo que no es el que le han contado en las revistas de in- 
formática, ni en los rutilantes anuncios de las grandes compañías 
de softzvare propietario, que prometen facilidad de uso a cambio 
de aceptar la entrega ciega e incondicional a sus productos. Neal 
Stephenson muestra que no es oro todo lo que reluce debajo de esa 
metáforas visuales y esos vistosos y (se supone) intuitivos escri- 
torios, que se han impuesto a costa de un ejercicio tramposo de 
idealización equivalente a las películas de Walt Disney. 

Hay que hacer una pequeña aclaración en cuanto a la excelen- 
te traducción de Asunción Álvarez. En el texto aparece a menudo 
«softzvare gratis» como traducción castellana de free software. 
En inglés, el término free es polisémico, y puede significar tanto 
libre como gratis. Sin embargo, free software, referido al movi- 
miento que abandera GNU/Linux, se emplea siempre en el sen- 
tido de libertad, no de precio, y debe traducirse como «softzvare 
libre». Pero Stephenson usa muchas veces a lo largo del texto free 
en un sentido inequívoco que indica gratuidad y por supuesto la 
traductora ha respetado dicho sentido. Cuando el autor quiere re- 
ferirse a «softzvare libre» opta por la denominación open source 
(«fuente abierta»). El softzvare libre es libre incluso para ser ven- 
dido. Que el softzvare se pueda copiar sin restricciones hace que 
tienda a llegar al usuario a coste cero, lo cual es distinto a que no 
haya costado nada producirlo o a que alguien no haya pagado por 
su desarrollo: la gratuidad, cuando se da, es una consecuencia del 
modelo de libre copia, no su razón de ser . 4 

Para elaborar este libro se ha empleado tínicamente softzvare 
libre, en concreto el sistema de composición de textos ETpX, 5 el 


4 De hecho existe software gratuito que en absoluto es software libre: el 
navegador Explorer de Microsoft es un buen ejemplo de cómo la gratui- 
dad puede ser parte de una despiadada estrategia de dumping. 

5 TpX (pronúnciese «tej») fue creado en 1978 por Donald E. Knuth, fi- 
gura sobresaliente en la ciencia de la computación moderna y máxima 
autoridad en el estudio de algoritmos matemáticos. TpX es sin duda uno 
de los programas libres más perfectos y de los que más orgullosos se sien- 
ten los amantes del software libre. ETpX (y su sucesor IXTpX2e) es un len- 
guaje estructurado construido a partir de TpX, usado por gran número de 
matemáticos, físicos, químicos e ingenieros, si bien se puede emplear en 



Presentación, por M. Vidal 


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editor GNU Emacs y el corrector Ispell , 6 con los que se ha contro- 
lado todo el proceso hasta la salida final en un fichero «postcript» 
para la imprenta. Tenemos el empeño explícito por mostrar con 
hechos que el residtado de la maquetación con herramientas li- 
bres es incluso superior que el que se obtiene con los carísimos 
programas comerciales que se utilizan en la composición de libros 
en papel. Tampoco se ha usado interfaz gráfica: todo el proceso se 
ha realizado sin efectuar un solo click de ratón desde una terminal 
de línea de comandos (GNU bash). Una versión digital de este li- 
bro, libremente reproducible para uso personal, puede encontrarse 
en la Biblioweb de sinDominio . 7 

Solo nos queda agradecer la cesión de la traducción a Asun- 
ción Álvarez y ciberpunk.org, en cuyo sitio se encuentra otra 
versión en línea de este ensayo . 8 También deseamos que conste 
nuestro agradecimiento a Pedro Jorge Romero, por permitirnos 
reproducir la reseña que hizo para el Archivo de Nessus . 9 


Miquel Vidal 

miquel@sindominio.net 


cualquier tipo de documento. Aunque Word está haciendo estragos, aún 
muchas revistas de Física y Matemática o, por ejemplo, los libros de la 
editorial Addison-Wesley, se preprocesan utilizando TpX. 

6 Ispell es un programa antiquísimo de línea de comandos que también 
trabaja integrado en Emacs. Fue escrito originalmente para una máquina 
PDP-10 en 1971 por R.E. Gorin y reescrito en C por Pace Willisson, del 
MIT. Después de 30 años, sigue siendo el corrector ortográfico estándar 
de los sistemas Unix. 

7 http : //sindominio . net/biblioweb/telematica 

8 http : //www . ciberpunk . com/basicos/neal_stephenson . 
html 

9 http : //www . archivodenessus . com/rese/O 1 86/ 




Prólogo 


Aparte de escribir buenas novelas de ciencia ficción (o 
cómo se llame lo que hace), Neal Stephenson tiene otra fa- 
ceta más periodística. No está tan marcada como la de Bru- 
ce Sterling, quien ha dedicado muchos esfuerzos a infor- 
mar desde cinco minutos en el futuro, pero es muy intere- 
sante, centrándose sobre todo en el mundo de la informáti- 
ca y las tecnologías avanzadas de comunicación. Y aquí es 
donde Neal Stephenson gana a muchos de los que tratan 
esos temas: él realmente entiende el fundamento técnico. 
No es que sus comentarios sean análisis secos de posibili- 
dades tecnológicas, más bien todo lo contrario. Son piezas 
llenas de opiniones, subjetivas y claramente escritas por 
una persona en concreto, pero una persona cuya opinión 
merece tenerse en cuenta porque demuestra conocer bien 
el campo sobre el que escribe. 

Un buen ejemplo es este libro dedicado a los sistemas 
operativos. En el principio. . . fue la línea de coman- 
dos es una combinación de historia del software, discusión 
sobre la progresiva ocultación de la realidad tras una «in- 
terfaz» cada vez más bonita, meditación sobre el sentido 
de la vida, diario de los problemas de enfrentarse a varios 
sistemas operativos diferentes, canto nostálgico a los días 
en que las cosas se hacían como debían hacerse y, un poco, 
defensa de los muy masculinos valores de la potencia y el 
control. 


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En el principio. . . fue la línea de comandos 


Todo empieza con una analogía: los sistemas operati- 
vos son como los coches. La compañía Microsoft empezó 
vendiendo bicicletas motorizadas (MS-DOS), luego pasó a 
producir una actualización (el Windows original) que per- 
mitía a la bicicleta ir más rápido. Y finalmente, produce un 
coche, no demasiado bonito, que pierde mucho aceite pe- 
ro que la gente compra mucho. La otra compañía, Apple, 
vende unos coches muy cómodos, fáciles de usar, pero que 
vienen herméticamente cerrados de forma que es imposi- 
ble saber qué hay en su interior. BeOS vende coches de alta 
tecnologías, hermosos, con gran estilo y capaces de volar, 
ir por el agua o hacer lo que uno quiera, y más baratos que 
la competencia. Y por último tenemos algo que no es ni si- 
quiera una compañía, sino más bien un campamento de re- 
fugiados, lleno de voluntarios de gran talento, que produce 
tanques. Sí, tanques. Tan buenos, que nunca se rompen, fá- 
ciles de maniobrar, que consumen el mismo combustible 
que un coche, están fabricados con la última tecnología y, 
lo mejor de todo, son gratuitos. A medida que uno de esos 
tanques Linux, ¿no lo habían adivinado?, se termina, se de- 
ja en la calle y cualquiera puede llevárselo. 

A partir de ahí, Neal Stephenson construye un discurso 
en el que explica el valor real de una compañía de siste- 
mas operativos (ninguno; su valor sólo está en la cabeza 
de los clientes que, como Mulder, «quieren creer»), analiza 
la necesidad de la sociedad americana (y por extensión, el 
resto del mundo) de ocultar la complejidad tras unos bo- 
nitos botones, y discute los muchos problemas de instalar 
Linux. Y cuando uno sospechaba que está a punto de de- 
fender los valores de las herramientas para hombres (des- 
pués de comparar a Linux con un, maravilloso en su expe- 
riencia, taladro industrial) se descuelga con una afirmación 
sorprendente para un hacker: el mejor sistema operativo 
sería aquel que combinase la potencia con una buena in- 
terfaz gráfica. Es decir, uno que te dejase la posibilidad de 
abrir una ventana a la línea de comando. Es decir, BeOS. 

Porque la línea de comando es la mejor forma de re- 
lacionarse con el mundo. La línea de comando es lo que te 
permite acceder a la realidad fundamental. Seguro que dios 



Prólogo, por P.J. Romero 


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cuando creo el universo lo hizo como un hacker delante de 
la pantalla de su ordenador tecleando crípticos comandos 
para crear universos. 

¿Son 150 páginas de un discurso laberíntico? Muy po- 
siblemente. ¿Tiene razón en lo que dice? En buena parte. 
¿Se va por las ramas? Ciertamente. ¿Es apasionante de leer? 
Puedes apostarlo. Porque En EL PRINCIPIO. . . FUE LA LÍ- 
NEA DE COMANDOS está escrito con pasión, y por un autor 
que sabe utilizar atrevidas metáforas y brillantes imágenes, 
que a cada página puede sorprender con una observación 
inteligente o un dato interesante. Cuando terminas, te que- 
das con el inexplicable deseo de instalar BeOS en tu orde- 
nador. Lo que puede resumirse diciendo que es otro buen 
libro de Neal Stephenson. 

Pedro Jorge Romero 1 


1 Pedro Jorge Romero (Arrecife, 1967) es licenciado en física, pero real- 
mente se dedica a traducir, a la programación web y a escribir ocasional- 
mente. Ha traducido los tres volúmenes de la monumental novela de N. 
Stephenson Criptonomicón (Ediciones B, 2002), y está preparando la tra- 
ducción de su esperada «secuela». Azogue (Quicksilver ) , cuya publicación 
está prevista para octubre de este año. Ediciones B ha publicado reciente- 
mente su primera novela. El otoño de las estrellas, escrita en colaboración 
con Miquel Barceló. 




Introducción 


Hace UNOS veinte AÑOS, a Jobs y Wozniak, los fundado- 
res de Apple, se les ocurrió la muy extraña idea de vender 
máquinas de procesamiento de información para uso do- 
méstico. El negocio despegó, sus fundadores hicieron un 
montón de dinero y recibieron el crédito que merecían co- 
mo osados visionarios. Pero en esa misma época, a Bill Ga- 
tes y Paul Alien se les ocurrió una idea todavía más extraña 
y fantasiosa: vender sistemas operativos de ordenador. Es- 
to era mucho más extraño que la idea de Jobs y Wozniak. 
Un ordenador por lo menos tenía cierta realidad física. Ve- 
nía en una caja, podía abrirse y enchufarse y se podía ver 
cómo parpadeaban las luces. Un sistema operativo no te- 
nía ninguna encarnación tangible. Venía en un disco, claro, 
pero el disco no era, a todos los efectos, más que la caja que 
contenía el sistema operativo. El producto mismo era una 
serie muy larga de unos y ceros que, cuando se instalaba 
y se cuidaba bien, te daba la capacidad de manipular otras 
series muy largas de unos y ceros. Incluso los pocos que 
de hecho comprendían qué era un sistema operativo de or- 
denador posiblemente pensaban en ello como un prodigio 
increíblemente complicado de la ingeniería, como un reac- 
tor o un avión espía U-2, y no algo que pudiera llegar a ser 
(en la jerga de la alta tecnología) productizado. 

Pero ahora la compañía que fundaron Gates y Alien 
vende sistemas operativos como Gillette vende hojas de 
afeitar. Se lanzan nuevas versiones de sistemas operativos 


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En el principio. . . fue la línea de comandos 


como si fueran películas de Hollywood, con el respaldo de 
celebridades, apariciones en talk shows y giras mundiales. 
Su mercado es lo bastante vasto como para que la gente se 
preocupe de si ha sido monopolizado por una compañía. 
Incluso los menos inclinados a la técnica de nuestra socie- 
dad tienen ahora al menos una idea nebulosa de lo que ha- 
cen los sistemas operativos; lo que es más, tienen opiniones 
sólidas sobre sus méritos relativos. Es ya un conocimiento 
compartido el que, si tienes un programa que funciona en 
tu Macintosh y lo pasas a una máquina Windows, no fun- 
ciona. Esto sería, de hecho, un error risible e idiota, como 
clavar herraduras en las ruedas de un coche. 

Una persona que entrara en coma antes de la fundación 
de Microsoft y despertara hoy, tomaría el New York Times 
de esta mañana y no entendería nada — o casi: 

ítem: el hombre más rico del mundo hizo su fortuna a partir 
de ¿qué? ¿ferrocarriles? ¿buques? ¿petróleo? No, sistemas 
operativos. 

ítem: el Departamento de Justicia está investigando el su- 
puesto monopolio en sistemas operativos de Microsoft con 
herramientas legales que se inventaron para restringir el po- 
der de los jefes de bandas de ladrones del siglo XIX. 
ítem: una amiga mía me contó recientemente que había in- 
terrumpido un (hasta entonces) estimulante intercambio de 
e-mails con un joven. «Al principio parecía un tipo tan inte- 
ligente e interesante — dijo — pero luego empezó a ponerse 
en plan "PC-contra-Mac".» 

¿Qué diablos está pasando aquí? Y ¿tiene futuro el ne- 
gocio de los sistemas operativos, o sólo pasado? Lo que si- 
gue es mi opinión, que es completamente subjetiva; pero, 
dado que me he pasado bastante tiempo, no sólo usando, 
sino programando en Macintosh, Windows, Linux y BeOS, 
tal vez no sea tan desinformada como para carecer por 
completo de valor. Este es un ensayo subjetivo, más críti- 
ca que artículo de investigación, y puede parecer injusto o 
sesgado comparado con lo que se puede encontrar en las 
revistas de PC. Pero, desde que salió el Mac, nuestros siste- 
mas operativos están basados en metáforas, y, por lo que a 
mí respecta, es legítimo cuestionar cualquier cosa con me- 
táforas dentro. 



Descapotables, tanques y 

batmóviles 


En la ÉPOCA en QUE Jobs, Wozniak, Gates y Alien es- 
taban soñando estos planes inverosímiles, yo era un ado- 
lescente que vivía en Ames, Iowa. El padre de uno de mis 
amigos tenía un viejo MGB descapotable 1 oxidándose en el 
garaje. A veces conseguía que arrancara y cuando lo hacía 
nos llevaba a dar una vuelta por el barrio, con una expre- 
sión memorable de salvaje entusiasmo juvenil en la cara; 
para sus preocupados pasajeros era un loco, tosiendo y ren- 
queando por Ames, Iowa, y tragándose el polvo de oxida- 
dos Gremlins y Pintos, pero en su propia imaginación era 
Dustin Hoffman cruzando el Puente de la Bahía con el ca- 
bello al viento. 

Mirando atrás, esto me reveló dos cosas acerca de la re- 
lación de las personas con la tecnología. Una fue que el ro- 
manticismo y la imagen influyen mucho sobre su opinión. 
Si lo dudan (y tienen un montón de tiempo libre), pregún- 
tenle a cualquiera que tenga un Macintosh y que por ello 
imagina ser miembro de una minoría oprimida. 

El otro punto, algo más sutil, fue que la interfaz es muy 
importante. Claro que aquel MGB era un coche malísimo en 


1 El MGB fue el coche deportivo británico más exitoso de todos los tiem- 
pos. Salió de la producción en Abingdon en 1962. Se fabricó también una 
versión coupé con la denominación MGB GT. La producción se suprimió 
en 1980, después de haber vendido medio millón de unidades. [N. del E. ] 


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24 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


casi cualquier aspecto importante: pesado, poco fiable, po- 
co potente. Pero era divertido conducirlo. Respondía. Cada 
guijarro de la carretera se sentía en los huesos, cada matiz 
en el asfalto se transmitía instantáneamente a las manos del 
conductor. Podía escuchar el motor y saber qué fallaba. El 
volante respondía inmediatamente a las órdenes de las ma- 
nos. Para nosotros, los pasajeros, era un ejercicio fútil de no 
ir a ningún lado — más o menos tan interesante como mirar 
por encima del hombro de alguien que introduce números 
en una hoja de cálculo — . Pero para el conductor era una 
experiencia. Durante un breve tiempo, estaba expandien- 
do su cuerpo y sus sentidos en un ámbito más amplio, y 
haciendo cosas que no podía hacer sin ayuda. 

La analogía entre coches y sistemas operativos es bas- 
tante buena, así que permítanme seguir con ella durante 
un rato como modo de dar un resumen sumario de nuestra 
situación hoy en día. 

Imagínense un cruce de carreteras donde hay cuatro 
puntos de venta de coches. Uno de ellos (Microsoft) es mu- 
cho, mucho mayor que los demás. Comenzó hace años ven- 
diendo bicicletas de tres velocidades (MS-DOS); no eran per- 
fectas, pero funcionaban y, cuando se rompían, se arregla- 
ban fácilmente. 

Enfrente estaba la tienda de bicicletas rival (Apple), que 
un día empezó a vender vehículos motorizados: coches ca- 
ros, pero de estilo atractivo, con los mecanismos herméti- 
camente sellados, de tal modo que su funcionamiento era 
algo misterioso. 

La tienda grande respondió apresurándose a sacar un 
kit de actualización (el Windows original) al mercado. Se 
trataba de un dispositivo que, cuando se atornillaba a una 
bicicleta de tres velocidades, le permitía seguir, a duras pe- 
nas, el ritmo de los coches Apple. Los usuarios tenían que 
usar gafas de protección y siempre estaban sacándose bi- 
chos de los dientes , 2 mientras los usuarios de Apple co- 
rrían en su confort herméticamente sellado, burlándose por 


2 E1 autor juega en este y en otras partes del ensayo con la doble acep- 
ción de bug: «bicho, insecto» y «error, fallo informático». [N. del E.] 



Descapotables, tanques y batmóviles 


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las ventanillas. Pero los Micro-motopedales eran baratos, y 
fáciles de reparar comparados con los coches Apple, y su 
cuota de mercado creció. 

Al final la tienda grande acabó por sacar un coche en to- 
da regla: un monovolumen colosal (Windows 95). Tenía el 
encanto estético de un bloque soviético de viviendas para 
obreros, perdía aceite y le estallaban las bujías, pero fue un 
éxito tremendo. Poco tiempo después, sacaron también un 
enorme vehículo para la circulación fuera de carretera des- 
tinado a usuarios industriales (Windows NT), que no era 
más bonito que el monovolumen, y sólo algo más fiable. 

Desde entonces ha habido un montón de ruido y gri- 
tos, pero poco ha cambiado. La tienda pequeña sigue ven- 
diendo elegantes sedanes de estilo europeo y gastándose 
mucho dinero en campañas publicitarias. Tienen carteles 
de «¡Liquidación!» puestos en el escaparate desde hace 
tanto tiempo que ya están amarillos y arrugados. La tienda 
grande sigue fabricando monovolúmenes y vehículos de 
circulación fuera de carretera cada vez más grandes. 

Al otro lado de la carretera hay dos competidores que 
llegaron más recientemente. Uno de ellos, (Be, Inc.) ven- 
de batmóviles plenamente operativos (los BeOS). Son más 
bonitos y elegantes incluso que los eurosedanes, mejor di- 
señados, más avanzados tecnológicamente y al menos tan 
fiables como cualquier otra cosa en el mercado: y sin em- 
bargo son más baratos que los demás. 

Con una excepción, claro: Linux, que está enfrente mis- 
mo, y que no es un negocio en absoluto. Es un conjunto de 
tiendas de campaña, yurtas, tipis y cúpulas geodésicas le- 
vantadas en un prado y organizadas por consenso. La gen- 
te que vive allí fabrica tanques. No son como los anticua- 
dos tanques soviéticos de hierro forjado; son más pareci- 
dos a los tanques MI del ejército estadounidense, hechos 
de materiales de la era espacial y llenos de sofisticada tec- 
nología de arriba abajo. Pero son mejores que los tanques 
del ejército. Han sido modificados de tal modo que nunca, 
nunca se averian, son lo bastante ligeros y maniobrables co- 
mo para usarlos en la calle y no consumen más combustible 
que un coche compacto. Estos tanques se producen ahí mis- 



26 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


mo a un ritmo aterrador, y hay un número enorme de ellos 
alineados junto a la carretera con las llaves puestas. Cual- 
quiera que quiera puede simplemente montarse en uno y 
marcharse con él gratis. 

Los clientes llegan a este cruce en multitudes, día y no- 
che. El noventa por ciento se van derechos a la tienda gran- 
de y compran monovolúmenes o vehículos para circula- 
ción fuera de carretera. Ni siquiera miran las otras tiendas. 

Del diez por ciento restante, la mayoría va y compra un 
elegante eurosedán, deteniéndose sólo para mirar por en- 
cima del hombro a los filisteos que compran monovolúme- 
nes y vehículos para circulación fuera de carretera. Si acaso 
llegan a fijarse siquiera en la gente al otro lado de la carre- 
tera, vendiendo los vehículos más baratos y técnicamente 
superiores, estos clientes los desprecian, considerándolos 
lunáticos y descerebrados. 

La tienda de batmóviles vende unos cuantos vehículos 
al maniático de los coches de ocasión que quiere un se- 
gundo vehículo además de su monovolumen, pero parece 
aceptar, al menos de momento, que es un jugador marginal. 

El grupo que regala los tanques sólo permanece vivo 
porque lo llevan voluntarios, que se alinean al borde de la 
calle con megáfonos, tratando de llamar la atención de los 
clientes sobre esta increíble situación. Una conversación tí- 
pica es algo así: 

HACKER CON MEGÁFONO: ¡Ahorra dinero! ¡Acepta uno de 
nuestros tanques gratis! ¡Es invulnerable, y puede atrave- 
sar roquedales y ciénagas a ciento cincuenta kilómetros por 
hora consumiendo dos litros a los cien! 

Futuro comprador de monovolumen: Ya sé que lo 
que dices es cierto. . . pero. . . eh. . . ¡yo no sé mantener un 
tanque! 

MEGÁFONO: ¡Tampoco sabes mantener un monovolumen! 
COMPRADOR: Pero esta tienda tiene mecánicos contrata- 
dos. Si le pasa algo a mi monovolumen, puedo tomarme un 
día libre de trabajo, traerlo aquí y pagarles para que traba- 
jen en él mientras yo me siento en la sala de espera durante 
horas, escuchando música de ascensor. 



Descapotables, tanques y batmóviles 


27 


MEGÁFONO: ¡Pero si aceptas uno de nuestros tanques gra- 
tuitos te mandaremos voluntarios a tu casa para que lo 
arreglen gratis mientras duermes! 

COMPRADOR: ¡Manténte alejado de mi casa, bicho raro! 
Megáfono: Pero. . . 

COMPRADOR: ¿Pero es que no ves que todo el mundo está 
comprando monovolúmenes? 




Lanzador de bits 


La CONEXIÓN ENTRE COCHES y modos de interactuar con 
los ordenadores no se me habría ocurrido en la época en 
que me llevaban de paseo en aquel descapotable. Me ha- 
bía apuntado a una clase de programación en el Instituto 
de Ames. Tras unas cuantas clases introductorias, nos die- 
ron permiso a los estudiantes para entrar en una sala di- 
minuta que contenía un teletipo, un teléfono y un módem 
anticuado consistente en una caja de metal con un par de 
cuencas de plástico encima (nota: muchos lectores, abrién- 
dose camino a través de esta última oración, probablemen- 
te sintieron un retortijón inicial de temor de que este ensa- 
yo estuviera a punto de convertirse en una tediosa batallita 
sobre lo difícil que lo teníamos en los viejos tiempos; tran- 
quilícense: lo que estoy haciendo, de hecho, es colocar mis 
piezas sobre el tablero de ajedrez, por así decirlo, preparán- 
dome para realizar una observación sobre temas realmen- 
te interesantes y actualizados como el software de fuente 
abierta. El teletipo era exactamente el mismo tipo de má- 
quina que se había estado usando durante décadas para 
enviar y recibir telegramas. Se trataba básicamente de una 
máquina de escribir ruidosa que sólo podía generar LETRAS 
MAYÚSCULAS. Montada a un lado había una máquina más 
pequeña con un largo rollo de cinta de papel y una cesta de 
plástico transparente debajo. 

Para conectar este dispositivo (que no era un ordena- 
dor en absoluto) con la Universidad Estatal de Iowa al otro 


29 



30 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


lado de la ciudad, había que coger el teléfono, marcar el nú- 
mero del ordenador, esperar a que llegaran ruidos raros y 
entonces colocar el auricular en las cuencas de plástico. Si 
acertabas, una cuenca envolvía sus labios de neopreno en 
torno a la parte de la oreja y el otro en torno a la parte de la 
boca, consumando una especie de sesenta y nueve informa- 
cional. El teletipo se estremecía mientras era poseído por 
el espíritu del lejano ordenador, y empezaba a martillear 
mensajes crípticos. 

Puesto que el tiempo de ordenador era un recurso es- 
caso, usábamos una especie de técnica de procesamiento 
por lotes. Antes de marcar en el teléfono, conectábamos la 
perforadora de cinta (una máquina subsidiaria atornillada 
al costado del teletipo) y tecleábamos nuestros programas. 
Cada vez que pulsábamos una tecla, el teletipo imprimía 
una letra en el papel delante nuestro, de tal modo que pu- 
diéramos leer lo que habíamos escrito; pero al mismo tiem- 
po convertía la letra en un conjunto de ocho dígitos bina- 
rios, o bits, y perforaba un patrón correspondiente de agu- 
jeros a lo ancho de una cinta de papel. Los diminutos dis- 
cos de papel salidos de la cinta caían en la cesta de plástico 
transparente, que lentamente se llenaba de lo que sólo pue- 
de describirse como bits reales. El último día del curso, el 
chico más listo de la clase (no yo) saltó desde detrás de su 
pupitre y lanzó varios kilos de estos bits por encima de la 
cabeza de nuestro profesor, como confetti, como una espe- 
cie de broma semiafectuosa. La imagen de aquel hombre 
sentado allí, atenazado por las fases iniciales de una atávi- 
ca reacción de lucha-o-huye, con millones de bits (megaby- 
tes) cayéndole por el pelo y metiéndosele por la nariz y la 
boca, el rostro poniéndosele morado a medida que se apro- 
ximaba a la explosión, es la escena más memorable de mi 
educación formal. 

De cualquier modo, resultará obvio que mi interacción 
con el ordenador fue de una naturaleza extremadamente 
formal, que estaba dividida en diferentes fases, a saber: 1) 
sentado en casa con lápiz y papel, a kilómetros de distancia 
de cualquier ordenador, pensaba mucho acerca de lo que 
quería que hiciera el ordenador y traducía mis intenciones 



Lanzador de bits 


31 


a un lenguaje informático — una serie de símbolos alfanu- 
méricos sobre la página — ; 2) llevaba esto a través de una 
especie de «cordón sanitario» informacional (cinco kilóme- 
tros a través de tormentas de nieve) hasta el colegio e intro- 
ducía aquellas letras en una máquina — no un ordenador — 
que convertía los símbolos en números binarios y los regis- 
traba visiblemente en cinta; 3) entonces, mediante el mó- 
dem de las cuencas de goma, enviaba aquellos números al 
ordenador de la universidad, que 4) hacía aritmética con 
ellos y devolvía números diferentes al teletipo; 5) el teletipo 
convertía estos números de nuevo en letras y los martillea- 
ba en una página, y 6) yo, mirando, interpretaba las letras 
como símbolos significativos. 

El reparto de responsabilidades que todo esto conlleva 
es admirablemente limpio: los ordenadores hacen aritmé- 
tica con bits de información. Los humanos interpretan los 
bits como símbolos significativos. Pero está distinción está 
desdibujándose, o al menos complicándose, con la llegada 
de los sistemas operativos modernos que usan, y frecuen- 
temente abusan, del poder de la metáfora para hacer los or- 
denadores disponibles para un público más amplio. Por el 
camino — posiblemente debido a estas metáforas, que ha- 
cen de un sistema operativo una especie de obra de arte — 
la gente empieza a ponerse emotiva y le toma cariño a frag- 
mentos de software del mismo modo que el padre de mi 
amigo le tenía cariño a su descapotable. 

Puede que la gente que sólo ha interactuado con un or- 
denador a través de interfaces gráficas de usuario como 
MacOS o Windows — es decir, casi cualquiera que haya 
usado un ordenador — le haya sorprendido, o al menos lla- 
mado la atención, lo de la máquina de telégrafos que yo 
usaba para comunicarme con un ordenador en 1973. Pero 
había, y hay, una buena razón para usar este tipo particu- 
lar de tecnología. Los seres humanos disponen de formas 
diversas de comunicarse entre sí, como la música, el arte, la 
danza y las expresiones faciales, pero algunas de ellas son 
más susceptibles que otras para expresarse como cadenas 
de símbolos. El lenguaje escrito es la más fácil porque, por 
supuesto, ya consiste en cadenas de símbolos para empezar. 



32 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Si resulta que los símbolos pertenecen a un alfabeto fonéti- 
co (y no son, por ejemplo, ideogramas), convertirlos en bits 
es un procedimiento trivial que se fijó tecnológicamente en 
el siglo XIX, con la introducción del código morse y de otras 
formas de telegrafía. 

Teníamos una interfaz humano /ordenador cien años 
antes de tener ordenadores. Cuando se crearon los orde- 
nadores en la época de la Segunda Guerra Mundial, los 
humanos, de modo natural, se comunicaron con ellos, in- 
jertándolos en tecnologías ya existentes para traducir letras 
a bits y viceversa: teletipos y máquinas de tarjetas perfora- 
das. 

Estas encarnaban dos enfoques fundamentalmente di- 
ferentes de la computación. Cuando se usaban tarjetas, se 
perforaba todo un taco y se pasaban por el lector a la vez, 
lo cual se llamaba «procesamiento por lotes». También se 
podía hacer procesamiento por lotes con un teletipo, como 
ya he descrito, usando el lector de cinta de papel, y cierta- 
mente se nos animaba a adoptar este enfoque cuando yo 
estaba en el instituto. Pero — aunque se hacían esfuerzos 
por mantenernos ignorantes de esto — el teletipo podía ha- 
cer algo que el lector de tarjetas no podía. En el teletipo, 
una vez se establecía el vínculo con el módem, se podía in- 
troducir sólo una línea y pulsar la tecla de retorno. El teleti- 
po enviaría entonces esa línea al ordenador, que podía res- 
ponder o no con líneas propias, que el teletipo martillearía 
— produciendo, con el tiempo, una transcripción del inter- 
cambio mantenido con la máquina — . Este modo de hacer- 
lo ni siquiera tenía nombre entonces, pero cuando, mucho 
más tarde, apareció una alternativa, se denominó retroacti- 
vamente la «Interfaz de Línea de Comandos». 

Cuando fui a la universidad, usaba los ordenadores en 
grandes salas abarrotadas donde manadas de estudiantes 
se sentaban frente a versiones ligeramente actualizadas de 
las mismas máquinas y escribían programas informáticos; 
estos ordenadores usaban mecanismos de impresión por 
matrices de puntos, pero eran (desde el punto de vista de 
la máquina) idénticas a los antiguos teletipos. En aquel mo- 
mento, los ordenadores compartían mejor el tiempo — es 



Lanzador de bits 


33 


decir, los mainframes seguían siendo los mainframes, pero se 
comunicaban mejor con un gran número de terminales a la 
vez — . En consecuencia, ya no era necesario usar procesa- 
miento por lotes. Los lectores de tarjetas fueron desterra- 
dos a pasillos y sótanos, y el procesamiento por lotes se 
convirtió en una cosa exclusiva de nerds } y en consecuen- 
cia adquirió un cierto tinte arcano incluso entre aquellos de 
nosotros que sabíamos siquiera que existía. Todos evitába- 
mos ya los lotes, habiéndonos pasado a la línea de coman- 
dos: mi primer cambio de paradigma de sistema operativo, 
y yo sin enterarme. 

Había una enorme pila de papel plegado en el suelo 
bajo cada uno de estos teletipos glorificados, y kilómetros 
de papel se estremecían mientras pasaban por sus rodillos. 
Casi todo este papel se tiraba o se reciclaba sin haber si- 
do tocado jamás por la tinta, una atrocidad ecológica tan 
flagrante que aquellas máquinas pronto fueron reempla- 
zadas por terminales de vídeo — los llamados «teletipos 
de vidrio», que eran más silenciosos y no desperdiciaban 
papel — . Sin embargo, desde el punto de vista del ordena- 
dor, estos también eran indistinguibles de las máquinas de 
teletipo de la Segunda Guerra Mundial. A todos los efectos, 
seguimos usando tecnología victoriana para comunicarnos 
con los ordenadores hasta cerca de 1984, cuando se introdu- 
jo el Macintosh con su Interfaz Gráfica de Usuario. Incluso 
después de eso, la línea de comandos siguió existiendo co- 
mo estrato subyacente — una especie de reflejo medular — 
a muchos sistemas informáticos modernos durante la edad 
de oro de las Interfaces Gráficas de Usuario o GUI («Graphi- 
cal User Interface»), como las llamaré de ahora en adelante. 


1 Nerd: El empollón de la clase, retratado tantas veces en las películas y 
las series de televisión norteamericanas, generalmente con dificultad para 
relacionarse socialmente y que en cambio suele destacar en materias tales 
como las matemáticas o la astronomía. En la jerga hacker se ha asumido 
de forma irónica («news for nerds» es el lema de slashdot, el foro web 
más importante dedicado a tecnología y software libre), perdiendo el ma- 
tiz originalmente despectivo, y ha acabado usándose como sinónimo de 
alguien que se preocupa por las cosas importantes y no se entretiene en 
trivialidades. [N. del E.] 



Las Interfaces Gráficas de 

Usuario 


Lo PRIMERO QUE TIENE QUE HACER cualquier programa- 
dor al escribir un nuevo fragmento de software es decidir 
cómo tomar la información con que está trabajando (en un 
programa gráfico, una imagen; en una hoja de cálculo, una 
tabla de números) y convertirla en una serie lineal de bytes. 
Estas cadenas de bytes se suelen denominar archivos o (de 
modo algo más a la última) flujos. Son a los telegramas lo 
que los humanos actuales son al hombre de Cromañón, lo 
que quiere decir la misma cosa con distinto nombre. Todo 
lo que se ve en la pantalla del ordenador — Tomb Raider, 
los correos electrónicos de voz digitalizada, los faxes y los 
documentos de procesador de textos escritos en treinta y 
siete tipos diferentes — sigue siendo, desde el punto de vis- 
ta del ordenador, igual que telegramas, sólo que son mucho 
más largos, y requieren más aritmética. 

El modo más rápido de apreciarlo es abriendo el na- 
vegador, visitando un sitio web y seleccionando la opción 
«Ver Código Fuente» en el menú. Se mostrará un código 
informático parecido a este: 


<HTML> 


<HEAD> 

<TITLE>C RYPTONOMICO N</TITLE> 

</HEAD> 

<BODY BGCOLOR= "#000000" LINK=" # 996600 " ALINK=" IFFFFFF" 
VLINK=" #663300 "> 


35 



36 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


<MAP NAME="navtext "> 

<AREA SHAPE=RECT HREF="praise . html " COORDS="0, 37, 84, 55"> 
<AREA SHAPE=RECT HREF="author . html" COORDS=" 0, 59, 137, 75"> 
<AREA SHAPE=RECT HREF="text . html " COORDS="0, 81, 101, 96"> 
<AREA SHAPE=RECT HREF="tOur . html " COORDS="0, 100, 121, 117"> 
<AREA SHAPE=RECT HREF="order . html" 

COORDS=" 0 , 122, 143, 138"> 

<AREA SHAPE=RECT HREF="beginning . html " 

COORDS=" 0 , 140, 213, 157 "> 

</MAP> 

<CENTER> 

<TABLE BORDER= " 0 " CELLPADDING= " 0 " CELLSPACING=" 0 " 
WIDTH="520"> 

<TR> 

<TD VALIGN=TOP ROWSPAN="5"> 

<IMG SRC="images/ spacer . gif " WIDTH="30" HEIGHT=" 1 " 
BORDER=" 0 "> 

</TD> 

<TD VALIGN=TOP COLSPAN="2 "> 

<IMG SRC="images/main_banner . gif " ALT= ,, Cryptonomicon by 
Neal Stephenson" WIDTH="479" HEIGHT="122" BORDER="0"> 

</TD> 

</TR> 


Esto se llama HTML (Lenguaje de Marcado de Hiper- 
Texto) y básicamente es un lenguaje de programación muy 
sencillo que le dice al navegador cómo dibujar una página 
en la pantalla. Cualquiera puede aprender HTML y mucha 
gente lo hace. Lo importante es que, por muchas esplén- 
didas páginas multimedia que representen, los archivos de 
HTML son sólo telegramas. 

Cuando Ronald Reagan era locutor de radio, solía infor- 
mar de los partidos de béisbol leyendo las concisas descrip- 
ciones que llegaban por el telégrafo y se imprimían en cinta 
de papel. Se sentaba solo en una habitación insonorizada 
con un micrófono y la cinta de papel salía de la máquina y 
le caía en la palma de la mano, cubierta de crípticas abre- 
viaturas. Si el tanteo pasaba de tres a dos, Reagan describía 
la escena como se la imaginaba: «El fornido zurdo sale del 
puesto de bateo para secarse el sudor. El árbitro se adelanta 
para limpiar el polvo de la base», etc. Cuando el criptogra- 
ma en la cinta de papel anunciaba un golpe en una base, 
Reagan golpeaba el borde de la mesa con un lápiz, creando 
un pequeño efecto sonoro y describía el arco de la pelota 
como si pudiera verlo de verdad. Sus oyentes, muchos de 



Las Interfaces Gráficas de Usuario 


37 


los cuales presumiblemente creían que Reagan estaba de 
hecho en el campo de juego viendo el partido, reconstruían 
la escena en su mente según sus descripciones. 

Así es exactamente como funciona la WWW: los archi- 
vos HTML son la concisa descripción en la cinta de papel 
y el navegador es Ronald Reagan. Lo mismo vale para las 
interfaces gráficas en general. 

De modo que un sistema operativo consiste en una pila 
de metáforas y abstracciones que media entre los telegra- 
mas y tú, encarnando diversos trucos que el programador 
usó para convertir la información con la que estás traba- 
jando — ya sean imágenes, mensajes de correo electrónico, 
películas o documentos de procesador de textos — en las 
cadenas de bytes, que son lo único con lo que funcionan 
los ordenadores. Cuando usamos equipo telegráfico genui- 
no (teletipos) o sus sustitutos de alta tecnología (teletipos 
de vidrio, o la línea de comandos de MS-DOS) para trabajar 
con nuestros ordenadores, estamos muy cerca de la base de 
esa pila. Cuando usamos la mayor parte de sistemas ope- 
rativos modernos, sin embargo, nuestra interacción con la 
máquina se ve fuertemente mediada. Todo lo que hacemos 
es interpretado y traducido una y otra vez mientras se abre 
camino a través de todas las metáforas y abstracciones. 

El sistema operativo de Macintosh fue una revolución 
en el buen y en el mal sentido de la palabra. Obviamente 
era cierto que las interfaces de línea de comandos (conoci- 
das como CLI, Command Line Interfaces ) no eran para todo el 
mundo, y que estaría bien hacer los ordenadores accesibles 
a un público menos técnico — si no por razones altruistas, 
siquiera porque este tipo de gente constituía un mercado 
incomparablemente mayor — . Está claro que los ingenieros 
de Mac vieron todo un país nuevo que se les abría; casi se 
les podía oír mascullar, «¡Caray! ¡Ya no tendremos que limi- 
tarnos más a los archivos como flujos lineales de bytes, vive 
la révolution, veamos lo lejos que llegamos con esto!» No 
había ninguna interfaz de línea de comandos disponible en 
el Macintosh; hablabas con la máquina a través del ratón, o 
no hablabas. Era una especie de declaración de principios, 
una credencial de pureza revolucionaria. Parecía que los di- 



38 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


señadores del Mac pretendían barrer las interfaces de línea 
de comandos a la papelera de la historia. 

Mi propia historia de amor con el Macintosh comenzó 
en la primavera de 1984 en una tienda de ordenadores en 
Cedar Rapids, Iowa, cuando un amigo mío — por coinci- 
dencia, el hijo del dueño del descapotable — me mostró un 
Macintosh ejecutando MacPaint, el revolucionario progra- 
ma de diseño. Terminó en julio de 1995, cuando traté de 
guardar un archivo grande e importante en mi Macintosh 
PowerBook y, en vez de eso, destruyó los datos de modo 
tan concienzudo que dos programas distintos de recupe- 
ración de datos fueron incapaces de hallar rastro alguno de 
que hubiera existido jamás. En aquellos diez años sentí una 
pasión por el MacOS que por entonces parecía virtuosa y 
razonable, pero que mirando atrás me parece el mismo ti- 
po de enamoramiento engañoso que el padre de mi amigo 
tenía con su coche. 

La introducción del Mac inició una especie de guerra 
santa en el mundo de la informática. ¿Eran las interfaces 
gráficas una brillante innovación tecnológica que conver- 
tía a los ordenadores en más accesibles para los humanos 
y por tanto para las masas, llevándonos a una revolución 
sin precedentes en la sociedad humana, o una insultante 
chorrada audiovisual diseñada por hackers zumbados de 
San Francisco, que despojaba a los ordenadores de su po- 
tencia y flexibilidad y convertía el serio y noble arte de la 
computación en un pueril videojuego? 

De hecho, este debate me parece más interesante hoy 
en día que a mediados de los ochenta. Pero la gente más 
o menos dejó de debatir cuando Microsoft respaldó la idea 
de las interfaces gráficas al sacar el primer Windows. En 
aquel momento, los partidarios de la línea de comandos se 
vieron relegados al estatus de viejos carcamales, mientras 
se disparaba un nuevo conflicto entre usuarios de MacOS 
y de Windows. 1 


'De acuerdo con una rigurosa y algo anticuada definición de «sistema 
operativo», Windows 95 y 98 no lo son: serían un conjunto de operaciones 
que funcionan sobre MS-DOS, que sí es un sistema operativo. En la prác- 



Las Interfaces Gráficas de Usuario 


39 


Había mucho sobre lo que discutir. Los primeros Ma- 
cintosh parecían distintos de otros PC incluso estando apa- 
gados: consistían en una caja que contenía tanto la CPU (la 
parte del ordenador que hace aritmética con los bits) como 
la pantalla del monitor. Esto suponía, en aquel momento, 
una especie de afirmación filosófica: Apple quería conver- 
tir el ordenador personal en un electrodoméstico, como la 
tostadora. Pero también reflejaba las exigencias puramente 
técnicas de ejecutar una inferfaz gráfica de usuario. En una 
máquina con interfaz gráfica, los chips que dibujan las co- 
sas en la pantalla tienen que ir integrados con la unidad de 
procesamiento central, o CPU, del ordenador, en un grado 
mucho mayor que en las interfaces de línea de comandos, 
que hasta hace poco ni siquiera sabían que no estaban ha- 
blando sólo con teletipos. 

Esta distinción era de naturaleza técnica y abstracta, pe- 
ro se hacía más clara cuando la máquina fallaba (como su- 
cede frecuentemente con tecnologías cuyo funcionamiento 
se comprende mejor viéndolas fallar). Cuando todo se iba a 
la porra y la CPU empezaba a escupir bits aleatoriamente, el 
resultado, en una máquina de interfaz de línea de coman- 
dos, era líneas y líneas de caracteres perfectamente forma- 
dos pero aleatorios en la pantalla — lo que los conocedores 
llamaban ponerse cirílico. Pero para el MacOS la pantalla no 
era un teletipo sino un lugar en el que poner gráficos; la 
imagen en pantalla era un mapa de bits, una representación 
literal de los contenidos de una parte dada de la memoria 
del ordenador. Cuando el ordenador fallaba y escribía ton- 
terías en el mapa de bits, el resultado era algo que recorda- 
ba vagamente a la nieve en una televisión estropeada: un 
snozv crash . 2 


tica, Windows 95 y 98 están comercializados como sistemas operativos, y 
trataré de referirme a ellos como tales. Esta nomenclatura es técnicamen- 
te cuestionable, políticamente difícil y ahora también legalmente gravosa, 
pero es la mejor para los propósitos de este ensayo, que trata principal- 
mente aspectos estéticos y culturales. 

literalmente: «cuelgue de nieve». Snow Crash es también el título de 
una novela de N. Stephenson, auténtica obra de culto entre los hackers, 
publicada en 1994, y editada en español por Gigamesh en 1999. [N. del E.] 



40 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


E incluso, tras la introducción de Windows, las diferen- 
cias subyacentes persistieron: cuando una máquina Win- 
dows tenía problemas, la vieja interfaz de línea de coman- 
dos caía sobre la interfaz gráfica como un telón de amianto, 
sellando el escenario de una ópera incendiada. Cuando un 
Macintosh tenía problemas, te presentaba el dibujito de una 
bomba, que resultaba gracioso la primera vez que lo veías. 

Y estas no eran en absoluto diferencias superficiales. El 
retorno de Windows a una interfaz de línea de comandos 
cuando tenía problemas les demostraba a los partidarios 
del Mac que Windows no era más que una fachada bara- 
ta, como una chillona manta afgana tendida sobre un so- 
fá putrefacto. Les perturbaba y molestaba la sensación de 
que bajo la ostensiblemente amistosa interfaz de usuario 
de Windows había — literalmente — un subtexto. 

Por su parte, los fans de Windows podrían haber ob- 
servado agriamente que todos los ordenadores, incluso los 
Macintosh, estaban construidos sobre ese mismo subtexto, 
y que la negativa de los dueños de Macs a admitir ese he- 
cho parecía apuntar a una voluntad, incluso un deseo, de 
dejarse engañar. 

En cualquier caso, un Macintosh tenía que mover bits 
individuales en los chips de memoria en la tarjeta de vídeo, 
y tenía que hacerlo muy rápido, y en patrones arbitraria- 
mente complicados. Hoy en día esto resulta barato y fácil, 
pero en el régimen tecnológico vigente a principios de los 
ochenta, el único modo realista de hacerlo era integrar la 
placa base (que contenía la CPU) y el sistema de vídeo (que 
contenía la memoria proyectada sobre la pantalla) como un 
todo — de ahí el único contenedor, herméticamente sellado, 
que hacía al Macintosh tan distintivo. 

Cuando apareció Windows llamaba la atención por su 
fealdad, y sus actuales sucesores, Windows 95 y Windows 
NT, no son cosas que la gente pagaría por ver. La absoluta 
falta de atención de Microsoft por la estética nos proporcio- 
naba muchas oportunidades a todos los amantes de Mac 
para mirarles por encima del hombro. El que Windows se 
pareciera un montón a un calco directo de MacOS nos da- 



Las Interfaces Gráficas de Usuario 


41 


ba además una fuerte sensación de ultraje moral . 3 Entre las 
personas que realmente conocían y apreciaban los ordena- 
dores (los liackers, en el sentido no peyorativo que Steven 
Levy le da a la palabra 4 y unos pocos otros ámbitos como 
los músicos profesionales, los artistas gráficos y los maes- 
tros), el Macintosh, durante un tiempo, era simplemente el 
ordenador. No sólo se consideraba una obra soberbia de in- 
geniería, sino la encarnación de ciertos ideales acerca del 
uso de la tecnología para beneficiar a la humanidad, mien- 
tras que Windows se consideraba una imitación patética- 
mente torpe y una siniestra combinación para dominar el 
mundo, todo en uno. Ya entonces se había establecido un 
patrón que persiste hasta nuestros días: a la gente no le gus- 
ta Microsoft, lo cual es comprensible; pero no les gusta por 
razones poco reflexionadas y, en último término, contradic- 
torias. 


3 De hecho, Apple demandó a Microsoft por plagiarle la interfaz gráfi- 
ca, juicio que perdió. Al parecer, Apple olvidó demasiado rápido que ellos 
mismos habían copiado diez años antes dicha interfaz a Xerox. [N. del E.] 

4 Se refiere a la ya obra clásica Hackers (1984), en la que S. Levy expuso 
una serie de principios que habían guiado a la ética hacker desde los años 
sesenta. Levy los resumió así: «El acceso a los ordenadores y a todo lo que 
te pueda enseñar algo sobre cómo funciona el mundo debe ser ilimitado. 
Toda la información debe ser libre. Desconfía de la autoridad, promueve 
la descentralización; los hackers deberían ser juzgados por su habilidad, 
no por su edad, nivel, raza o posición. Puedes crear arte y belleza con tu 
ordenador. Los ordenadores pueden cambiar tu vida a mejor.» [N. del E.] 




Lucha de clases en el escritorio 


Ahora QUE YA HEMOS DEJADO CLARO el trasfondo, mere- 
ce la pena revisar algunos hechos básicos: como cualquier 
compañía de accionariado público y con fines de lucro, Mi- 
crosoft ha tomado prestado un montón de dinero de algu- 
nas personas (sus accionistas) para estar en el negocio del 
bit. Como ejecutivo de esa compañía, Bill Gates sólo tiene 
una responsabilidad, que es maximizar el rendimiento de 
las inversiones. Lo ha hecho increíblemente bien. Cualquier 
acción emprendida en el mundo por Microsoft — cualquier 
software que publiquen, por ejemplo — es básicamente un 
epifenómeno que no puede comprenderse ni entenderse 
salvo en la medida en que reflejan el desempeño por parte 
de Bill Gates de su única responsabilidad. 

De ello se sigue que si Microsoft vende mercancías que 
son estéticamente desagradables, o que no funcionan de- 
masiado bien, no significa que sean (respectivamente) filis- 
teos o medio tontos. Se debe a que la excelente dirección 
de Microsoft ha llegado a la conclusión de que pueden ga- 
nar más dinero para sus accionistas publicando productos 
con imperfecciones obvias y conocidas del que ganarían 
haciéndolos hermosos o libres de errores. Esto es irritan- 
te, pero (al final) no tan irritante como contemplar cómo 
Apple se autodestruye inexplicable e implacablemente. 


43 



44 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


No resulta difícil encontrar en la Red una hostilidad 
hacia Microsoft que mezcla dos elementos: resentidos que 
sienten que Microsoft es demasiado poderosa y desdeñosos 
que creen que es chapucera. Esto recuerda mucho al perio- 
do culminante del comunismo y del socialismo, cuando se 
odiaba a la burguesía desde ambos lados: los proletarios, 
porque la burguesía tenía todo el dinero, y los intelectuales, 
por su tendencia a gastárselo en adornos de jardín. Micro- 
soft es la encarnación misma de la moderna prosperidad de 
alta tecnología — en una palabra, es burguesa — y atrae los 
mismos odios de todos. 

La pantalla inicial de Microsoft Word 6.0 lo resumía to- 
do bastante bien: cuando arrancabas el programa, te mos- 
traba la imagen de un bolígrafo caro encima de un par de 
folios de papel de escritura hecho a mano. Obviamente, era 
un intento por hacer que el software pareciera pijo, y puede 
que valiera para algunos, pero no para mí, porque era un 
bolígrafo, y yo soy hombre de pluma estilográfica. Si lo hu- 
biera hecho Apple, habrían usado una pluma Mont Blanc, 
o quizás un pincel caligráfico chino. Dudo que esto fuera 
accidental. Hace poco estuve reinstalando Windows NT en 
uno de los ordenadores de mi casa, y tuve que hacer doble 
click en el icono del Panel de Control muchas veces. Por ra- 
zones que resulta difícil comprender, este icono consiste en 
el dibujito de un martillo y un escoplo o un destornillador 
encima de una carpeta de archivos. 

Estas meteduras de pata estéticas le dan a uno unas ga- 
nas casi incontrolables de reírse de Microsoft, pero, de nue- 
vo, esa no es la cuestión: si Microsoft hubiese hecho prue- 
bas con grupos-diana sobre posibles gráficos alternativos, 
probablemente habrían hallado que el oficinista medio aso- 
ciaba las estilográficas con los amanerados ejecutivos de 
rango más alto, y estaba más cómodo con los bolígrafos. De 
igual forma, los tipos normales, los papás con entradas del 
mundo que posiblemente cargan con la responsabilidad de 
montar y configurar el ordenador en casa, probablemente 
prefieren el dibujito de un martillo (quizás al tiempo que 
albergan fantasías de usar un martillo de verdad con sus 
ordenadores). 



Lucha de clases en el escritorio 


45 


Es el único modo en que consigo explicar cierto hechos 
curiosos acerca del actual mercado de sistemas operativos, 
tales como el que el noventa por ciento de todos los clientes 
sigan comprando monovolúmenes de la tienda de Micro- 
soft mientras que uno se puede llevar los tanques gratuitos 
sin más, al otro lado de la calle. 

A Bill Gates no le resultó difícil distribuir una sarta de 
unos y ceros, una vez se le ocurrió la idea. Lo duro era ven- 
derla: asegurarles a los clientes que de hecho estaban obte- 
niendo algo a cambio de su dinero. 

Cualquiera que haya comprado software en una tien- 
da alguna vez habrá tenido curiosamente la desalentadora 
experiencia de llevarse la caja envuelta en plástico a casa, 
abrirla, encontrarse con que el 95 % es aire, tirar todas las 
tarjetitas, propaganda y basura y meter el disco en el or- 
denador. El resultado final (después de haber perdido el 
disco) no es nada más que algunas imágenes en la pantalla 
del ordenador y algunas posibilidades de las que antes se 
carecía. A veces, ni siquiera eso — en vez de ello, uno se en- 
cuentra con una serie de mensajes de error — . Pero el dinero 
se ha ido definitivamente. Ahora casi estamos acostumbra- 
dos a esto pero hace veinte años era una proposición muy 
sospechosa. De todas formas, Bill Gates consiguió que fun- 
cionara. No hizo que funcionara vendiendo el mejor soft- 
ware ni ofreciendo el precio más barato. Pero de algún mo- 
do consiguió que la gente creyera que estaban recibiendo 
algo a cambio de su dinero. 

Las calles de todas las ciudades del mundo están lle- 
nas de esos pesados, ruidosos monovolúmenes. Cualquie- 
ra que no tenga uno se siente un poco raro, y se pregunta, 
pese a sí mismo, si no será hora de dejar de resistirse y com- 
prar uno; cualquiera que tenga uno se siente seguro de que 
ha adquirido una posesión significativa, incluso los días en 
que el vehículo está en el taller de reparación. 

Todo esto es perfectamente congruente con la pertenen- 
cia a la burguesía, que es un estado tanto mental como ma- 
terial. Y explica por qué Microsoft se ve constantemente 
atacado en la Red desde ambos lados. Los que se siente po- 
bres y oprimidos interpretan todo lo que hace Microsoft co- 



46 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


mo parte de algún siniestro complot orwelliano. A los que 
les gusta considerarse usuarios inteligentes e informados, 
les desquicia lo chapucero que es Windows. 

No hay nada que moleste más a las personas sofistica- 
das que ver cómo alguien que es lo bastante rico como para 
evitarlo es hortera — a menos que se den cuenta, un mo- 
mento después, de que probablemente sabe que es hortera 
y sencillamente no le importa y va a seguir siendo hortera, 
y rico, y feliz, para siempre; Microsoft tiene la misma rela- 
ción con la elite de Silicon Valley que la que mantenían los 
paletos de Beverly con su banquero, el señor Drysdale — 
a quien no le irrita tanto el hecho de que los Clampetts se 
mudaran a su barrio como el saber que, cuando Jethro ten- 
ga setenta años, seguirá hablando como un palurdo y lle- 
vando petos, y seguirá siendo mucho más rico que el señor 
Drysdale. 

Incluso el hardware que empleaba Windows, compara- 
do con las máquinas que sacaba Apple, parecía cosa de pa- 
lurdos, y en su mayor parte sigue pareciéndolo. La razón 
es que Apple era y es una compañía de hardware, mientras 
que Microsoft era y es una compañía de software. Apple 
tenía así el monopolio del hardware que ejecutaba MacOS, 
mientras que el hardware compatible con Windows venía 
del mercado libre. El mercado libre parece haber decidido 
que la gente no va a pagar por ordenadores elegantes; los 
fabricantes de hardware para PC que contratan a diseña- 
dores para hacer que sus productos tengan un aire distinti- 
vo acaban vapuleados por fabricantes taiwaneses de clones 
metidos en cajas que parecen los ladrillos que uno se en- 
contraría delante de una caravana. Pero Apple podía hacer 
su software todo lo bonito que quisiera y simplemente pa- 
sarle la factura a sus encantados consumidores, como yo. 
La semana pasada (escribo esta frase a principios de enero 
de 1999), las secciones de tecnología de todos los periódicos 
estaban llenas de reportajes aduladores sobre el lanzamien- 
to por parte de Apple del iMac en varios colores nuevos, 
como arándano y mandarina. 

Apple siempre ha insistido en tener el monopolio de su 
hardware, salvo durante un breve periodo a mediados de 



Lucha de clases en el escritorio 


47 


los noventa, cuando permitieron que los fabricantes de clo- 
nes compitieran con ella, antes de acabar con su negocio. El 
hardware de Macintosh, en consecuencia, era caro. No lo 
abrías ni enredabas en él porque hacerlo anulaba la garan- 
tía. De hecho, el primer Mac estaba específicamente dise- 
ñado para resultar difícil de abrir: necesitabas un juego de 
herramientas exóticas, que podías comprar mediante pe- 
queños anuncios que empezaron a aparecer en las páginas 
finales de las revistas unos pocos meses después de que sa- 
liera al mercado el Mac. Estos anuncios siempre tenían un 
cierto aire sórdido, como si anunciaran ganzúas en la con- 
traportada de sensacionalistas revistas de detectives. 

Esta política de monopolio puede explicarse al menos 
de tres maneras distintas. 

La explicación caritativa es que la política de monopo- 
lio sobre el hardware reflejaba el deseo por parte de Apple 
de proporcionar una unión sin fallas de hardware, sistema 
operativo y software. Algo hay de esto. Ya resulta bastante 
difícil diseñar un sistema operativo que funcione bien en 
un hardware específico, diseñado y probado por ingenie- 
ros que trabajan al lado, en la misma compañía. Diseñar un 
sistema operativo que funcione en un hardware cualquiera, 
fabricado por hacedores de clones rabiosamente competiti- 
vos al otro lado de la Línea de Fecha Internacional, es muy 
difícil, y explica gran parte de los problemas que tiene la 
gente cuando usa Windows. 

La explicación financiera es que Apple, a diferencia de Mi- 
crosoft, es y siempre ha sido una compañía de hardware. 
Sencillamente depende de los ingresos de la venta de hard- 
ware, y no puede subsistir sin ellos. 

La explicación no tan caritativa tiene que ver con la cultura 
corporativa de Apple, que tiene sus raíces en el baby boom 
del Area de la Bahía de San Francisco. 

Dado que voy a hablar sobre cultura durante un rato, 
probablemente está bien que ponga las cartas sobre la me- 
sa, para protegerme de las acusaciones de conflicto de in- 
tereses y falta de ética: 1) Geográficamente, soy de Seattle, 
de temperamento saturnino e inclinado a mirar con malos 
ojos la dionisíaca Area de la Bahía de San Francisco, igual 



48 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


que a ellos nosotros les molestamos y escandalizamos. 2) 
Cronológicamente, pertenezco a una generación posterior 
al baby boom. Al menos, así me siento, ya que nunca expe- 
rimenté las partes divertidas y emocionantes del baby boom 
— sólo me pasé un montón de tiempo riéndome apropia- 
damente ante las irritantemente vacuas anécdotas de los 
pertenecientes al baby boom sobre lo puestos que iban en di- 
versas ocasiones, y escuchando cortés sus aseveraciones de 
lo estupenda que era su música. Pero, incluso desde aquella 
distancia, resultaba posible extraer ciertos patrones, y uno 
que reaparecía tan regularmente como una leyenda urbana 
era el de alguien que se había mudado a una comuna de 
hippies con sandalias y signos de la paz para acabar descu- 
briendo que, bajo aquella fachada, los tipos al mando eran 
de hecho obsesos del control; y que, dado que vivir en una 
comuna donde los ideales de la paz, el amor y la armo- 
nía se mantenían de boquilla les había privado de válvulas 
de escape normales y socialmente admitidas para su obse- 
sión, tendía a salir de de otros modos, invariablemente más 
siniestros. 

Dejaré aplicar esto al caso de Apple como ejercicio para 
el lector — un ejercicio no demasiado difícil. 

Resulta un poco desconcertante, al principio, pensar en 
Apple como un obseso del control, porque contradice com- 
pletamente su imagen corporativa. ¿No fueron estos los ti- 
pos que lanzaron los famosos anuncios durante la Super 
Bowl en los que ejecutivos trajeados, con los ojos venda- 
dos, saltaban como lemmings de un acantilado? ¿No es es- 
ta la compañía que ahora mismo saca anuncios con el Dalai 
Lama (salvo en Hong Kong) y Einstein y otros rebeldes al- 
ternativos? 

Ciertamente es la misma compañía, y el hecho de que 
hayan implantado esta imagen de sí mismos como libre- 
pensadores creativos y rebeldes en la mente de tantos es- 
cépticos inteligentes y encallecidos por los medios, real- 
mente hace que uno se pare a pensar. Da fe del insidioso 
poder de las campañas publicitarias costosas y tal vez, en 
cierta medida, de la facilidad de la gente para creer lo que 
quiere creer. También suscita la pregunta de por qué a Mi- 



Lucha de clases en el escritorio 


49 


crosoft se le da tan mal las relaciones públicas, cuando la 
historia de Apple demuestra que, pasándoles gordos che- 
ques a buenas agencias publicitarias, se puede implantar 
una imagen corporativa en la mente de personas inteligen- 
tes que difiere completamente de la realidad. (La respuesta, 
para aquéllos a los que no les gustan las espadas de Damo- 
cles, es que, ya que Microsoft se ha hecho con las mentes y 
los corazones de la silenciosa mayoría — la burguesía — , les 
importa un bledo tener una imagen elegante, igual que Ri- 
chard Nixon. «Quiero creer» — el mantra que Fox Mulder 
tiene puesto en la pared de su despacho en los Expedientes 
X — resulta aplicable de diferentes modos a estas dos com- 
pañías; los partidarios del Mac quieren creer en la imagen 
de Apple que transmiten estos anuncios, y en la noción de 
que los Macs son de algún modo fundamentalmente dife- 
rentes de otros ordenadores, mientras que los seguidores 
de Windows quieren creer que obtienen algo a cambio de 
su dinero, mediante una respetable transacción comercial). 

En cualquier caso, en 1987 tanto MacOS como Windows 
ya estaban en el mercado, ejecutándose en plataformas de 
hardware que eran radicalmente diferentes entre sí, no sólo 
en el sentido de que MacOS usaba chips de CPU de Moto- 
rola, mientras que Windows usaba Intel, sino también en el 
sentido — entonces pasado por alto, pero a largo plazo mu- 
cho más significativo — de que el negocio de hardware de 
Apple era un monopolio rígido y Windows era un abierto- 
a-todos. 

Pero todas las ramificaciones de esto no estuvieron cla- 
ras hasta muy recientemente — de hecho, aún están desple- 
gándose, de modos notablemente extraños, como explicaré 
cuando lleguemos a Linux — . El resultado es que millones 
de personas se acostumbraron a usar interfaces gráficas de 
una forma u otra. Con ello hicieron que Apple /Microsoft 
ganaran un montón de dinero. La fortuna de muchas per- 
sonas ha acabado por ir ligada a la capacidad de estas com- 
pañías de seguir vendiendo productos cuyo carácter ven- 
dible resulta muy cuestionable. 




Tarro de miel, pozo de brea, lo 

que sea 


Cuando Gates y Allen inventaron la idea de vender 
software, se encontraron con la crítica tanto de los hackers 
como de los sobrios hombres de negocios. Los hackers en- 
tendían que el software sólo era información, y le ponían 
objeciones a la idea de venderla. Estas objeciones eran en 
parte morales. Los hackers salían del mundo científico y 
académico, donde resulta imperativo hacer que los resulta- 
dos del propio trabajo queden disponibles para el público. 
También eran en parte objeciones prácticas: ¿cómo puedes 
vender algo que puede copiarse fácilmente? Los hombres 
de negocios, que son el polo opuesto de los hackers en tan- 
tos aspectos, tenían sus propias objeciones. Acostumbrados 
a vender tostadoras y seguros, era natural que les resulta- 
ra difícil comprender cómo una larga sarta de unos y ceros 
podía constituir un producto vendible. 

Obviamente, Microsoft remontó estas objeciones, así co- 
mo Apple. Pero las objeciones siguen ahí. El hacker más 
hacker de todos, el Ur-hacker por así decirlo, era y es Ri- 
chard Stallman, quien se irritó tanto con la malvada prác- 
tica de vender software que, en 1984 (el mismo año en que 
salió a la venta el Macintosh), fue y fundó la Fundación del 
Software Libre (Free Software Foundation), que comenzó a 
trabajar en algo llamando GNU. GNU son las siglas de Gnu's 
Not Unix («Gnu No es Unix»), pero se trata de una bro- 


51 



52 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


ma en más de un sentido, porque GNU ciertamente es Unix. 
Debido a cuestiones de copyright (Unix es una marca regis- 
trada de AT&T), sencillamente no podían afirmar que fuera 
Unix, y así, sólo para asegurarse, afirmaban que no lo era. 
Pese al incomparable talento y empuje del señor Stallman 
y otros seguidores de GNU, su proyecto no pudo construir 
un Unix libre para competir contra los sistemas operativos 
de Windows y Apple: era un poco como tratar de excavar 
un sistema de metro con una cucharilla. Esto es, hasta la 
llegada de Linux . 1 

Pero la idea básica de recrear un sistema operativo a 
partir de la nada era perfectamente consistente y completa- 
mente factible. Se ha hecho muchas veces. Es inherente a la 
naturaleza misma de los sistemas operativos. 

Los sistemas operativos no son estrictamente necesa- 
rios. No hay razón por la que un escritor de código lo bas- 
tante dedicado no pueda partir de la nada en cada proyec- 
to y escribir nuevo código para manejar operaciones tan 
básicas y de bajo nivel como controlar las cabezas lecto- 
ras / escritoras en los controladores de disco y activar píxe- 
les en pantalla. Los primeros ordenadores tenían que pro- 
gramarse de este modo. Pero, dado que casi todos los pro- 
gramas tienen que desempeñar las mismas operaciones bá- 
sicas, este enfoque llevaría a una tremenda duplicación del 
esfuerzo. 

No hay nada más desagradable para el hacker que la 
duplicación del esfuerzo. El primer y más importante hábi- 
to mental que desarrolla la gente cuando aprende a escribir 
programas de ordenador es generalizar, generalizar, gene- 
ralizar. Hacer su código lo más modular y flexible posible, 
descomponer los problemas grandes en pequeñas subruti- 
nas que puedan usarse una y otra vez en diferentes con- 
textos. En consecuencia, el desarrollo de los sistemas ope- 


1 Stallman insiste en que este sistema operativo debería ser siempre 
nombrado como GNU /Linux y tiene perfectas razones para hablar así, por 
ejemplo, para que el papel del proyecto GNU no sea ignorado. En la prác- 
tica, casi todo el mundo se refiere a este como Linux. Para los propósitos 
de este ensayo, enfatizo el papel de GNU describiéndolo explícitamente, 
más que usando la nomenclatura GNU/Linux. 



Tarro de miel, pozo de brea, lo que sea 


53 


rativos, pese a ser técnicamente innecesario, era inevitable. 
Porque en el fondo un sistema operativo no es más que una 
biblioteca que contiene el código más usado, escrito una 
vez (y con suerte, bien escrito), y puesto a disposición de 
cualquier escritor de código que lo necesite. 

Así que un sistema operativo propietario, cerrado y se- 
creto es una contradicción en los términos. Va contra la ra- 
zón de ser de los sistemas operativos. Y de cualquier modo 
es imposible mantenerlos en secreto. El código fuente — las 
líneas originales de texto escritas por los programadores — 
pueden mantenerse en secreto. Pero el conjunto de un sis- 
tema operativo es una colección de pequeñas subrutinas 
que realizan tareas muy específicas y muy claramente de- 
finidas. Qué hacen exactamente esas subrutinas ha de ser 
público, de forma muy explícita y exacta, o de lo contrario 
el sistema operativo es completamente inservible para los 
programadores; no pueden usar esas subrutinas si no tie- 
nen perfecta y total comprensión de lo que hacen las subru- 
tinas. 

Lo único que no se hace público es exactamente cómo 
hacen las subrutinas lo que hacen. Pero una vez sabes lo 
que hace una subrutina, generalmente resulta bastante fá- 
cil (si eres un hacker) escribir tu propia rutina que haga 
exactamente lo mismo. Puedes tardar algo, y resulta tedio- 
so y poco gratificante, pero en la mayoría de los casos no es 
demasiado difícil. 

Lo que es difícil, para un hacker como para un escri- 
tor de ficción, no es escribir; es decidir qué escribir. Y los 
vendedores de sistemas operativos comerciales ya han de- 
cidido, y han hecho públicas sus decisiones. 

Esto se sabe desde hace mucho. MS-DOS fue duplicado 
funcionalmente por un producto rival, escrito a partir de la 
nada, llamado ProDOS, que hacía las mismas cosas de mo- 
do muy parecido. En otras palabras, otra compañía pudo 
escribir código que hacía las mismas cosas que MS-DOS y lo 
vendió para obtener beneficios. Si usas el sistema operati- 
vo Linux, puedes obtener un programa libre llamando WI- 
NE que es un emulador de Windows; esto es, puedes abrir 
una ventana en tu escritorio que ejecute programas de Win- 



54 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


dows. Quiere decir que se ha recreado un sistema operati- 
vo Windows completamente funcional dentro de Unix, co- 
mo un barquito en una botella. Y el propio Unix, que es un 
sistema operativo mucho más sofisticado que MS-DOS, ha 
sido reconstruido a partir de la nada una y otra vez. Sun, 
Hewlett-Packard, AT&T, Silicon Graphics, IBM y otros ven- 
dieron versiones de él. 

En otras palabras, la gente lleva reescribiendo código 
básico de sistemas operativos tanto tiempo que toda la tec- 
nología que constituía un sistema operativo en el sentido 
tradicional (pre-GUl) de esa expresión es ahora tan barata 
y común que es literalmente gratuita. No sólo no podrían 
Gates y Alien vender MS-DOS hoy, ni siquiera podrían rega- 
larlo, porque ya se regalan sistemas operativos mucho más 
potentes. Incluso el Windows original (que era el único sis- 
tema de ventanas hasta 1995) ya no vale nada, dado que 
no tiene sentido poseer algo que puede emularse dentro de 
Linux, que es gratuito. 2 

De este modo, el negocio de los sistemas operativos es 
muy diferente de, pongamos, el negocio de la venta de co- 
ches. Incluso un viejo coche de segunda mano tiene algún 
valor. Puedes usarlo para ir al basurero, o vender sus par- 
tes. El destino de los bienes manufacturados es depreciarse 
lentamente a medida que envejecen y tienen que competir 
contra productos más modernos. 

Pero el destino de los sistemas operativos es volverse 
gratuitos. 

Microsoft es una gran compañía de aplicaciones de soft- 
ware. El de las aplicaciones — tales como Microsoft Word — 
es un área en el que la innovación lleva beneficios reales, 
directos y tangibles a los usuarios. Las innovaciones pue- 
den consistir en nueva tecnología recién salida del depar- 
tamento de investigación, o pueden estar en la categoría de 


2 E1 autor usa muchas veces a lo largo del texto free en un sentido ine- 
quívoco que indica gratuidad, como en este caso, y por supuesto hemos 
respetado dicho sentido en la traducción, a pesar de que el free software — 
incluido por supuesto GNU/Linux — es libre en el sentido de libertad, no 
de precio. Nos hemos extendido sobre esta cuestión en la «Presentación» 
de esta edición. [N. del E.] 


Tarro de miel, pozo de brea, lo que sea 


55 


los lacitos decorativos, pero en cualquier caso a menudo 
resultan útiles y parecen contentar a los usuarios. Y Micro- 
soft está convirtiéndose en una gran compañía de investi- 
gación. Esto no se debe necesariamente a que sus sistemas 
operativos sean todos tan malos desde el punto de vista pu- 
ramente tecnológico. Los sistemas operativos de Microsoft 
tienen sus problemas, claro, pero son mucho mejores de lo 
que solían ser, y son adecuados para la mayor parte de la 
gente. 

¿Por qué digo entonces que Microsoft no es es una com- 
pañía de sistemas operativos tan grandes? Porque la natu- 
raleza misma de los sistemas operativos es tal que no tiene 
sentido que una compañía específica los desarrolle y posea. 
Para empezar, es un trabajo muy desagradecido. Las apli- 
caciones crean posibilidades para millones de usuarios cré- 
dulos, mientras que los sistemas operativos imponen limi- 
taciones a millones de cascarrabias escritores de código, y 
así los hacedores de sistemas operativos siempre estarán en 
la lista negra de cualquiera que cuente en el mundo de la al- 
ta tecnología. Las aplicaciones las usan personas cuyo gran 
problema es comprender todas sus características, mientras 
que los sistemas operativos se ven hackeados por escritores 
de código irritados con sus limitaciones. El negocio de los 
sistemas operativos ha sido bueno para Microsoft sólo en 
la medida en que les ha proporcionado el dinero necesario 
para lanzar un negocio de software de aplicaciones real- 
mente bueno y contratar a un montón de investigadores 
inteligentes. Ahora debiera estar en posición de desemba- 
razarse de su sistema operativo, como los cohetes se libran 
en algún momento de los tanques vacíos de combustible. 
La gran pregunta es si Microsoft es capaz de hacerlo. ¿O es 
adicta a la venta de sistemas operativos del mismo modo 
que Apple lo es a la venta de hardware? 

Hay que tener en cuenta que los observadores expertos 
citaban en un tiempo la capacidad de Apple de monopoli- 
zar su propia provisión de hardware como su gran ventaja 
frente a Microsoft. En aquella época, parecía situarles en 
una posición mucho más fuerte. Al final, casi les mató, y 
todavía puede matarlos. El problema para Apple era que 



56 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


la mayor parte de los usuarios de ordenador del mundo 
acaba comprando hardware más barato. Pero un hardwa- 
re barato no podía ejecutar MacOS, y esa gente se pasó a 
Windows. 

Sustituyan hardware por sistemas operativos, y Apple 
por Microsoft y verán cómo lo mismo está a punto de su- 
ceder de nuevo. Microsoft domina el mercado de sistemas 
operativos, lo cual les reporta ingresos y parece una gran 
idea de momento. Pero hay sistemas operativos mejores y 
más baratos, y están haciéndose cada vez más populares 
en partes del mundo que no están tan saturadas de orde- 
nadores como los EE.UU. Dentro de diez años, puede que 
la mayoría de los usuarios de ordenador del mundo aca- 
be por tener estos sistemas operativos más baratos. Pero 
estos sistemas operativos, de momento, no ejecutan ningu- 
na aplicación de Windows, y así esta gente acabará usando 
otra cosa. 

Por expresarlo de forma más directa: cada vez que al- 
guien decide usar un sistema operativo que no es de Mi- 
crosoft, la división de sistemas operativos de Microsoft ob- 
viamente pierde un cliente. Pero, tal como están las cosas, 
la división de aplicaciones de Microsoft también pierde un 
cliente. No es para tanto, dado que casi todo el mundo usa 
sistemas operativos de Microsoft. Pero en cuanto la cuota 
de mercado de Windows empiece a disminuir, las matemá- 
ticas van a ponerse bastante torvas para los de Redmond. 

Podría replicarse a este argumento diciendo que Micro- 
soft sencillamente podría recompilar sus aplicaciones para 
que pudieran ejecutarse en otros sistemas operativos. Pero 
esta estrategia va contra los instintos corporativos norma- 
les. El caso de Apple resulta de nuevo instructivo. Cuando 
las cosas empezaron a ponerse feas para Apple, debieron 
haber llevado su sistema operativo a un hardware barato. 
Pero no lo hicieron. Por el contrario, trataron de hacer que 
su brillante hardware diera lo más posible de sí, añadiendo 
nuevas posibilidades y expandiendo la línea de productos. 
Pero esto sólo tuvo el efecto de hacer su sistema operati- 
vo más dependiente de esas características especiales del 
hardware, lo cual al final resulta peor para ellos. 



Tarro de miel, pozo de brea, lo que sea 


57 


Igualmente, cuando la posición de Microsoft en el mun- 
do de los sistemas operativos se vea amenazada, sus instin- 
tos corporativos les dirán que apilen más posibilidades en 
sus sistemas operativos, y luego reconfiguren sus aplicacio- 
nes de software para explotar esas posibilidades especiales. 
Pero esto sólo tendrá el efecto de hacer que sus aplicacio- 
nes dependan de un sistema operativo con una cuota de 
mercado decreciente, y al final será peor para ellos. 

El mercado de los sistemas operativos es una trampa 
letal, un pozo de brea, una ciénaga. Sólo hay dos motivos 
para invertir en Apple y en Microsoft. 1) Cada una de es- 
tas compañías está en lo que llamaríamos una relación de 
codependencia con sus clientes. Los clientes quieren creer, 
y Apple y Microsoft saben cómo darles lo que quieren. 2) 
Cada compañía trabaja muy duro para añadir nuevas po- 
sibilidades a sus sistemas operativos, lo cual tiene el efecto 
de asegurar la lealtad de sus clientes, al menos durante un 
tiempo. 

En consecuencia, la mayor parte del resto de este ensayo 
tratará sobre estos dos temas. 




La tecnosfera 


Unix es EL ÚNICO SISTEMA OPERATIVO que queda cuya 
interfaz gráfica (un montón de código llamado X Window 
System 1 ) está separado del sistema operativo en el antiguo 
sentido del término. Es decir, que puedes ejecutar Unix en 
puro modo de línea de comandos si quieres, sin ventanas, 
iconos, ratones, etc., y seguirá siendo Unix y capaz de hacer 
todo lo que se supone que hace Unix. Pero los demás sis- 
temas operativos — MacOS, la familia Windows y BeOS — 
tienen sus GUI enmarañadas con las anticuadas funciones 
del sistema operativo en tal grado que han de ejecutarse 
en modo GUI o no se ejecutan verdaderamente. Así que ya 
no es posible pensar en las GUI como en algo distinto del 
sistema operativo; ahora forman una parte inalienable de 
los sistemas operativos a los que pertenecen — y son, con 
mucho, la parte mayor, más cara y difícil de crear. 

Sólo hay dos modos de vender un producto: precio y 
funcionalidades. Cuando los sistemas operativos son gra- 
tuitos, las compañías de sistemas operativos no pueden 
competir mediante el precio, así que compiten mediante las 


1 A pesar de la semejanza con el nombre del producto estrella de Mi- 
crosoft, el Sistema X Window de los Unices no tiene nada que ver con 
Windows, sino que se trata de un potente sistema de ventanas basado en 
una arquitectura cliente /servidor. Una de las ventajas de la arquitectura 
cliente /servidor es que puede ser implementada tanto de manera distri- 
buida (es decir, aplicaciones y servidor gráfico ejecutándose en máquinas 
diferentes) como local (todo el subsistema gráfico ejecutándose en el mis- 
mo ordenador). [N. del E.] 


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60 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


funcionalidades. Esto significa que siempre tratan de supe- 
rarse unos a otros escribiendo código que, hasta hace poco, 
no se consideraba parte de un sistema operativo en abso- 
luto: cosas como las GUI. Esto explica en gran medida el 
comportamiento de estas compañías. 

Explica por qué Microsoft añadió un navegador a su 
sistema operativo, por ejemplo. Resulta fácil obtener nave- 
gadores gratuitos, igual que sistemas operativos gratuitos. 
Si los navegadores son gratuitos y los sistemas operativos 
son gratuitos, pareciera que no hay modo de hacer dinero 
con los navegadores ni con los sistemas operativos. Pero si 
puedes integrar un navegador en un sistema operativo y 
así llenar ambos de nuevas funcionalidades, ya tienes un 
producto vendible. 

Dejando a un lado, de momento, el hecho de que esto 
cabrea de verdad a los abogados antimonopolio del gobier- 
no, esta estrategia tiene sentido. Al menos, tiene sentido si 
se asume (como parece hacer la dirección de Microsoft) que 
el sistema operativo ha de ser protegido a cualquier precio. 
La verdadera cuestión es si cada moda tecnológica nueva 
que aparezca ha de usarse como muleta para sostener la 
posición dominante del sistema operativo. Al enfrentarse 
al fenómeno de la Web, Microsoft tuvo que desarrollar un 
navegador web realmente bueno, y lo hicieron. Pero enton- 
ces tuvieron que elegir: podían hacer que ese navegador 
funcionara en múltiples sistemas operativos, lo cual daría 
a Microsoft una posición fuerte en el mundo de Internet 
con independencia de lo que le pasara a la cuota de mer- 
cado de su sistema operativo. O podían integrar el nave- 
gador con el sistema operativo, apostando a que esto haría 
que su sistema operativo pareciera tan moderno y atracti- 
vo que ayudaría a conservar su dominio en ese mercado. El 
problema es que cuando la posición del sistema operativo 
Windows empiece a venirse abajo (y dado que actualmente 
es de cerca del noventa por ciento, no puede sino descen- 
der) arrastrará todo tras de sí. 

En la clase de geología del instituto probablemente les 
enseñaran que toda la vida sobre la Tierra existe en una 
delgada capa llamada biosfera, que existe entre miles de 



La tecnosfera 


61 


kilómetros de roca muerta por debajo, y frío espacio vacío, 
muerto y radiactivo, por encima. Las compañías que ven- 
den sistemas operativos existen en una especie de tecnos- 
fera. Por debajo está la tecnología que ya es gratuita. Por 
encima está la tecnología que todavía ha de ser desarro- 
llada, o que es demasiado disparatada y especulativa para 
ser explotada de momento. Como la biosfera de la Tierra, 
la tecnosfera es muy fina comparada con lo que tiene por 
encima y por debajo. 

Pero se mueve mucho más rápido. En diversas partes 
del mundo, es posible visitar ricas capas fósiles en las que 
hay esqueletos apilados, los más recientes encima y los más 
antiguos debajo. En teoría, todos se remontan a los prime- 
ros organismos unicelulares. Y si se usa la imaginación un 
poco, uno se dará cuenta de que, si se queda ahí el tiem- 
po suficiente, también quedará fosilizado, y con el tiempo 
algún organismo más avanzado quedará fosilizado encima 
tuyo. 

El registro fósil — La Brea Tar Pits 2 — de la tecnología 
software es Internet. Cualquier cosa que aparezca allí se 
puede tomar de forma gratuita (posiblemente ilegal, pe- 
ro gratuita). Los ejecutivos de compañías como Microsoft 
tienen que acostumbrarse a la experiencia — impensable 
en otras industrias — de invertir millones de dólares en el 
desarrollo de nuevas tecnologías, tales como navegadores 
web, y luego ver cómo aparece en Internet el mismo soft- 
ware, o un software equivalente, dos años, un año, o inclu- 
so pocos meses después. 

Al seguir desarrollando nuevas tecnologías y añadien- 
do posibilidades a sus productos, pueden mantenerse un 
paso por delante del proceso de fosilización, pero algunos 
días deben de sentirse como mamuts atrapados en La Brea, 
usando todas sus energías para salir adelante, una y otra 


2 Las canteras de Rancho La Brea Tar Pits es un yacimiento de fósiles 
situado en el Condado de Los Angeles (EE.UU.). Durante casi cuarenta 
mil años, la mina (pits) ha emitido una gran cantidad de brea, chapapote 
pegajoso y espeso que ha dejado atrapados a lo largo del tiempo a muchos 
especímenes de plantas y animales prehistóricos. [N. del E.] 




62 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


vez, escapando de la pegajosa brea caliente que quiere cu- 
brirles y engullirles. 

La supervivencia en esta biosfera requiere colmillos 
fuertes y pies que puedan pisotear en un extremo de la or- 
ganización, y Microsoft es famosa por tenerlos. Pero piso- 
tear a los otros mamuts en la brea sólo puede mantenerte 
vivo cierto tiempo. El peligro es que, con su obsesión por 
mantenerse fuera de las capas fósiles, estas compañías ol- 
viden lo que hay por encima de la biosfera: el ámbito de la 
nueva tecnología. En otras palabras, deben seguir con sus 
armas primitivas y bastos instintos competitivos, pero tam- 
bién han de desarrollar cerebros potentes. Parece ser que 
esto es lo que está haciendo Microsoft con su departamento 
de investigación, que contrata a personas inteligentes por 
doquier. (Y aquí debo mencionar que, aunque conozco y 
me relaciono con varias personas del departamento de in- 
vestigación de esa compañía, nunca hablamos de negocios, 
y no tengo ni idea de qué demonios están haciendo. He 
aprendido mucho más sobre Microsoft usando el sistema 
operativo Linux de lo que habría aprendido usando Win- 
dows). 

Da igual cómo hiciera antes dinero Microsoft; hoy en 
día, hace dinero gracias a una especie de arbitraje tempo- 
ral. Arbitraje, en el sentido habitual, significa hacer dinero 
aprovechándose de las diferencias en los precios de algo en 
diferentes mercados. En otras palabras, es espacial y se ba- 
sa sobre el hecho de que el árbitro sabe por qué tecnologías 
pagará dinero la gente el año que viene, y cuánto tardarán 
esas tecnologías en volverse gratuitas. Lo que el arbitraje 
espacial y temporal tienen en común es que ambos pivotan 
sobre la información extremadamente buena del árbitro; in- 
formación sobre los gradientes de precios en un momento 
dado en un caso, sobre los gradientes de precios a lo largo 
del tiempo en un lugar dado en el otro. 

Así que Apple /Microsoft ofrecen nuevas posibilidades 
a sus usuarios casi a diario, con la esperanza de que un 
flujo constante de genuinas innovaciones técnicas, combi- 
nadas con el fenómeno del «quiero creer» impedirá que sus 
clientes miren al otro lado de la carretera, hacia los sistemas 



La tecnosfera 


63 


operativos, mejores y más baratos, que tienen disponibles. 
La cuestión es si esto tiene sentido a largo plazo. Si Micro- 
soft es adicta a los sistemas operativos como Apple lo es 
al hardware, entonces se apostarán la camisa por sus siste- 
mas operativos, y vincularán todas sus nuevas aplicaciones 
y sistemas operativos a ellos. Su supervivencia dependerá 
entonces de estas dos cosas: añadir más posibilidades a sus 
sistemas operativos, de tal modo que sus clientes no se pa- 
sen a las alternativas más baratas, y mantener la imagen 
que, de algún modo misterioso, les da a estos clientes la 
sensación de que obtienen algo a cambio de su dinero. 

Este último es un fenómeno cultural verdaderamente 
extraño e interesante. 




La cultura de la interfaz 


HACE UNOS AÑOS 1 entré en una tienda cualquiera y me 
encontré con la siguiente escena: cerca de la entrada había 
una pareja joven frente a un gran mostrador de cosméticos. 
El hombre sostenía estólidamente una cesta de la compra 
en las manos mientras su compañera arramblaba con pro- 
ductos de maquillaje del mostrador y los apilaba en la ces- 
ta. Desde entonces siempre he pensado en ese hombre co- 
mo la personificación de una interesante tendencia huma- 
na: no sólo no nos ofenden las imágenes manufacturadas 
sino que nos gustan. Prácticamente insistimos en ello. Esta- 
mos ansiosos por ser cómplices de nuestro propio engaño: 
por pagar dinero por el pase a un parque temático, votar a 
un tipo que obviamente nos está mintiendo o permanecer 
de pie sosteniendo la cesta que se llena de cosméticos. 

Hace poco estuve en Disney World, concretamente en la 
parte llamada el Reino Mágico, caminando por Main Street 
USA. Esta es la perfecta pequeña ciudad victoriana y cuca 
que lleva al castillo Disney. Había mucha gente; nos abría- 
mos camino más que caminábamos. Justo delante mío ha- 
bía un hombre con una videocámara. Era una de esas nue- 
vas videocámaras en las que, en vez de mirar por un visor, 
contemplas una pantalla plana en color del tamaño de un 


'Excusas por el título de este capítulo a Steve Johnson, autor de Interfaz 
Culture: How New Technology Transforms the Way We Create and Comunícate, 
[«La cultura de la interfaz: cómo las nuevas tecnologías transforman el 
modo en que creamos y comunicamos»], San Francisco, Harper, 1997. 


65 



66 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


naipe, que televisa en directo lo que quiera que la cámara 
esté grabando. Sostenía el aparato cerca de la cara, de tal 
modo que le tapaba la vista. En vez de ir a ver una peque- 
ña ciudad de verdad gratis, había pagado dinero por ver 
una falsa, y en vez de verla a simple vista estaba contem- 
plándola por televisión. 

Y en vez de quedarme en casa y leer un libro, yo le es- 
taba mirando a él. 

La preferencia de los estadounidenses por las experien- 
cias mediadas resulta bastante obvia, y no voy a dar la mur- 
ga con ello. Ni siquiera voy a hacer comentarios desdeño- 
sos acerca de ello — después de todo, yo estaba en Disney 
World como cliente de pago — . Pero claramente está rela- 
cionado con el colosal éxito de las GUI, así que tengo que 
hablar algo acerca de ello. A los de Disney se le dan me- 
jor que a nadie las experiencias mediadas. Si entendieran 
qué son los sistemas operativos, y por qué los usa la gente, 
aplastarían a Microsoft en uno o dos años. 

En la sección de Disney World llamada el Reino Animal 
hay una nueva atracción, que se supone abrirá en marzo 
de 1999, llamada el Viaje por la Jungla del Maharajá. Lo ha- 
bían abierto como anticipo cuando yo estuve allí. Es una 
reproducción completa, piedra a piedra, de una hipotética 
ruina en las junglas de la India. Según decían, fue construi- 
da por un rajá local en el siglo XVI como reserva de caza. El 
rajá iba allí con sus principescos huéspedes a cazar tigres 
de Bengala. Con el paso del tiempo, quedó abandonada y 
la ocuparon los tigres y los monos; finalmente, en torno a la 
época de la independencia de la India, se convirtió en una 
reserva natural del gobierno, ahora abierto a los visitantes. 

El lugar se parece más a lo que he descrito que ningún 
edificio real que se pueda encontrar en la India. Todas las 
piedras en los muros derrumbados tenían el aspecto de ha- 
ber sido desgastados por las lluvias monzónicas durante 
siglos, la pintura de las paredes está descascarillada y apa- 
gada y los tigres de Bengala se mueven entre las columnas 
rotas. Allí donde se podrían realizar reparaciones moder- 
nas en la antigua estructura, se han hecho, pero no como 
las llevarían a cabo los ingenieros de la Disney, sino aho- 



La cultura de la interfaz 


67 


rrativos encargados indios, con bambú y barras herrum- 
brosas. La herrumbre está pintada, claro, y protegida de la 
herrumbre auténtica por una capa de plástico transparente, 
pero no se nota a menos que uno se agache. 

En cierto punto se puede caminar junto a un muro de 
piedra con una serie de desgastados frisos antiguos escul- 
pidos. Un extremo del muro se ha derrumbado y caído a 
tierra, quizás debido a algún terremoto largo tiempo olvi- 
dado, y uno o dos paneles tienen anchas fisuras, pero la his- 
toria sigue siendo legible: primero, el caos primordial lleva 
a la creación de muchas especies animales. Luego, vemos 
el Árbol de la Vida rodeado de diversos animales. Esta es 
una alusión obvia al enorme Árbol de la Vida que domina 
el centro del Reino Animal de Disney, igual que el Casti- 
llo domina el Reino Mágico o la Esfera domina Epcot. Pero 
está hecho en un estilo históricamente correcto, y probable- 
mente engañaría a cualquiera que no tuviera un doctorado 
en historia del arte indio. 

El siguiente panel muestra a un homo sapiens bigotudo 
derribando el Árbol de la Vida con una cimitarra y a anima- 
les huyendo en todas direcciones. El panel que va después 
muestra al errado humano golpeado por un tsunami, parte 
de un Diluvio presumiblemente provocado por su estupi- 
dez. 

El panel final muestra al Brote de la Vida que vuelve 
a crecer, pero ahora el Hombre ha abandonado su afilada 
arma y se ha unido a los demás animales, que lo rodean 
para ensalzarlo y adorarlo. 

Es, en otras palabras, una profecía del cuello de botella: la 
situación, planteada habitualmente por los modernos eco- 
logistas, de que el mundo se enfrentará pronto a un periodo 
de graves tribulaciones ecológicas que durarán unas pocas 
décadas o siglos y acabarán cuando encontremos un nuevo 
y armonioso modas vivendi con la Naturaleza. 

En conjunto, el friso es una obra bastante brillante. Ob- 
viamente no es una antigua ruina india, y alguna persona 
o personas vivas merecen ser elogiadas. Pero no hay firmas 
en la reserva de caza de Maharajá en Disney World. No hay 
firmas en nada, porque arruinaría el efecto si largos crédi- 



68 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


tos colgaran de cada ladrillo desgastado a medida, como 
en las películas de Hollywood. 

Entre los guionistas de Hollywood, Disney tiene la re- 
putación de ser una madrastra verdaderamente malvada. 
No resulta difícil ver por qué. Disney está en el negocio de 
los productos de ilusión sin fisuras — un espejo mágico que 
refleja el mundo mejor de lo que realmente es — . Pero un 
escritor está hablando literalmente a sus lectores, no sólo 
creando un ambiente o presentándoles algo donde mirar; 
y así como la interfaz de línea de comandos abre un canal 
mucho más directo y explícito entre usuario y máquina que 
la GUI, lo mismo sucede con palabras, escritor y lector. 

La palabra, al final, es el único sistema para codificar los 
pensamientos — el único medio — que no es fungióle, que 
se niega a disolverse en el torrente devorador de los me- 
dios electrónicos (los turistas más ricos en Disney World 
llevan camisetas con los nombres de diseñadores famosos 
impresos, porque los propios diseños pueden copiarse fá- 
cilmente y con impunidad. El único modo de fabricar ropa 
que no puede copiarse legalmente es imprimir palabras con 
copyright y marca registrada; una vez se ha dado ese paso, 
la ropa misma ya no importa realmente, y así una cami- 
seta es tan buena como cualquier otra cosa. Las camisetas 
con palabras caras son ahora la insignia de la clase alta. Las 
camisetas con palabras baratas, o sin palabras, son para el 
común de los mortales). 

Pero esta cualidad especial de las palabras y de la comu- 
nicación escrita tendría el mismo efecto sobre el producto 
de la Disney que un graffiti de spray sobre un espejo mági- 
co. Así que la Disney lleva a cabo la mayor parte de su co- 
municación sin recurrir a las palabras, y en su mayor parte, 
no se echa de menos las palabras. Algunas de las propie- 
dades más antiguas de la Disney, como Peter Pan, Winnie 
Pooh, y Alicia en el País de las Maravillas, salieron de li- 
bros. Pero los nombres de sus autores se mencionan rara- 
mente, si es que se mencionan, y no se pueden comprar los 
libros originales en la tienda Disney. Si se pudiera, pare- 
cerían viejos y extraños, como versiones muy raras de los 
originales más puros y auténticos de la Disney. Compara- 



La cultura de la interfaz 


69 


dos con producciones más recientes como La Bella y la Bestia 
y Midan, las películas de la Disney basadas en estos libros 
(en particular Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan) 
parecen profundamente extrañas, y no del todo apropia- 
das para niños. Lo cual es razonable, porque Lewis Carroll 
y J.M. Barrie eran hombres muy raros, y la naturaleza de la 
palabra escrita es tal que su rareza personal se filtra a tra- 
vés de todas las capas de disneyficación como rayos X a tra- 
vés de una pared. Probablemente, por esta misma razón, la 
Disney parece haber dejado de comprar libros y ahora en- 
cuentra sus temas y caracteres en los relatos tradicionales, 
que tienen la cualidad lapidaria y gastada por el tiempo de 
los antiguos bloques de piedra de las ruinas del Maharajá. 

Si siguiéramos a esos turistas a sus casas, podríamos en- 
contrar arte, pero sería el tipo de arte folclórico no firma- 
do que venden en las tiendas de la Disney de tema africa- 
no y asiático. En general, sólo parecen estar cómodos con 
medios que han sido ratificados por su antigüedad, por su 
aceptación popular masiva o por ambas cosas. 

En este mundo, los artistas son como los obreros anóni- 
mos y analfabetos que construyeron las grandes catedrales 
en Europa y luego desaparecieron en tumbas anónimas del 
cementerio. La catedral en conjunto es apabullante y con- 
movedora a pesar de, y posiblemente debido a, el hecho de 
que no tenemos ni idea de quién la construyó. Cuando ca- 
minamos por ella comulgamos no con obreros individuales 
sino con toda una cultura. 

Disney World funciona del mismo modo. Si se es un in- 
telectual, un lector o un escritor de libros, lo más amable 
que se puede decir al respecto es que la ejecución es so- 
berbia. Pero resulta fácil encontrarlo todo un poco sinies- 
tro, porque falta algo: la traducción de todo su contenido 
a palabras escritas, claras y explícitas, las atribución de las 
ideas a personas específicas. No se puede discutir con ello. 
Parece como si se estuviera pasando por alto un montón de 
cosas, como si Disney World nos estuviera engañando, y 
posiblemente colándonos todo tipo de asunciones ocultas 
y pensamiento débil. 



70 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Pero esto es exactamente lo mismo que se pierde en la 
transición de la interfaz de línea de comandos a la GUI. 

La Disney y Apple /Microsoft están en el mismo nego- 
cio: cortocircuitar la laboriosa y explícita comunicación ver- 
bal con interfaces de diseño caro. La Disney es una especie 
de interfaz de usuario en sí misma — y más que meramen- 
te gráfica — . Llamémosla interfaz sensorial. Puede aplicarse 
a cualquier cosa en el mundo, real o imaginada, aunque a 
un precio apabullante. 

¿Por qué rechazamos las interfaces basadas en la pala- 
bra, y preferimos las gráficas o sensoriales — una tendencia 
que explica el éxito tanto de Microsoft como de la Disney? 

Parte de ello es simplemente que el mundo es ahora 
muy complicado — mucho más complicado que el mun- 
do de los cazadores-recolectores con el cual evolucionaron 
nuestros cerebros — y sencillamente no podemos manejar 
todos los detalles. Tenemos que delegar. No tenemos más 
opción que confiar en algún artista anónimo de la Disney o 
en algún programador de Apple o Microsoft para que eli- 
jan por nosotros, nos libren de algunas opciones y nos den 
un resumen convenientemente empaquetado. 

Pero más importante es el hecho de que durante este 
siglo el intelectualismo falló, y todo el mundo lo sabe. En 
lugares como Rusia y Alemania, la gente común renunció 
a su control sobre los modos de vida tradicionales, costum- 
bres y religión, y permitió que los intelectuales llevaran el 
cotarro, y los intelectuales lo estropearon todo y convirtie- 
ron el siglo en un matadero. Aquellos intelectuales de tanta 
palabrería solían percibirse como algo meramente tedioso; 
ahora también parecen algo peligrosos. 

Los estadounidenses somos los únicos que no salimos 
malparados en ningún momento de todo esto. Somos libres 
y prósperos porque heredamos sistemas políticos y de va- 
lores fabricados por un conjunto dado de intelectuales del 
siglo XVIII que por casualidad acertaron. Pero hemos perdi- 
do contacto con esos intelectuales, y con cualquier cosa pa- 
recida al intelectualismo, hasta el punto de no leer libros ya, 
aunque sabemos leer. Estamos mucho más cómodos trans- 
mitiéndoles esos valores a las generaciones futuras de for- 



La cultura de la interfaz 


71 


ma no-verbal, mediante el proceso de inmersión mediática. 
Parece que esto funciona hasta cierto punto, porque la po- 
licía en muchos países ahora se queja de que los arrestados 
insisten en que les lean sus derechos, como en las pelícu- 
las de policías estadounidenses. Cuando se les explica que 
están en un país diferente, se indignan. Puede que las repo- 
siciones de Starsky y Hutch, dobladas a diversas lenguas, 
resulten ser, a largo plazo, una fuerza más potente en favor 
de los derechos humanos que la Declaración de Indepen- 
dencia. 

Una cultura enorme, rica y nuclear que propaga sus 
valores nucleares mediante la inmersión mediática parece 
una mala idea. Está el riesgo obvio de errar. Las palabras 
son el único medio inmutable que tenemos, que es el moti- 
vo por el cual son el vehículo preferido para conceptos ex- 
tremadamente importantes como los Diez Mandamientos, 
el Corán y la Declaración de Derechos. A menos que los 
mensajes transmitidos por nuestros medios vayan ligados 
a algún conjunto fijo de preceptos, pueden desperdigarse 
por doquier y posiblemente llenar la mente de la gente de 
estupideces. 

Orlando tenía una base militar llamada McCoy Air For- 
cé Base, con largas pistas desde las que podían despegar los 
B-52 para llegar a Cuba o a cualquier otro lugar, cargados 
de bombas nucleares. Pero ahora McCoy ha sido desman- 
telada y sus instalaciones se han destinado a otros fines. 
El aeropuerto civil de Orlando las ha absorbido. Las lar- 
gas pistas se usan ahora para descargar turistas llegados en 
vuelos 747 desde Brasil, Italia, Rusia y Japón, a fin de que 
vengan a Disney World y empaparse de nuestros medios 
durante un tiempo. 

Para las culturas tradicionales, especialmente las basa- 
das en la palabra como el Islam, esto resulta infinitamente 
más amenazante de lo que lo fueron jamás los B-52. Re- 
sulta obvio para cualquiera fuera de los Estados Unidos 
que nuestras archimuletillas, multiculturalismo y diversi- 
dad, son fachadas que encubren (en muchos casos involun- 
tariamente) una tendencia global a erradicar las diferencias 
culturales. El pilar básico del multiculturalismo (o de «hon- 



72 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


rar la diversidad», o como se quiera llamarlo) es que las 
personas tienen que dejar de juzgarse unas a otras — dejar 
de aseverar (y, gradualmente, dejar de creer) que esto está 
bien y esto está mal, que una cosa es fea y otra hermosa, 
que Dios existe y tiene estas o aquellas cualidades. 

La lección que la mayor parte de la gente ha extraído 
del siglo XX es que, para que un gran número de diferentes 
culturas coexistan pacíficamente en el globo (o incluso en 
el barrio), es necesario que la gente suspenda el juicio de 
este modo. De ahí (argumento) nuestra sospecha, u hosti- 
lidad, respecto de todas las figuras de autoridad en la cul- 
tura moderna. Como explicó David Foster Wallace en su 
ensayo E Unibus Pluram, este es el mensaje fundamental de 
la televisión; es el mensaje que la gente se lleva a casa, de 
cualquier modo, tras llevar inmersos en los medios el tiem- 
po suficiente. No está expresado en esos términos altiso- 
nantes, claro. Se transmite a través de la presunción de que 
todas las figuras de autoridad — maestros, generales, poli- 
cías, sacerdotes, políticos — son bufones hipócritas, y que el 
cinismo descreído es el único modo de ser. 

El problema es que una vez que nos hemos librado de la 
capacidad de juzgar lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo 
falso, etc., ya no queda cultura. Todo lo que queda son los 
bailes folclóricos y el macramé. La capacidad de juicio, de 
creencia, es el fin mismo de tener una cultura. Creo que por 
eso aparecen a veces tipos con metralletas en lugares como 
Luxor, y empiezan a disparar a los occidentales. Entienden 
perfectamente la lección de la base aérea McCoy. Cuando 
los hijos llegan con gorras ladeadas de los Chicago Bulls, 
los padres enloquecen. 

La anticultura global transmitida a todos los rincones 
del mundo por la televisión es una cultura en sí misma, y 
según los estándares de grandes y antiguas culturas como 
el Islam o Francia, parece inmensamente inferior, al menos 
al principio. Los único bueno que se puede decir de ella 
es que hace que guerras mundiales y holocaustos parezcan 
menos probables — ¡y de hecho eso es algo bastante bueno! 

El único problema real es que cualquiera que no ten- 
ga más cultura que esta monocultura global está completa- 



La cultura de la interfaz 


73 


mente jodido. Cualquiera que crezca viendo la televisión, 
que nunca vea nada de religión o filosofía, se críe en una 
atmósfera de relativismo moral, aprenda ética viendo es- 
cándalos sexuales en el telediario, y vaya a una universidad 
donde los posmodernos se desviven por demoler las nocio- 
nes tradicionales de verdad y cualidad, va a salir al mundo 
como un ser humano bastante incapaz. Y — de nuevo — tal 
vez el fin de todo esto es hacernos incapaces, de modo que 
no nos bombardeemos mutuamente con armas nucleares. 

Por otro lado, si te crías en el ámbito de una cultura da- 
da, acabas con un conjunto básico de herramientas que se 
pueden usar para pensar y comprender el mundo. Puedes 
usar esas herramientas para rechazar la cultura en que te 
criaste, pero al menos tienes algunas herramientas. 

En este país, la gente que lleva el cotarro — los que lle- 
nan los bufetes y las juntas directivas — comprende todo 
esto a cierto nivel. Apoyan el multiculturalismo y la diver- 
sidad y la suspensión del juicio de boquilla, pero no educan 
a sus propios hijos así. Tengo amigos altamente educados 
y técnicamente sofisticados que se han mudado a peque- 
ñas ciudades de Iowa para vivir y criar a sus hijos, y hay 
enclaves judíos hasidim en Nueva York donde muchos ni- 
ños se crían según creencias tradicionales. Cualquier comu- 
nidad suburbana puede considerarse un lugar donde per- 
sonas que tienen ciertas creencias (básicamente implícitas) 
van a vivir entre otros que piensan de igual manera. 

Y esta gente no sólo se siente responsable respecto a sus 
propios hijos, sino con el país en general. Algunos miem- 
bros de la clase alta son viles y cínicos, por supuesto, pero 
muchos pasan al menos parte de su tiempo preocupándose 
por la dirección en que va el país, y sus propias respon- 
sabilidades. Y así, cuestiones que son importantes para los 
intelectuales lectores de libros, como el colapso ambiental 
global, acaban por filtrarse a través de la cultura de masas 
y aparecen como antiguas ruinas hindúes en Orlando. 

Puede que se estén preguntando: ¿qué narices tiene que 
ver todo esto con los sistemas operativos? Como ya he di- 
cho, no hay modo de explicar la dominación del mercado 
de sistemas operativos por Apple /Microsoft sin explicacio- 



74 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


nes culturales, así que no puedo llegar a ninguna parte en 
este ensayo sin hacerles saber antes de dónde vengo en lo 
que concierne a la cultura contemporánea. 

La cultura contemporánea es un sistema de dos nive- 
les, como los morlocks y los eloi de La máquina del tiempo, 
de H.G. Wells, salvo que está del revés. En La máquina del 
tiempo, los eloi eran la amanerada clase alta, mantenida por 
montones de morlocks subterráneos que hacían que los en- 
granajes tecnológicos se movieran. Pero en nuestro mundo 
es al revés. Los morlocks son minoría, y hacen que las cosas 
se muevan porque comprenden cómo funciona todo. Los 
mucho más numerosos eloi aprenden todo lo que saben por 
verse inmersos desde su nacimiento en medios electrónicos 
dirigidos y controlados por los morlocks lectores de libros. 
Así que muchas personas ignorantes serían peligrosas si se 
las apuntara en la dirección equivocada, con lo cual hemos 
desarrollado una cultura popular que a) es increíblemente 
infecciosa y b) neutraliza a toda persona que se ve infec- 
tada, haciéndolos reticentes a emitir juicios e incapaces de 
tomar posiciones. 

Los morlocks, que tienen la energía e inteligencia como 
para aprehender los detalles, van y dominan temas com- 
plejos y producen interfaces sensoriales tipo Disney, de tal 
modo que los eloi puedan entender el meollo sin tener que 
forzar la mente o soportar el aburrimiento. Esos morlocks 
van a la India y tediosamente exploran cientos de ruinas, 
luego vuelven a casa y construyen versiones higiénicas y 
sin bichos: el Selecciones del Reader's Digest, por así decir. Es- 
to cuesta un montón, porque los morlocks insisten en que 
les den buen café y billetes de avión en primera, pero no es 
problema porque a los eloi les gusta que los deslumbren y 
pagarán gustosos. 

Me doy cuenta de que la mayor parte de esto proba- 
blemente suena desdeñoso y amargado hasta el absurdo: el 
típico intelectual pijo con un berrinche por culpa de esos 
filisteos analfabetos. Como si yo fuera una especie de Moi- 
sés bajando solo de la montaña, con las tablas de los Diez 
Mandamientos grabadas en piedra inmutable — la interfaz 
de línea de comandos original — y cabreándose con los dé- 



La cultura de la interfaz 


75 


hiles hebreos no iluminados que adoran imágenes. No sólo 
eso, sino que parece que creo que hay una especie de teoría 
de la conspiración. 

Pero eso no es lo que quiero decir con todo esto. La si- 
tuación que describo aquí podría ser mala, pero no tiene 
por qué ser mala, y no es necesariamente mala ahora. 

La cuestión es que, sencillamente, estamos demasiado 
ocupados hoy en día como para comprenderlo todo con 
detalle. Y es mejor comprenderlo por una interfaz, oscu- 
ramente, que no comprenderlo en absoluto. Mejor que diez 
millones de eloi vayan al Safari por el Kilimanjaro en Dis- 
ney World que no que mil cirujanos cardiovasculares y di- 
rectivos de aseguradoras vayan de safari auténtico por Ke- 
nia. La frontera entre ambas clases es más porosa de lo que 
he dado a entender. Constantemente me encuentro con ti- 
pos normales — albañiles, mecánicos, taxistas, gente de a 
pie en general — que básicamente carecían de cultura has- 
ta que algo hizo necesario que se convirtieran en lectores 
y empezaran a pensar en serio acerca de las cosas. Tal vez 
tuvieron que vérselas con el alcoholismo, tal vez fueron a la 
cárcel, o enfermaron, o sufrieron una crisis de fe, o simple- 
mente se aburrieron. Tales personas pueden aprender sobre 
temas particulares a toda prisa. A veces su falta de una edu- 
cación amplia les lleva a acometer empresas intelectuales 
desquiciadas pero bueno, al menos la empresa intelectual 
desquiciada es un buen ejercicio. El fantasma de una políti- 
ca controlada por los caprichos y veleidades de los votantes 
que creen realmente que hay diferencias significativas entre 
las cerveza Bud Lite y Miller Lite, y que creen que la lucha 
libre es real, es naturalmente alarmante para aquellos que 
no lo creen. Pero los países controlados mediante la interfaz 
de la línea de comandos, por así decirlo, por sesudos inte- 
lectuales, ya sean religiosos o seculares, son por lo general 
tristes lugares donde vivir. La gente sofisticada se burla de 
los entretenimientos disneyescos por tachones y asacarina- 
dos, pero si el resultado es provocar reflejos básicamente 
cálidos y simpáticos a nivel preverbal en cientos de millo- 
nes de iletrados inmersos en los medios, no pueden ser tan 
malos. Anoche matamos una langosta en nuestra cocina y 



76 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


mi hija lloró durante una hora. Los japoneses, que solían 
ser el pueblo más feroz del mundo, están obsesionados con 
adorables personajes de dibujos animados. Mi propia fami- 
lia — la gente que mejor conozco — está dividida de modo 
más o menos equitativo entre personas que probablemen- 
te lean este ensayo y personas que casi con toda certeza no 
lo hará, y no puedo decir a ciencia cierta que un grupo sea 
necesariamente más cálido, feliz o mejor adaptado que el 
otro. 



Morlocks y Eloi al teclado 


En LOS TIEMPOS de la interfaz de línea de comandos, los 
usuarios eran todos morlocks que tenían que convertir sus 
pensamientos en símbolos alfanuméricos e introducirlos a 
mano, un proceso insufriblemente tedioso que eliminaba 
toda ambigüedad, revelaba todas las asunciones ocultas y 
castigaba cruelmente la pereza y la imprecisión. Entonces 
los hacedores de interfaces se pusieron a trabajar en sus 
GUI, e introdujeron una nueva capa semiótica entre la gente 
y las máquinas. Las personas que usan tales sistemas han 
renunciado a la responsabilidad, y al poder, de enviar bits 
directamente al chip que lleva a cabo la aritmética, y le han 
pasado esa responsabilidad y poder al sistema operativo. 
Esto resulta tentador porque dar instrucciones claras, a al- 
guien o a algo, es difícil. No podemos hacerlo sin pensar 
y, dependiendo de la complejidad de la situación, debemos 
pensar intensamente en cosas abstractas y considerar cual- 
quier número de ramificaciones para hacerlo bien. Para la 
mayoría de nosotros, esto es una ardua tarea. Queremos 
que las cosas sean más fáciles. La medida de cuánto lo que- 
remos viene dada por el grueso de la fortuna de Bill Gates. 

El sistema operativo (por tanto) se ha convertido en 
una especie de instrumento para ahorrarse trabajo inte- 
lectual, que traduce las intenciones vagamente expresadas 
de los humanos a bits. De hecho, les pedimos a nuestros 
ordenadores que tomen responsabilidades que siempre se 
han considerado propias de seres humanos: queremos que 


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78 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


comprendan nuestros deseos, que prevean nuestras necesi- 
dades, que establezcan conexiones, que desempeñen tareas 
rutinarias sin necesidad de pedírselo, que nos recuerden lo 
que tendría que recordársenos a la vez que filtran el rui- 
do. En los niveles más elevados (es decir, más próximos al 
usuario) esto tiene lugar mediante una serie de convencio- 
nes — menús, botones, etc — . Estas funcionan en el sentido 
en que funcionan las analogías: ayudan a los eloi a com- 
prender conceptos abstractos o poco familiares comparán- 
dolos con algo conocido. Pero se usa el término más pre- 
tencioso de metáfora. 

El concepto que lo englobaba todo en MacOS era la 
«metáfora del escritorio», que subsumía cierto número de 
metáforas menores (y a menudo contradictorias, o al me- 
nos mezcladas). Con una GUI, un archivo (frecuentemen- 
te llamado «documento») se metafrasea como una ventana 
en pantalla (al que se denomina «escritorio»). La ventana 
siempre es demasiado pequeña para contener el documen- 
to, así que uno «se mueve» o, más pretenciosamente, «na- 
vega» por el documento «pinchando y arrastrando» el «de- 
do» en la «barra de desplazamiento». Cuando se «teclea» 
(usando un teclado) o «dibuja» (usando un «ratón») en la 
«ventana» o se usan «menús» desplegables y «cuadros de 
diálogo» para manipular sus contenidos, los resultados del 
trabajo se almacenan (al menos en teoría) en un «archivo», 
y luego la misma información se recupera en otra «venta- 
na». Cuando ya no se necesita, se «arrastra» a la «papelera». 

Hay una mezcla masiva y promiscua de metáforas aquí 
y podría deconstruirla hasta que las ranas criaran pelo, pe- 
ro no lo haré. Considérese sólo una palabra: «documento». 
Cuando documentamos algo en el mundo real, creamos re- 
gistros fijos, permanentes e inmutables de ello. Pero los do- 
cumentos de un ordenador son volátiles, efímeras constela- 
ciones de datos. A veces (como cuando se abren o guardan), 
el documento que aparece en la ventana es idéntico al que 
está almacenado, bajo el mismo nombre, en un archivo de 
disco, pero otras veces (como cuando se hacen cambios sin 
guardarlos), es completamente diferente. En cualquier ca- 
so, cada vez que se pulsa «Guardar», se aniquila la versión 



Morlocks y Eloi al teclado 


79 


previa del documento, reemplazándola por lo que quiera 
que aparezca en la ventana en ese momento. Así que, in- 
cluso la palabra guardar, se usa en un sentido que es gro- 
tescamente engañoso: «destruir una versión, guardar otra» 
sería más exacto. 

Cualquiera que use un procesador de textos durante 
mucho tiempo inevitablemente sufrirá la experiencia de 
emplear horas de trabajo en un documento largo y luego 
perderlo porque el ordenador falla o se corta la luz. Hasta 
el momento en que desaparece de pantalla, el documento 
parece tan sólido y real como si estuviera impreso en papel 
y tinta. Pero un momento después, sin avisar, se ha esfuma- 
do, completa e irremediablemente, como si nunca hubiera 
existido. El usuario queda con una sensación de desorienta- 
ción (por no hablar del cabreo) proveniente de un trasqui- 
lón metafórico: uno se da cuenta de que ha estado viviendo 
y pensando dentro de una metáfora que es esencialmente 
falsa. 

Así que las interfaces gráficas usan metáforas para ha- 
cer que la informática resulte más fácil, pero son malas me- 
táforas. Aprender a usarlas es esencialmente un juego de 
palabras, el proceso de aprender nuevas definiciones de pa- 
labras como «ventana» y «documento» y «guardar», que 
son diferentes, y en muchos casos diametralmente opues- 
tas a las antiguas. Por muy improbable que parezca, esto 
ha salido muy bien, al menos desde el punto de vista co- 
mercial, lo cual significa que Apple /Microsoft han hecho 
mucho dinero con ello. Todos los otros sistemas operativos 
modernos han aprendido que, para ser aceptados por los 
usuarios, han de ocultar sus entrañas bajo el mismo tipo 
de adornos. Esto tiene ciertas ventajas: si se sabe usar un 
sistema operativo de GUI, probablemente se puede deducir 
cómo usar cualquier otro en pocos minutos. Todo funcio- 
na de modo algo distinto, como las cañerías europeas pero, 
enredando un poco, se puede escribir una nota y navegar 
por la red. 

La mayor parte de la gente que compra sistemas opera- 
tivos (si es que se molestan en comprarlo) no comparan las 
funciones subyacentes, sino el aspecto y sensación superfi- 



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En el principio. . . fue la línea de comandos 


cíales. El comprador medio de un sistema operativo no pa- 
ga realmente, y no le interesa especialmente, el código de 
bajo nivel que asigna memoria y escribe bytes en el disco. 
Lo que compramos realmente es un sistema de metáforas. 
Y — mucho más importante — a lo que nos vendemos es 
al presupuesto implícito de que las metáforas son un buen 
modo de tratar con el mundo. 

Desde hace poco se ha vuelto disponible un montón de 
nuevo hardware que les proporciona a los ordenadores nu- 
merosos modos interesantes de afectar al mundo real: hacer 
que las impresoras escupan papel, dirigir haces radiactivos 
hacia enfermos de cáncer, crear películas realistas sobre el 
Titanic. Windows se usa ahora como sistema operativo pa- 
ra cajas registradoras y cajeros automáticos. El sistema de 
mi televisión por satélite emplea una especie de GUI (inter- 
faz gráfica) para cambiar de canal y mostrar guías de pro- 
gramas. Los modernos teléfonos móviles llevan una cru- 
da GUI metido en una diminuta pantalla. Incluso Lego tie- 
ne una GUI: se puede comprar un juego de Lego llamado 
Mindstorms que permite construir pequeños robots Lego y 
programarlos mediante una GUI en el ordenador. 

Así que ahora le pedimos a la GUI que haga mucho más 
que servir de máquina de escribir glorificada. Ahora quere- 
mos que se convierta en una herramienta generalizada pa- 
ra tratar con la realidad. Esto ha hecho que las compañías 
que viven de sacar nueva tecnología al mercado de masas 
vivan una bonanza económica. 

Obviamente, no se puede vender un complicado siste- 
ma tecnológico a la gente sin algún tipo de interfaz que 
les permita usarlo. La dinamo de combustión interna fue 
una maravilla tecnológica en su época, pero era inútil co- 
mo bien de consumo hasta que le conectaron una palanca 
de cambios, transmisión, volante y frenos. Esa extraña co- 
lección de cacharros, que sobrevive hasta nuestros días en 
cada coche que surca las carreteras, constituye lo que hoy 
llamaríamos una interfaz de usuario. Pero si los coches se 
hubieran inventado después que los Macintosh, los fabri- 
cantes de coches no se habrían molestado en diseñar todos 
esos complicados dispositivos. Tendríamos una pantalla de 



Morlocks y Eloi al teclado 


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ordenador por salpicadero, y un ratón (o como mucho un 
joystick) por volante, y cambiaríamos de marchas desple- 
gando un menú: 

APARCAR 

MARCHA ATRÁS 

PUNTO MUERTO 

3 

2 

1 

Ayuda . . . 

Así, unas pocas líneas de código pueden sustituir cual- 
quier interfaz mecánica imaginable. El problema es que en 
muchos casos el sustituto es defectuoso. Conducir un coche 
mediante una GUI sería una experiencia horrible. Incluso si 
la GUI estuviera totalmente libre de fallos, sería increíble- 
mente peligroso, porque los menús y botones sencillamen- 
te no pueden responder tan bien como los controles mecá- 
nicos directos. El padre de mi amigo, el señor que restau- 
raba el descapotable, nunca se habría tomado la molestia si 
hubiera ido equipado con una GUI. No habría sido diverti- 
do. 

El volante y la palanca de cambios se inventaron en una 
era en la que la tecnología más complicada en la mayor par- 
te de las casas era la batidora de mantequilla. Aquellos pri- 
meros fabricantes de coches tenían mucha suerte, ya que 
podían diseñar la interfaz que resultara más adecuada pa- 
ra la tarea de conducir un automóvil, y la gente la apren- 
día. Lo mismo sucedió con el teléfono de marcado y la ra- 
dio AM. Ya en la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte 
de la gente conocía varias interfaces: no sólo podían batir 
mantequillas, sino también conducir un coche, marcar en 
el teléfono, conectar la radio, encender un mechero y cam- 
biar una bombilla. 



82 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Pero ahora cualquier cosita — relojes de pulsera, vídeos, 
hornillos — está lleno de funcionalidades, y cada funciona- 
lidad es inútil sin interfaz. Si usted es como yo y como la 
mayoría de consumidores, nunca ha usado el noventa por 
ciento de las funcionalidades de su microondas, vídeo o te- 
léfono móvil. Ni siquiera sabe que estas funcionalidades 
existen. El pequeño beneficio que podrían aportarle que- 
da anulado por la pura molestia de tener que aprenderlas. 
Esto debe de ser un gran problema para los fabricantes de 
bienes de consumo, porque no pueden competir sin ofrecer 
características. 

Ya no es aceptable que los ingenieros inventen toda una 
nueva interfaz de usuario para cada nuevo producto, co- 
mo hicieron en el caso del automóvil, en parte porque re- 
sulta demasiado caro y en parte porque hay un límite en 
lo que puede aprender la gente normal. Si el vídeo se hu- 
biera inventado hace cien años, tendría una ruedecita para 
la sintonización y una palanca para avanzar y rebobinar, y 
una gran asa de hierro forjado para cargar o expulsar los 
cassettes. Llevaría un gran reloj analógico delante, y ha- 
bría que ajustar la hora moviendo las manillas en la esfera. 
Pero debido a que el vídeo se inventó cuando se inventó 
— durante una especie de incómodo periodo de transición 
entre la era de las interfaces mecánicas y las GUI — tiene só- 
lo unos cuantos botones delante y, para fijar la hora, hay 
que pulsar los botones de modo correcto. Esto le debe de 
haber parecido bastante razonable a los ingenieros respon- 
sables, pero para muchos usuarios es sencillamente imposi- 
ble. De ahí el famoso 12:00 que parpadea en tantos vídeos. 
Los informáticos lo llaman el problema del doce parpadeante. 
Cuando hablan de ello, empero, no suelen estar hablando 
de vídeos. 

Los vídeos modernos habitualmente tienen algún tipo 
de programación en pantalla, lo cual significa que se puede 
fijar la hora y controlar las demás funcionalidades median- 
te una especie de GUI primitivo. Los GUI también tienen 
botones virtuales, claro, pero también tienen otros tipos de 
controles virtuales, como botones de radio, casillas que ta- 
char, espacios para introducir textos, esferas y barras. Las 



Morlocks y Eloi al teclado 


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interfaces compuestas de estos elementos parecen ser mu- 
cho más fáciles para muchas personas que pulsar esos bo- 
toncitos en la máquina, y así el propio 12:00 parpadeante 
está desapareciendo lentamente de los salones de Estados 
Unidos. El problema del doce parpadeante ha pasado a otras 
tecnologías. 

Así que la GUI ha pasado de ser una interfaz para or- 
denadores personales a convertirse en una especie de me- 
tainterfaz que se emplea en cualquier nueva tecnología de 
consumo. Raramente es ideal, pero tener una interfaz ideal 
o incluso buena ya no es la prioridad; lo importante ahora 
es tener algún tipo de interfaz que los clientes usen real- 
mente, de tal modo que los fabricantes puedan afirmar con 
toda seriedad que ofrecen nuevas posibilidades. 

Queremos GUI básicamente porque son convenientes 
y porque son fáciles — o al menos la GUI hace que así 
parezca — . Por supuesto, nada es realmente fácil y simple, 
y poner una bonita interfaz no cambia ese hecho. Un coche 
controlado a través de una GUI sería más fácil de conducir 
que uno controlado por los pedales y el volante, pero sería 
increíblemente peligroso. 

Al usar GUI todo el tiempo, hemos aceptado sin darnos 
cuenta una premisa que pocas personas aceptarían si se les 
planteara directamente, a saber: que las cosas difíciles pue- 
den hacerse fáciles, y las complicadas pueden volverse sim- 
ples, acoplándoles la interfaz adecuada. Para comprender 
lo raro que es todo esto, imagínense que las críticas de li- 
bros se escribieran según el mismo sistema de valores que 
aplicamos a las interfaces de usuario: la escritura de este li- 
bro es maravillosamente simple; el autor pasa por encima 
de temas complicados y emplea generalizaciones ramplo- 
nas casi en cada oración. Los lectores rara vez tendrán que 
pensar, y se les ahorrará toda la dificultad y el tedio ge- 
neralmente asociados con la lectura de libros anticuados. 
Mientras nos limitemos a operaciones sencillas como fijar 
la hora en nuestro vídeo, no es para tanto. Pero cuando tra- 
tamos de hacer cosas más ambiciosas con nuestra tecnolo- 
gía, inevitablemente nos topamos con el problema de «el 
trasquilón metafórico». 




El trasquilón metafórico 


Empecé a usar Microsoft Word en cuanto sacaron la 
primera versión en torno a 1985. Tras algunos problemas 
iniciales descubrí que era mejor herramienta que MacWri- 
te, que era su único competidor en aquel momento. Escri- 
bí un montón de cosas en versiones tempranas de Word, 
guardándolo todo en disquetes, y transferí los contenidos 
de todos mis disquetes a mi primer disco duro, que adqui- 
rí en torno a 1987. A medida que salían nuevas versiones 
de Word yo actualizaba fielmente, razonando que como es- 
critor tenía sentido que me gastara una cierta cantidad de 
dinero en herramientas. 

En algún momento, a mediados de los ochenta, traté de 
abrir uno de mis antiguos documentos Word que databa 
más o menos de 1985 usando la versión entonces vigen- 
te de Word: 6.0. No funcionó. Word 6.0 no reconocía un 
documento creado por una versión anterior de sí mismo. 
Abriéndolo como archivo de texto, pude recuperar las se- 
cuencias de letras que constituían el texto del documento. 
Mis palabras seguían allí. Pero el formato parecía pasado 
por un colador — las palabras que yo había escrito iban in- 
terrumpidas por cuadros rectangulares vacíos y basura. 

Ahora bien, en el contexto de una empresa (el princi- 
pal mercado de Word) este tipo de cosa sólo es una moles- 
tia — uno de los problemas rutinarios que comporta usar 
ordenadores — . Es fácil comprar programitas de conver- 
sión de archivos que se ocupan de este problemas. Pero si 


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En el principio. . . fue la línea de comandos 


eres un escritor, cuyo oficio son las palabras, cuya identi- 
dad profesional es un corpus de documentos escritos, es- 
te tipo de cosa resulta extremadamente desasosegante. En 
mi tipo de trabajo hay muy pocos presupuestos estableci- 
dos, pero uno de ellos es que una vez escribes una pala- 
bra, queda escrita y no puede desescribirse. La tinta mancha 
el papel, el escoplo corta la piedra, el estilo marca la arci- 
lla y algo ha sucedido irrevocablemente (mi cuñado es un 
teólogo que lee tablillas en cuneiforme de hace 3250 años 
— puede reconocer la escritura de algunos escribas indivi- 
duales, e identificarlos por su nombre — ). Pero el software 
de procesamiento de textos — particularmente el tipo que 
emplea formatos de archivo especiales y complejos — tiene 
el sobrenatural poder de desescribir las cosas. Un pequeño 
cambio en los formatos de archivo, o unos pocos bits re- 
vueltos, y la producción literaria de meses o años puede 
dejar de existir. 

Esto era técnicamente un fallo de la aplicación (Word 6.0 
para Macintosh), no del sistema operativo (MacOS 7 punto 
algo), así que el blanco inicial de mi enfado fueron los res- 
ponsables de Word. Por otro lado, yo podía haber elegido la 
opción guardar como texto en Word y haber guardado todos 
mis documentos como simples telegramas, y este problema 
no habría surgido. Por el contrario, me había dejado sedu- 
cir por todas esas vistosas opciones de formateo que ni si- 
quiera existían hasta que las GUls aparecieron y las hicieron 
practicables. Había caído en el hábito de usarlas para que 
mis documentos tuvieran un bonito aspecto (tal vez más 
bonito del que merecían; todos esos viejos documentos en 
los disquetes resultaron ser más o menos una porquería). 
Ahora estaba pagando el precio de mi autoindulgencia. La 
tecnología había avanzado y hallado maneras de que mis 
documentos parecieran aún más bonitos, y la consecuencia 
de ello era que todos los viejos y feos documentos habían 
dejado de existir. 

Era — si me disculpan una pequeña y extraña fantasía 
durante un momento — como si hubiera ido a alojarme en 
un hotel exquisitamente diseñado, poniéndome en manos 
de los antiguos maestros de la interfaz sensorial, me hubie- 



El trasquilón metafórico 


87 


ra sentado en mi habitación y hubiese escrito una historia 
con un bolígrafo en papel amarillo y, al volver de la cena, 
me hubiese encontrado con que la doncella se había lleva- 
do mi trabajo y en su lugar había dejado una pluma y una 
resma de pergamino — explicando que la habitación tenía 
mucho mejor aspecto así y era todo parte de una actualiza- 
ción rutinaria — . Pero escritas en aquellas hojas de papel, en 
impecable ortografía, habría largas secuencias de palabras 
escogidas al azar del diccionario. Espantoso, cierto, pero le- 
galmente no podría demandar a la dirección, porque al alo- 
jarme en ese hotel había dado mi consentimiento para ello. 
Había entregado mis credenciales de morlock y me había 
convertido en un eloi. 




Linux 


A FINALES DE LOS AÑOS OCHENTA y principios de los no- 
venta me pasé un montón de tiempo programando para 
Macintosh, y al final decidí pagar varios cientos de dólares 
por un producto de Apple llamado el Macintosh Program- 
mer's Workshop, o MPW. MPW tenía competidores, pero 
era incuestionablemente el mejor sistema de desarrollo de 
software para el Mac. Los propios ingenieros de Apple so- 
lían escribir código Macintosh con él. Puesto que MacOS 
era con mucho el sistema operativo más desarrollado tec- 
nológicamente en aquel momento, y puesto que Linux ni 
siquiera existía todavía, y puesto que este era el programa 
que usaba de hecho el equipo de ingenieros creativos de 
elite de Apple, tenía grandes expectativas. Venía en una pi- 
la de disquetes de un pie de alto, así que tuve tiempo para 
que mi emoción creciera durante el interminable proceso 
de instalación. La primera vez que inicié MPW, probable- 
mente me esperaba algún tipo de quisquilloso muestrario 
multimedia. Por el contrario, era austero, casi hasta el pun- 
to de resultar intimidatorio. Era una ventana desplazable 
en la que se podía escribir texto simple, sin formato. El sis- 
tema interpretaba entonces esas líneas de texto como co- 
mandos, y trataba de ejecutarlos. 

Era, en otras palabras, un teletipo de vidrio ejecutan- 
do una interfaz de línea de comandos. Venía con todo tipo 
de comandos crípticos pero potentes, que podían invocarse 
tecleando sus nombres, y que sólo gradualmente aprendí a 


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En el principio. . . fue la línea de comandos 


usar. Sólo algunos años después, cuando empecé a enredar 
con Unix, comprendí que la interfaz de línea de comandos 
encarnada en MPW era una recreación de Unix. 

En otras palabras, lo primero que habían hecho los hac- 
kers de Apple cuando consiguieron que MacOS fuese fun- 
cional — posiblemente antes de que lo fuera — había sido 
recrear la interfaz de Unix, para poder hacer algún trabajo 
útil. En aquel momento, mi mente no daba para entender 
esto pero, en lo que concernía a los hackers de Apple, la 
muy pregonada Interfaz Gráfica de Usuario del Mac era un 
impedimento, algo a evitar incluso antes de que el aparati- 
to saliera siquiera al mercado. 

Incluso antes de que mi PowerBook fallara y destruyera 
mi gran archivo en julio de 1995, había habido señales de 
peligro. Un viejo amigo mío, que crea y lleva compañías de 
alta tecnología en Boston, había desarrollado un producto 
comercial usando el Macintosh. Básicamente el Mac funcio- 
naba como terminal gráfico de alto rendimiento, escogido 
por su bonita interfaz de usuario, que daba al usuario acce- 
so a una gran base de datos de información gráfica almace- 
nada en una red de ordenadores mucho más potentes, pero 
de uso menos orientado al usuario. Este tipo era la segunda 
persona que llamó mi atención sobre el Macintosh, por cier- 
to, y a mediados de los ochenta compartíamos la emoción 
de ser expertos en alta tecnología y de usar la tecnología 
Apple en un mundo de tontainas usuarios de DOS. Las pri- 
meras versiones del sistema de mi amigo funcionaron bien 
pero, cuando se unieron varias máquinas a la red, empeza- 
ron a producirse misteriosos fallos; a veces todo el sistema 
sencillamente se detenía. Era uno de esos fallos que no po- 
dían reproducirse fácilmente. Finalmente se dieron cuenta 
de que estos errores del sistema se producían cada vez que 
un usuario, buscando algo en los menús, mantenía el botón 
del ratón pulsado durante más de dos segundos. 

Básicamente, el MacOS sólo podía hacer una cosa por 
vez. Desplegar un menú en la pantalla es una cosa. Así que 
cuando de desplegaba un menú, el Macintosh no era capaz 
de hacer nada más hasta que el usuario indeciso soltaba el 
botón. 



Linux 


91 


Esto no es algo tan terrible en una máquina de un so- 
lo usuario y un solo proceso (aunque es una cosa bastante 
mala), pero es un desastre en una máquina que forma parte 
de una red, porque formar parte de una red conlleva algún 
tipo de interacción continua de bajo nivel con otras máqui- 
nas. Al no responder a la red, el Mac provocó un fallo en 
todo el sistema de red. 

Para trabajar con otros ordenadores, y con diferentes ti- 
pos de hardware, un sistema operativo ha de ser incompa- 
rablemente más potente que MS-DOS y que el MacOS origi- 
nal. El único modo de conectarse con Internet que merece la 
pena tomarse en serio es PPP, el Protocolo Punto-a-Punto, 
que (no importan los detalles) convierte a su ordenador 
— temporalmente — en un miembro de pleno derecho de 
la Internet Global, con su propia dirección única, y diver- 
sos privilegios, poderes y responsabilidades. Técnicamen- 
te, significa que su máquina ejecuta el protocolo TCP/lP, 
que, brevemente, se basa en el envío de paquetes de datos, 
en ningún orden en particular, y en momentos impredeci- 
bles, siguiendo un inteligente y elegante conjunto de reglas. 
Pero enviar un paquete de datos es una cosa, así que un 
sistema operativo que sólo pueda hacer una cosa por vez 
no puede formar parte de Internet y hacer otra cosa simul- 
táneamente. Cuando se inventó TCP/lP, ejecutarlo era un 
honor reservado a los Ordenadores Serios — mainframes y 
miniordenadores de alta potencia usados en contextos téc- 
nicos y comerciales — , así que el protocolo está diseñado 
con el presupuesto de que cada ordenador que lo usa es 
una máquina seria, capaz de hacer muchas cosas a la vez. 
Hablando pronto y mal, una máquina Unix. Ni MacOS ni 
MS-DOS se construyeron originalmente pensando en eso, 
así que cuando Internet se puso caliente, hubo que llevar a 
cabo cambios radicales. 

Cuando mi PowerBook me partió el corazón y cuando 
Word dejó de reconocer mis antiguos archivos, me pasé a 
Unix. La alternativa obvia a MacOS habría sido Windows. 
En realidad yo no tenía nada contra Microsoft, ni contra 
Windows. Pero ya resultaba bastante obvio que los anti- 
guos sistemas operativos de PC estaban funcionando más 



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En el principio. . . fue la línea de comandos 


allá de sus posibilidades y lo mostraban, así que tal vez era 
mejor evitarlos hasta que hubieran aprendido a caminar y 
mascar chicle al mismo tiempo. 

El cambio tuvo lugar un día particular en el verano de 
1995. Llevaba un par de semanas en San Francisco, usan- 
do mi PowerBook para trabajar en un documento. El docu- 
mento era demasiado grande para caber en un solo disque- 
te, así que no había realizado ninguna copia desde que salí 
de casa. El PowerBook se colgó y borró todo el archivo. 

Sucedió justo cuando salía a visitar una compañía lla- 
mada Electric Communities, que en aquella época estaba 
en Los Altos. Me llevé mi PowerBook conmigo. Mis ami- 
gos en Electric Communities eran usuarios de Mac que te- 
nían todo tipo de software para recuperar archivos y datos 
perdidos por fallos de disco, y estaba seguro de que podría 
recobrar la mayor parte del archivo. 

Resultó que dos utilidades diferentes para la recupera- 
ción de datos por fallo del Mac fueron incapaces de hallar 
rastro alguno de que mi archivo había existido alguna vez. 
Estaba completa y sistemáticamente borrado. Peinamos el 
disco duro bloque a bloque, y encontramos fragmentos dis- 
juntos de incontables archivos antiguos, descartados y ol- 
vidados, pero nada de lo que yo quería. El trasquilón me- 
tafórico fue especialmente brutal ese día. Fue algo así como 
ver cómo la chica de la que llevas diez años enamorado se 
mata en un accidente de tráfico, y luego estar presente en 
su autopsia, para darte cuenta de que bajo la ropa y el ma- 
quillaje era sólo carne y hueso. 

Debí de vagar por los pasillos de la Electric Communi- 
ties en una especie de fuga jungiana primaria, porque en 
aquel momento sucedieron tres cosas extrañamente sincró- 
nicas. 

1. Randy Farmer, cofundador de la compañía, llegó en 
una visita rápida con su familia (estaba recuperándo- 
se de una operación en la espalda en aquel momento). 
Traía noticias candentes: «Hoy han masterizado Win- 
dows 95.» Quería decir que el nuevo sistema operati- 
vo de Microsoft había sido colocado ese mismo día en 



Linux 


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un disco compacto especial conocido como el «master 
dorado», que se usaría para sacar trillones de copias, 
preparando su estruendoso lanzamiento unas pocas 
semanas después. Esta noticia fue recibida con fasti- 
dio por los empleados de Electric Communities, in- 
cluyendo uno que tenía la puerta del despacho llena 
de las viñetas y novedades habituales, por ejemplo. 

2. Un cómic de Dilbert en el que Dilbert, el sufridor inge- 
niero de software de una empresa, se encuentra con 
un hombre barbudo y peludo de cierta edad, algo pa- 
recido a Santa Claus, pero más siniestro, y con cier- 
ta sorna. Dilbert reconoce a este hombre, por su apa- 
riencia y efecto, como un hacker de Unix, y reacciona 
con una cierta mezcla de nerviosismo, respeto y hos- 
tilidad. Dilbert realiza endebles intentos por meterse 
con el perturbador extraño durante un par de viñe- 
tas; el hacker de Unix le escucha con una especie de 
irritante calma beatífica y luego, en la última viñeta, 
mete la mano en el bolsillo. «Ten una moneda, chico», 
dice, «y ve a comprarte un ordenador de verdad». 

3. El dueño de la puerta y del cómic era un tal Doug 
Barnes. Era sabido que Barnes tenía ciertas opiniones 
heréticas sobre el tema de los sistemas operativos. A 
diferencia de la mayoría de los techies del Área de la 
Bahía, que adoraban el Macintosh, considerando que 
era la máquina del verdadero hacker, a Barnes le gus- 
taba señalar que el Mac, con su arquitectura herméti- 
camente sellada, era de hecho hostil a los hackers, a 
quienes les gusta enredar y para los que la apertura es 
un dogma. En cambio, las máquinas compatibles con 
IBM, que pueden montarse y desmontarse fácilmente, 
eran mucho más hackeables. 

Así que cuando volví a casa empecé a enredar con Li- 
nux, que es una de las muchísimas distintas implemen- 
taciones concretas del ideal abstracto y platónico llamado 
Unix. No me apetecía cambiarme a un nuevo sistema ope- 
rativo, porque mis tarjetas de crédito todavía echaban hu- 



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En el principio. . . fue la línea de comandos 


mo después de todo el dinero que me había gastado en 
hardware para el Mac en el curso de los años. Pero la gran 
virtud de Linux era, y es, que podía ejecutarse en exacta- 
mente el mismo tipo de hardware que el sistema opera- 
tivo de Microsoft — es decir, el hardware más barato que 
existe — . Como para demostrar que esto era una gran idea, 
una o dos semanas después de volver a casa pude hacer- 
me con un ordenador entonces bastante bueno (un 486 a 
33Mhz) gratis, porque conocía a un tipo que trabajaba en 
una oficina en la que estaban tirándolos. Una vez llegué a 
casa, le quité la funda, metí las manos y empecé a cambiar 
las tarjetas. Si algo no funcionaba, iba a una tienda de or- 
denadores de segunda mano, buscaba en una cesta llena de 
componentes y compraba una nueva tarjeta por unos cuan- 
tos dólares. 

La disponibilidad de todo este hardware barato pero 
efectivo fue una consecuencia involuntaria de decisiones 
que se habían tomado hacía más de una década en IBM y 
Microsoft. Cuando salió Windows y llevó la GUI a un mer- 
cado mucho más amplio, el régimen del hardware cambió: 
el precio de las tarjetas de vídeo en color y los monitores de 
alta resolución empezó a caer, y sigue cayendo. Este enfo- 
que del hardware gratis-para-todos significó que Windows 
era inevitablemente torparrón comparado con MacOS. Pe- 
ro la GUI llevó la informática a un público tan vasto que 
el volumen aumentó muchísimo y los precios se vinieron 
abajo. Mientras tanto Apple, que tanto deseaba un sistema 
operativo limpio e integrado, con el vídeo totalmente in- 
tegrado en el hardware de procesamiento, había quedado 
muy por detrás en la cuota de mercado, en parte al menos 
porque su precioso hardware costaba tanto. 

Pero el precio que tuvimos que pagar los dueños de un 
Mac por una estética y un diseño superiores no fue mera- 
mente financiero. Había un precio cultural también, debido 
al hecho de que no podíamos abrir el ordenador y enredar 
con él. Doug Barnes tenía razón. Apple, pese a su reputa- 
ción de ser la opción de los hackers creativos y contestata- 
rios, había creado de hecho una máquina que desalentaba 
el hackeo, mientras que Microsoft, considerada una perezo- 



Linux 


95 


sa tecnológica y una plagiarla, había creado un vasto bazar 
de componentes sin orden ni concierto: una sopa primor- 
dial que había acabado autoorganizándose en Linux. 




El «hole hawg» de los sistemas 

operativos 


Unix siempre ha estado pululando provocativamen- 
te en el trasfondo de las guerras de los sistemas operativos, 
como el Ejército ruso. La mayor parte de la gente sólo cono- 
ce su reputación, y su reputación, como sugiere el cómic de 
Dilbert, es mixta. Pero todo el mundo parece estar de acuer- 
do en que sólo con que se planteara su actuación en serio 
y dejara de cederle enormes extensiones de ricos terrenos 
agrícolas y cientos de miles de prisioneros de guerra a los 
invasores, los aplastaría, a ellos y a cualquier otra oposi- 
ción. 

Resulta difícil explicar cómo se ha ganado Unix este res- 
peto sin meterse en horrorosos detalles técnicos. Tal vez el 
meollo pueda explicarse contando una historia sobre tala- 
dradoras. 

«Hole Hawg» es una gama de máquinas de taladrar fa- 
bricadas por la Compañía de Herramientas Milwaukee. Si 
observan el escaparate de una típica ferretería, pueden en- 
contrar taladros de Milwaukee más pequeños, pero no el 
«hole hawg», que es demasiado potente y caro para usua- 
rios domésticos. El «hole hawg» no tiene el diseño en forma 
de pistola del barato taladro doméstico. Es un cubo de me- 
tal sólido con un mango que sale por un lado y una protu- 
berancia en otro. El cubo contiene un motor eléctrico des- 
concertantemente potente. Se puede sostener el mango y 


97 



98 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


apretar el gatillo con el índice pero, a menos que se sea ex- 
cepcionalmente fuerte, no se puede controlar el peso del 
«hole hawg» con una mano: hay que sujetarlo con ambas 
manos. Para compensar el contratorque del «hole hawg», 
se usa un mango adicional (viene incluido), que se atorni- 
lla en uno u otro lado del cubo de hierro, dependiendo de 
si se usa la mano izquierda o la derecha para apretar el gati- 
llo. Este mango no es esbelto y ergonómico como lo sería en 
un taladro doméstico. Es simplemente un pedazo de tube- 
ría galvanizada normal de un pie de largo, con un agujero 
en un extremo, con un mango de goma negra en el otro. Si 
lo pierdes, simplemente vas a la tienda de fontanería local 
y compras otro pedazo de tubería. 

Durante los ochenta hice algo de albañilería. Un día, 
otro obrero apoyó una escalera contra la fachada del edi- 
ficio que estábamos construyendo, subió al segundo piso y 
uso el «hole hawg» para hacer un agujero en el muro ex- 
terior. En algún momento, la broca se atascó en el muro. 
El «hole hawg», siguiendo su único imperativo, siguió fun- 
cionando. Giró el cuerpo del obrero como una muñeca de 
trapo, haciendo que tirara la escalera. Por suerte, se mantu- 
vo agarrado al «hole hawg», que permaneció encajado en 
el muro, y simplemente colgó de él y pidió ayuda hasta que 
vino alguien y puso de nuevo la escalera. 

Yo mismo usé un «hole hawg» para hacer muchos agu- 
jeros a través de remaches, lo cual hice como una picadora 
pica coliflor. También la usé para hacer unos cuantos agu- 
jeros de seis pulgadas de diámetro en un viejo techo de es- 
cayola. Introduje una nueva sierra, subí al segundo piso, 
metí la mano por entre las recientes juntas del suelo y em- 
pecé a cortar el techo del primer piso. Allí donde mi bro- 
ca doméstica las había pasado canutas para hacer girar el 
enorme hierro, y se había detenido a la menor obstrucción, 
la «hole hawg» rotaba con la estúpida consistencia de un 
planeta giratorio. Cuando la sierra ganó velocidad, el «ho- 
le hawg» giró sobre sí mismo y me hizo girar a mí también, 
aplastando una de mis manos entre el mango de acero y 
una junta, produciéndome algunas laceraciones, cada una 
rodeada por una amplia corona de carne magullada. Tam- 



El «hole hawg» de los sistemas operativos 


99 


bién dobló la propia sierra, aunque no tanto como para que 
no pudiera volver a usarla. Tras unos pocos encontronazos 
parecidos, cada vez que tenía que usar el «hole hawg» mi 
corazón empezaba a latir con terror atávico. 

Pero nunca le eché la culpa al «hole hawg»: me eché la 
culpa a mí mismo. El «hole hawg» es peligroso porque ha- 
ce exactamente lo que se le pide que haga. No se ve cons- 
treñido por las limitaciones físicas inherentes a un taladro 
barato, ni por los cierres de seguridad que puede incluir un 
fabricante temeroso de las responsabilidades penales en un 
producto doméstico. El peligro no está en la máquina mis- 
ma, sino en la incapacidad del usuario de contemplar todas 
las consecuencias de las instrucciones que le da. 

Una herramienta más pequeña también es peligrosa, 
pero por razones completamente distintas: trata de dar lo 
que se le pide, y falla de un modo que resulta impredeci- 
ble y casi siempre indeseable. Pero el «hole hawg» es como 
el genio de las antiguos cuentos de hadas, que lleva a cabo 
las instrucciones de su amo literalmente, con precisión y un 
poder ilimitado, a menudo con desastrosas consecuencias 
imprevistas. 

Antes del «hole hawg», solía examinar el surtido de ta- 
ladros en las ferreterías de un modo que consideraba sensa- 
to, desechando los modelos más pequeños y levantando los 
grandes y caros apreciativamente, deseando poder permi- 
tirme una de aquellas bellezas. Ahora las miro a todas con 
tal desdén que ni siquiera considero que sean taladros de 
verdad — son simplemente juguetes diseñados para explo- 
tar las tendencias delirantes de urbanitas que quieren creer 
que han comprado una herramienta de verdad — . Sus estu- 
ches de plástico, cuidadosamente diseñados y verificados 
con grupos-diana para transmitir una sensación de solidez 
y potencia, me parecen asquerosamente frágiles y baratos, 
y me avergüenzo de haber picado alguno vez y comprado 
tales menudencias. 

No resulta difícil imaginar qué aspecto tendría el mun- 
do para alguien que hubiese sido criado por constructores y 
que nunca hubiese usado más taladro que el «hole hawg». 
Tal persona, al ver el mejor y más caro taladro de una ferre- 



100 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


tería, ni siquiera lo reconocería como tal. Por el contrario, 
puede que lo confundiera con un juguete de niños, o con 
una especie de destornillador motorizado. Si el vendedor o 
confuso urbanita se refiriera a ello como un taladro, se rei- 
ría y les diría que estaban equivocados — sencillamente, se 
habían confundido con la terminología — . Su interlocutor 
se marcharía irritado, y probablemente bastante a la defen- 
siva en lo tocante a su sótano lleno de vistosas herramientas 
baratas, peligrosas y coloridas. 

Unix es el «hole hawg» de los sistemas operativos , 1 y los 
hackers de Unix, como Doug Barnes y el tipo del cómic de 
Dilbert y muchas otras personas que pueblan Silicon Valley, 
son como hijos de constructores que se criaron usando só- 
lo taladros industriales «hole hawg». Podrían usar los sis- 
temas operativos de Apple /Microsoft para escribir cartas, 
jugar a videojuegos o llevar las cuentas, pero no consiguen 
tomarse esos sistemas operativos en serio. 


'Nathan Myhrvold, [director técnico] de Microsoft, ha establecido su 
pleistocénica elección, ha tomado el reto y ha contraatacado con una mor- 
daz analogía de taladradoras, de propia cosecha, que giran en sentido 
contrario al que lo hacía la nuestra. Su analogía de la taladradora es pro- 
bablemente, al final, mejor que la mía. No la presentaré aquí porque un 
duelo público sobre analogías de taladradoras presentaría un espectáculo 
ridículo e indigno. He aquí algunos extractos: 

«Existe un estúpido romanticismo de que, cuanto más pri- 
mitivo es el instrumento y más habilidades requiere para el 
operador, debe de alguna manera ser más poderoso. Esto 
normalmente es una cagada. . . » 

«Una razón fundamental por la que Linux se ha converti- 
do en algo interesante es porque Internet ha causado tem- 
poralmente una fase de retroceso en la que de repente los 
programas interesantes son muy poco sofisticados. Apache, 
o un servidor NNTP, es un software muy simple que no le 
exige demasiado a un sistema operativo. Lo mismo ocurre 
con muchas tareas orientadas a la Web. Linux está bien para 
esto.» 



La tradición oral 


Unix ES DIFÍCIL de aprender. El proceso de aprenderlo 
tiene múltiples pequeñas epifanías. Lo típico es estar a pun- 
to de inventar una herramienta o utilidad necesaria cuando 
te das cuenta de que alguien ya la inventó, y la incorporó, 
y eso explica algún extraño archivo o directorio que viste 
pero que nunca comprendiste realmente antes. 

Por ejemplo, hay un comando (un pequeño programa, 
parte del sistema operativo) llamado whoami, que permite 
preguntarle al ordenador quién cree que eres — en una má- 
quina Unix, siempre entras bajo un nombre, ¡posiblemen- 
te, incluso el tuyo! — : con qué archivos puedes trabajar o 
qué software puedes usar, depende de tu identidad. Cuan- 
do empecé a usar Linux, tenía una máquina sin conectar 
a la red en mi sótano, con sólo una cuenta de usuario, así 
que cuando descubrí el comando whoami me pareció ri- 
dículo. Pero cuando entras como una persona, puedes usar 
temporalmente un pseudónimo para acceder a diferentes 
archivos. Si tu ordenador está conectado a Internet, puedes 
entrar en otros ordenadores siempre que tengas un nombre 
de usuario y una contraseña. En ese momento la máquina 
distante no difiere en nada de la que tienes justo delante de 
ti. Estos cambios de identidad y localización pueden ani- 
darse unos dentro de otros, con muchas capas, incluso si 
no se está haciendo nada criminal. Cuando te olvidas de 
quién eres y dónde estás, el comando whoami es indispen- 
sable. Yo lo uso todo el tiempo. 


101 



102 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Los sistemas de archivos de las máquinas Unix tienen 
todos la misma estructura general. En los sistemas opera- 
tivos endebles, se pueden crear directorios (carpetas) y po- 
nerles nombres como «Frodo» o «Mis Cosas» y ponerlos 
más o menos donde a uno le dé la gana. Pero en Unix el 
nivel más alto — la raíz — del sistema de archivos siempre 
es designado por el carácter único «/» y siempre contiene 
el mismo conjunto de directorios de nivel superior: 

/usr /etc /var /bin /proc /boot /horae /root 

/sbin /dev /lib /tmp 

y cada uno de estos directorios típicamente tiene su propia 
estructura distintiva de subdirectorios. Fíjense en el uso ob- 
sesivo de abreviaturas y en cómo se evitan las mayúsculas; 
se trata de un sistema inventado por gente a la que el desor- 
den repetitivo por estrés es lo que la silicosis a los mineros. 
Los nombres largos se desgastan hasta convertirse en coli- 
llas de tres letras, como guijarros pulidos por el río. 

Este no es el lugar para tratar de explicar por qué exis- 
te cada uno de los anteriores directorios, y qué contiene. Al 
principio todo parece oscuro; peor, parece deliberadamente 
oscuro. Cuando empecé a usar Linux, estaba acostumbrado 
a poder crear directorios donde quisiera y a darles los nom- 
bres que me apeteciera. Con Unix se puede hacer eso, por 
supuesto (eres libre de hacer lo que quieras), pero a medida 
que se adquiere experiencia con el sistema se llega a com- 
prender que los directorios listados antes se crearon por las 
mejores razones y que la vida de uno será mucho más fácil 
si se sigue el juego (dentro de /home, por cierto, uno tiene 
libertad ilimitada). 

Cuando este tipo de cosa ha sucedido varios cientos o 
miles de veces, el hacker comprende por qué Unix es como 
es, y está de acuerdo en que no podría ser lo mismo de nin- 
gún otro modo. Es este tipo de aculturación lo que les da a 
los hackers de Unix su confianza en el sistema, y la actitud 
de reposada, inamovible, irritante superioridad que refleja- 
ba el cómic de Dilbert. Tanto Windows 95 como MacOS son 
productos diseñados por ingenieros al servicio de compa- 
ñías específicas. Unix, en cambio, no es tanto un producto 



La tradición oral 


103 


como una historia oral escrupulosamente compilada de la 
subcultura hacker. Es nuestra épica de Gilgamesh. 

Lo que hacía que las antiguas épicas como la de Gilga- 
mesh resultaran tan poderosas y tan longevas se debía a 
que eran cuerpos vivientes de narrativa que mucha gen- 
te se sabía de memoria, y contaban una y otra vez, aña- 
diendo sus propios adornos cuando les apetecía. Los malos 
adornos no gustaban, los buenos eran retomados por otras 
personas, pulidos, mejorados, y con el tiempo se incorpora- 
ban a la historia. De igual modo, Unix es conocido, amado 
y comprendido por tantos hackers, que puede recrearse a 
partir de cero cuando alguien lo necesita. Esto resulta muy 
difícil de entender para la gente acostumbrada a pensar en 
los sistemas operativos como cosas que tienen que ser com- 
pradas. 

Muchos hackers han lanzado reimplementaciones más 
o menos exitosas del ideal de Unix. Cada una lleva nue- 
vos adornos. Algunos mueren rápidamente, otros se fun- 
den con innovaciones semejantes y paralelas creadas por 
diferentes hackers que atacaban el mismo problema, otros 
se adoptan e incorporan a la épica. Así, Unix ha crecido len- 
tamente alrededor de un núcleo simple y ha adquirido una 
complejidad y asimetría a su alrededor que es orgánica, co- 
mo las raíces de un árbol, o las ramificaciones de una arteria 
coronaria. Comprenderlo se parece más a la anatomía que 
a la física. 

Durante al menos un año, antes de mi adopción de Li- 
nux, había oído hablar de él. Personas creíbles y bien infor- 
madas me decían que unos cuantos hackers habían cons- 
truido una implementación de Unix que podía descargarse 
gratuitamente de Internet. Durante mucho tiempo no pu- 
de tomarme la idea en serio. Era como oír rumores de que 
un grupo de entusiastas de las maquetas de cohetes habían 
creado un Saturno V completamente funcional intercam- 
biando planos por la Red y enviándose mutuamente vál- 
vulas y alerones. 

Pero es cierto. Normalmente el mérito de Linux se atri- 
buye a su tocayo humano, un tal Linus Torvalds, un fin- 
landés que inició el asunto en 1991, cuando usó algunas de 



104 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


las herramientas de GNU para escribir el principio de un 
núcleo Unix que pudiera ejecutarse en hardware compati- 
ble con PC. Y ciertamente Torvalds merece todo el crédito 
que se le ha dado, y mucho más. Pero no podría haberlo 
conseguido él solo, como tampoco habría podido Richard 
Stallman. Para escribir el código, Torvalds necesitó tener 
herramientas de desarrollo baratas pero potentes, y obtuvo 
éstas del proyecto GNU de Stallman. 

Y tenía un hardware barato en que escribir ese código. 
El hardware barato es algo mucho más difícil de lograr que 
el software barato: una sola persona (Stallman) puede es- 
cribir software y colgarlo en la Red de modo gratuito, pero 
para fabricar hardware hay que tener toda una infraestruc- 
tura industrial, lo cual no es barato ni de lejos. Realmente, 
el único modo de hacer que el hardware resulte barato es 
sacar un número increíble de copias, de tal modo que el 
precio por unidad acabe cayendo. Por las razones ya ex- 
plicadas, Apple no tiene ninguna gana de ver cómo cae el 
precio del hardware. La única razón por la que Torvalds 
tenía hardware barato era Microsoft. 

Microsoft se negó a entrar en el negocio del hardware, 
insistiendo en hacer que su software pudiera ejecutarse en 
hardware que cualquiera podía fabricar, y creó así las con- 
diciones de mercado que permitieron que los precios del 
hardware cayeran en picado. Al tratar de comprender el 
fenómeno Linux, pues, tenemos que contemplar no a un 
único innovador, sino una especie de extraña Trinidad: Li- 
nus Torvalds, Richard Stallman y Bill Gates. Elimínese cual- 
quiera de estos tres y Linux no existiría. 



Shock de sistema operativo 


LOS JÓVENES ESTADOUNIDENSES que dejan su gran país 
homogéneo y visitan otra parte del mundo típicamente 
sufren varios grados de shock cultural: primero, inmenso 
asombro. Luego, un acercamiento tentativo a las costum- 
bres, cocina, sistemas públicos de circulación y retretes del 
nuevo país, lo cual lleva a un breve periodo de confianza 
fatua en que son expertos instantáneos en el nuevo país. A 
medida que continúa la visita, empieza la morriña y el via- 
jero empieza a apreciar, por primera vez, cuánto daba por 
sentado en casa. Al mismo tiempo, empieza a resultar ob- 
vio que las propias culturas y tradiciones son esencialmen- 
te arbitrarias: conducir por la derecha, por ejemplo. Cuan- 
do el viajero vuelve a casa y hace balance de la experien- 
cia, puede haber aprendido bastante más sobre los Estados 
Unidos que sobre el país que fueron a visitar. 

Por los mismos motivos, merece la pena probar Linux. 
Ciertamente, es un país extraño, pero no hay por qué vivir 
ahí; una breve estancia basta para experimentar el gusto 
del lugar y — lo que es más importante — revelar todo lo 
que se da por sentado, y todo lo que se podría haber hecho 
de modo distinto, en Windows o MacOS. 

No se puede probar sin instalarlo. Con cualquier otro 
sistema operativo, instalarlo sería una transacción sencilla: 
a cambio de dinero, una compañía te daría un CD-ROM, y 
ya está. Pero hay un montón de cosas subsumidas bajo ese 
tipo de transacción, y hay que verlas y diferenciarlas. 


105 



106 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


En Estados Unidos nos gustan los tratos simples y las 
transacciones sin complicaciones. Si vas a Egipto y, ponga- 
mos, tomas un taxi en algún sitio, te conviertes en parte de 
la vida del taxista; se niega a aceptar tu dinero porque re- 
bajaría vuestra amistad, te sigue por la ciudad y llora como 
un crío cuando te metes en el taxi de otro. Acabas por cono- 
cer a sus hijos en algún momento y tienes que ingeniártelas 
para hallar algún modo de compensarle sin insultar su ho- 
nor. Es agotador. A veces simplemente quieres tomar un 
taxi como en Manhattan. 

Pero para tener un sistema de estilo estadounidense, en 
el que puedes salir, parar un taxi y ya está, tiene que haber 
todo un aparato de licencias, inspectores, comisiones, etc., 
lo cual está muy bien siempre que los taxis sean baratos y 
siempre que puedas llamar a uno. Cuando el sistema no 
funciona de alguna manera, resulta misterioso y enervante 
y convierte a personas habitualmente razonables en teóri- 
cos de la conspiración. Pero cuando el sistema egipcio se 
viene abajo, se viene abajo de forma transparente. No pue- 
des tomar un taxi, pero aparecerá el sobrino del taxista, a 
pie, para explicarte el problema y disculparse. 

Microsoft y Apple hacen las cosas al estilo de Manhat- 
tan, con una vasta complejidad oculta tras el muro de la 
interfaz. Linux hace las cosas al estilo de Egipto, con una 
vasta complejidad desperdigada por todo el paisaje. Si aca- 
bas de llegar de Manhattan, tu primer impulso será llevarte 
las manos a la cabeza diciendo: «¡Esto es de locos! ¿Por qué 
narices no os comportáis como es debido?» Pero esto no te 
granjearía más amigos en Linuxlandia que en Egipto. 

Se puede extraer Linux del aire mismo, por así decir, 
descargando los archivos adecuados y poniéndolos en los 
lugares adecuados, pero posiblemente no más de unos po- 
cos cientos de personas en el mundo podrían crear un sis- 
tema Linux funcional de ese modo. Lo que realmente se 
necesita es una distribución de Linux, lo cual quiere decir 
un conjunto preempaquetado de archivos. Pero las distri- 
buciones son una cosa distinta de Linux per se. 

Linux per se no es un conjunto específico de unos y ce- 
ros, sino una subcultura autoorganizada de la Red. El re- 



Shock de sistema operativo 


107 


sultado final de sus elucubraciones colectivas es un vasto 
cuerpo de código fuente, casi todo escrito en C (el lengua- 
je de programación dominante). El código fuente es senci- 
llamente un programa de ordenador escrito y editado por 
algún hacker. Si está en C, el nombre del archivo probable- 
mente llevará . c o . cpp al final, dependiendo del dialec- 
to empleado; si está en otro lenguaje llevará otro sufijo. A 
menudo, este tipo de archivos pueden encontrarse en un 
directorio con el nombre /src, que es la abreviatura he- 
braica del hacker para sonrce, «fuente». 

Los archivos fuente son inútiles para el ordenador, y de 
poco interés para la mayoría de usuarios, pero tienen una 
enorme significación cultural y política, porque Microsoft y 
Apple los mantienen en secreto, mientras que Linux los ha- 
ce públicos. Son las joyas de la familia. Son el tipo de cosa 
que en los thrillers de Hollywood se usa como McGuffin: el 
núcleo de la bomba de plutonio, los planos de alto secreto, 
el maletín lleno de documentos financieros, el microfilm. 
Si los archivos fuente de Windows o MacOS se hicieran 
públicos en la Red, esos sistemas operativos se volverían 
gratuitos, como Linux — sólo que no tan buenos, porque 
no habría nadie para arreglar los fallos y responder a las 
preguntas — . Linux es software de fuente abierta , 1 lo cual 
sencillamente quiere decir que cualquiera puede obtener 
copias de sus archivos de código fuente. 

Un ordenador no necesita código fuente más de lo que 
lo necesita usted: necesita «código objeto». Los archivos de 
código objeto típicamente llevan el sufijo . o y son ilegibles 
para todo el mundo salvo unos pocos humanos altamente 
extraños, porque consisten en unos y ceros. En consecuen- 
cia, este tipo de archivo normalmente aparece en un direc- 
torio con el nombre /bin, por binario. 

Los archivos fuente son sencillamente archivos de texto 
ASCII. ASCII denota un modo particular de codificar las le- 
tras en patrones de bits. En un archivo ASCII, cada carácter 


1 Open Source software es otro modo de denominar al software libre: esto 
es, aquel que puede ser usado, copiado, modificado y redistribuido sin 
restricciones. [N. del E.] 



108 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


tiene ocho bits para él solito. Esto crea un alfabeto potencial 
de 256 caracteres distintos, dado que ocho dígitos binarios 
pueden formar ese número de patrones únicos. En la prác- 
tica, por supuesto, nos limitamos a las letras y dígitos fa- 
miliares. Los patrones de bits empleados para representar 
esas letras y dígitos son los mismos que se introducían fí- 
sicamente agujereando la cinta de papel de mi teletipo del 
instituto, que a su vez eran los mismos que había usado 
antes la industria telegráfica durante décadas. Los archivos 
de texto ASCII, en otras palabras, son telegramas, y como 
tales no tienen adornos tipográficos. Pero por eso mismo 
son eternos, porque el código nunca cambia, y universales, 
porque todo el software de edición y procesamiento de tex- 
tos existente conoce este código. 

Por tanto, se puede usar cualquier software para crear, 
editar o leer archivos de código fuente. Los archivos de có- 
digo objeto, entonces, son creados a partir de estos archivos 
fuente por un software llamado compilador, y son converti- 
dos en una aplicación funcional por otro software llamado 
enlazador. 

La tríada de editor, compilador y enlazador, tomados 
juntos, constituye el núcleo de un sistema de desarrollo de 
software. Ahora es posible gastarse un montón de dinero 
en sistemas de desarrollo envueltos en plástico, con pre- 
ciosas interfaces gráficas de usuario y diversas mejoras er- 
gonómicas. En algunos casos puede que hasta resulte un 
modo bueno y razonable de gastar el dinero. Pero en este 
lado de la carretera, por así decir, el mejor software es a me- 
nudo el gratuito. Editor, compilador y enlazador son a los 
hackers lo que ponies, estribos y arcos y flechas eran a los 
mongoles. Los hackers viven a caballo, y hackean sus pro- 
pias herramientas incluso mientras las usan para crear nue- 
vas aplicaciones. Resulta bastante inconcebible que herra- 
mientas superiores de hacking pudieran haber sido creadas 
en una hoja en blanco por ingenieros informáticos. Incluso 
aunque fueran los ingenieros más inteligentes del mundo, 
se verían sencillamente superados. 

En el mundo de GNU/Linux hay dos grandes progra- 
mas de edición de textos: el minimalista vi (conocido en 



Shock de sistema operativo 


109 


algunas implementaciones como el vis) y el maximalista 
emacs. Yo uso emacs, que puede considerarse un procesa- 
dor de textos termonuclear. Fue creado por Richard Stall- 
man, y con esto ya está todo dicho. Está escrito en LISP, que 
es el único lenguaje de ordenador que es hermoso. Es co- 
losal, y sin embargo sólo edita archivos de texto ASCII, lo 
cual significa: nada de fuentes, nada de negrita, nada de 
subrayado. En otras palabras, las horas que dedicaron los 
ingenieros, en el caso de Windows, a cosas como la fusión 
de correo y la capacidad de incrustar películas de dos ho- 
ras en memorandos de empresa, se dedicaron, en el caso 
de emacs, con intensidad maníaca al engañosamente sim- 
ple problema de editar texto. Si eres un escritor profesio- 
nal — esto es, si otra persona está siendo pagada para preo- 
cuparse de cómo se formatean e imprimen tus palabras — 
emacs hace sombra a cualquier otro software de edición 
más o menos del mismo modo que el sol de mediodía hace 
sombra a las estrellas. No sólo es mayor y más luminoso: 
sencillamente hace que todo lo demás se desvanezca. Pa- 
ra el formateo y la impresión de la página se puede usar 
TpX: un vasto Corpus de ciencia tipográfica escrito en C y 
también disponible en la Red gratuitamente . 2 

Podría decir un montón de cosas sobre emacs y TgX, pe- 
ro ahora mismo trato de contar una historia acerca de cómo 
instalar de hecho Linux en el ordenador. El enfoque de pu- 
ra supervivencia sería descargarse un editor como emacs y 
las herramientas GNU — el compilador y el enlazador- que 
son tan pulidas y elegantes como emacs. Equipado con es- 
to, uno ya puede empezar a descargar archivos de código 
fuente ASCII (/src) y a compilarlos en archivos de códi- 
go objeto binario (/bin) ejecutables por el ordenador. Pe- 
ro para llegar siquiera a este punto — para ejecutar emacs, 
por ejemplo — hay que tener Linux instalado y funcionan- 
do en el ordenador. E incluso un sistema operativo mínimo 


2 Esta versión castellana de la obra que tiene el lector en sus manos 
ha sido maquetada y compuesta íntegramente con UTgX — un lenguaje 
estructurado construido a partir de TpX — y con el editor GNU Emacs. [N. 
del E.] 



110 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


de Linux requiere miles de archivos binarios actuando en 
concierto, dispuestos y vinculados para que lo hagan. 

Por tanto, diversas entidades se han ocupado de crear 
distribuciones de Linux. Por extender algo más la analogía 
con Egipto, estas entidades se parecen algo a los guías tu- 
rísticos que te reciben en el aeropuerto, hablan tu idioma 
y te ayudan con el shock cultural inicial. Si uno es egip- 
cio, claro, se puede ver del otro modo; los guías turísticos 
existen para evitar que los brutos extranjeros se metan en 
las mezquitas haciendo las mismas preguntas una y otra y 
otra vez . 3 

Algunos de estos guías turísticos son organizaciones co- 
merciales, como Red Hat Software, fabricante de una distri- 
bución llamada Red Hat, que tiene un cierto aire comercial. 
En la mayoría de casos metes un CD-ROM de Red Hat en el 
PC, lo inicias y él solito maneja todo lo demás. Así como el 
guía turístico egipcio esperará algún tipo de compensación 
por sus servicios, hay que pagar por las distribuciones co- 
merciales. En la mayoría de los casos no cuestan casi nada 
y merece la pena. 

Yo uso una distribución llamada Debian 4 (la palabra 
es una contracción de «Deborah» e «Ian»), que es no- 
comercial. Está organizada (o más bien debiera decir «se 
ha organizado») siguiendo las mismas líneas que Linux en 
general, esto es, consiste en voluntarios que colaboran en la 
Red, cada uno responsable de cuidar de un pedazo distinto 


3 En un país exótico, el mejor guía es un nativo que tenga buen inglés. 
Eric S. Raymond es un eminente hacker del software de fuente abierta, 
que se ha convertido en el principal antropólogo de la tribu del softwa- 
re de fuente abierta. Tiene series continuas de artículos disponibles en la 
web. El primero y mejor conocido es «La catedral y el bazar». El segun- 
do es «Cultivando la noosfera». Otros están planeados. Probablemente el 
medio más seguro para encontrar estos artículos es visitar la web de Ray- 
mond, en http : //www . tuxedo . org/'esr [ambos artículos se encuen- 
tran disponibles en castellano en la BiblioWeb del Proyecto sinDominio: 
http : //sindominio . net/biblioweb ( N . del E.)] 

4 De nuevo, el vocablo adecuado de acuerdo a la terminología propues- 
ta por Stallman sería «Debian GNU/Linux». Esta nomenclatura es un mo- 
do implícito de recordarnos algo que he intentado hacer explícito en este 
ensayo: que nada de esto existiría sin GNU. 



Shock de sistema operativo 


111 


del sistema. Estas personas han dividido Linux en diversos 
paquetes, que son archivos comprimidos que pueden des- 
cargarse a un sistema Linux de Debían ya en funcionamien- 
to, luego se abren y descomprimen usando una aplicación 
de instalación libre. Por supuesto, como tal. Debían no tie- 
ne rama comercial — no tiene mecanismo de distribución — 
. Se pueden descargar todos los paquetes de Debían por In- 
ternet, pero la mayoría de la gente prefiere tenerlos en CD- 
ROM. Diversas compañías se han ocupado de meter todos 
los actuales paquetes de Debían en CD-ROM y venderlos. 
Yo compré el mío de Linux Systems Labs. Un conjunto de 
tres discos, que contenía Debían completo, me costó menos 
de tres dolares. Pero (y esta es una distinción importante) ni 
un centavo de esos tres dólares va a parar a ninguno de los 
programadores que codificaron Linux, ni a los empaque- 
tadores de Debían. Va a parar a Linux Systems Labs y no 
paga el software ni los paquetes, sino el coste de imprimir 
los CD-ROM. 

Toda distribución de Linux encarna algún truco más o 
menos astuto para evitar el proceso normal de encendido 
y hacer que cuando el ordenador arranque se organice no 
como un PC ejecutando Windows, sino como un host 5 que 
ejecuta Unix. Esto resulta algo alarmante la primera vez 
que se ve, pero es completamente inofensivo. Cuando se 
inicia un PC, lleva a cabo una pequeña autocomprobación 
de rutina, realizando un inventario de los discos y memo- 
ria disponibles, y luego empieza a buscar un disco desde 
el que arrancar. En cualquier ordenador Windows normal, 
ese disco será el disco duro. Pero si el sistema está bien 
configurado, primero buscará un disquete o un disco de 
CD-ROM, y arrancará a partir de uno de estos si están dis- 
ponibles. 

Linux explota esta rendija en las defensas. El ordenador 
percibe un disco de inicio en la disquetera o en la unidad de 
CD-ROM, carga el código objeto de ese disco y ciegamente 
empieza a ejecutarlo. Pero no es código de Microsoft o Ap- 


5 En el mundo Unix, host es sinónimo de máquina capaz de conectarse 
a una red. [N. del E.] 



112 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


pie, es código Linux, así que en este punto el ordenador se 
empieza a comportar de un modo muy distinto al acostum- 
brado. Empiezan a aparecer mensajes crípticos en pantalla. 
Si se hubiera iniciado desde un sistema operativo comer- 
cial, en este momento se vería un dibujito de «Bienvenido a 
MacOS», o una pantalla llena de nubes en el cielo azul y el 
logo de Windows. Pero con Linux aparece un largo telegra- 
ma impreso en crudas letras blancas en una pantalla negra. 
No hay ningún mensaje de bienvenida. La mayor parte del 
telegrama tiene el semiescrutable aire amenazante de los 
graffitis: 

Dec 14 15:04:15 theRev syslogd 1.3-3#17: restart. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel : klogd 1.3-3, log source = 
/proc/kmsg started. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Loaded 3535 symbols from 
/System. map . 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Symbols match kernel versión 
2.0.30 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: No module symbols loaded. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Intel MultiProcessor 
Specif ication vi . 4 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Virtual Wire compatibility 
mode . 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: OEM ID: INTEL Product ID: 
440FX APIO at: OxFEEOOOOO 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Processor #0 Pentium (tm) Pro 
APIO versión 17 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Processor #1 Pentium (tm) Pro 
APIO versión 17 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: I/O APIO #2 Versión 17 at 
OxFECOOOOO . 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Processors: 2 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Consolé: 16 point font, 400 
scans 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Consolé: colour VGA+ 80x25, 

1 virtual consolé (max 63) 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: pcibios_init : BIOS32 
Service Directory structure at 0x000fdb70 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: pcibios_init : BIOS32 
Service Directory entry at 0xfdb80 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: pcibios_init : PCI BIOS 
revisión 2.10 entry at Oxfdbal 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Probing PCI hardware. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Warning : Unknown PCI device 

(10b7:9001). Please read include/linux/pci .h 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Calibrating delay loop., 
ok - 179.40 BogoMIPS 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Memory: 64268k/66556k 

available (700k kernel code, 384k reserved, 1204k data) 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Swansea University Computer 
Society NET3.035 for Linux 2.0 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: NET3: Unix domain sockets 



Shock de sistema operativo 


113 


0.13 for Linux NET3.035. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel : Swansea University Computer 
Society TCP/IP for NET3.034 Dec 14 15:04:15 theRev 
kernel: IP Protocols: ICMP, UDP, TCP Dec 14 15:04:15 
theRev kernel: Checking 386/387 coupling. . . Ok, fpu using 
exception 16 error reporting. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Checking 'hit' 
instruction . . . Ok. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Linux versión 2.0.30 
(rootOtheRev) (gcc versión 2. 7. 2.1) #15 Fri Mar 27 
16:37:24 PST 1998 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Booting processor 1 stack 
00002000 : Calibrating delay loop., ok - 179.40 BogoMIPS 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Total of 2 processors 
activated (358.81 BogoMIPS). 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Serial driver versión 4.13 
with no serial options enabled 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: ttyOO at 0x03f8 (irq = 4) is 
a 16550A 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: ttyOl at 0x02f8 (irq = 3) is 
a 16550A 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: lpl at 0x0378, (polling) 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: PS/2 auxiliary pointing 
device detected — driver installed. 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: Real Time Clock Driver vi. 07 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: loop: registered device at 
major 7 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: ide : Í82371 PIIX (Tritón) on 
PCI bus 0 function 57 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: ideO: BM-DMA at 
0xffa0-0xffa7 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: idel: BM-DMA at 
0xffa8-0xffaf 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: hda : Conner Peripherals 
1275MB - CFS1275A, 1219MB w/64kB Cache, LBA, 

CHS=619/ 64/ 63 

Dec 14 15:04:15 theRev kernel: hdb : Maxtor 84320A5, 4119MB 
w/256kB Cache, LBA, CHS=8928/15/63, DMA 
Dec 14 15:04:15 theRev kernel: hdc : , ATAPI CDROM drive 
Dec 15 11:58:06 theRev kernel: ideO at Oxlf 0-0xlf 7 , 0x3f 6 on 
irq 14 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: idel at 0x170-0x177,0x376 on 
irq 15 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: Floppy drive (s): fdO is 
1 . 44M 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: Started kswapd v 1.4. 2. 2 
Dec 15 11:58:06 theRev kernel: FDC 0 is a National 
Semiconductor PC87306 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: md driver 0.35 MAX_MD_DEV=4 , 
MAX_REAL=8 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: PPP : versión 2.2.0 (dynamic 
channel allocation) 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: TCP compression code 

copyright 1989 Regents of the University of California 
Dec 15 11:58:06 theRev kernel: PPP Dynamic channel 
allocation code copyright 1995 Caldera, Inc. 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: PPP line discipline 
registered. 



114 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Partition check: 


hda 

hdb 

VFS 


hdal hda2 hda3 
hdbl hdb 2 

Mounted root (ext2 


Dec 15 11:58:06 theRev kernel : SLIP: versión 

0 . 8 . 4-NET3 . 019-NEWTTY (dynamic channels, max=256) . 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: ethO : 3Com 3c900 Boomerang 
lOMbps/Combo at OxefOO, 00 : 60 : 08 : a4 : 3c : db, IRQ 10 
Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 8K word-wide RAM 3:5 Rx:Tx 
split, 10base2 interface. 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: Enabling bus-master 
transmits and whole-frame receives. 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 3c59x . c : vO , 4 9 1/2/98 Donald 
Becker http : / /cesdis . gsf c . nasa . gov/linux/ drivers 
/vortex . html 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 
filesystem) readonly. 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 
swap-space (priority -1) 

Dec 15 11:58:06 theRev kernel: 

mount count reached, running e2fsck is recommended 
Dec 15 11:58:06 theRev kernel: hdc : media changed 
Dec 15 11:58:06 theRev kernel: ISO9660 Extensions: 
RRIP_1991A 

Dec 15 11:58:07 theRev syslogd 1.3-3#17: restart. 

Dec 15 11:58:09 theRev diald[87]: Unable to open options 
file /etc/diald/diald. options : No such file or directory 
Dec 15 11:58:09 theRev diald[87]: 
must have at least one device! 

Dec 15 11:58:09 theRev diald[87]: 

connector script (option 'connect' ) . 

Dec 15 11:58:09 theRev diald[87]: You must define the 
remóte ip address. 

Dec 15 11:58:09 theRev diald[87]: You must define the local 
ip address. 

Dec 15 11:58:09 theRev diald[87]: Terminating due to 
damaged reconfigure. 


Adding Swap: 16124k 
EXT2-fs warning: maximal 


No device specified. You 


You must define 


Las únicas partes de esto que resultan legibles para las 
personas normales son los mensajes de error y las adver- 
tencias. Y sin embargo, es notable que Linux no se detiene, 
o se viene abajo, cuando encuentra un error; escupe un ge- 
mido quejumbroso, abandona los procesos dañados, y si- 
gue adelante. Decididamente, esto no era así en las prime- 
ras versiones de los sistemas operativos de Apple y Micro- 
soft, por el sencillo motivo de que un sistema operativo que 
no es capaz de andar y mascar chicle a la vez no puede re- 
cobrarse de los errores. Buscar y solucionar errores requiere 
un proceso aparte que corra en paralelo al que ha fallado. 
Una especie de superego, si lo prefieren, que mantiene vigi- 
lados a los demás y entra en acción cuando uno se desvía. 
Ahora que MacOS y Windows pueden hacer más de una 



Shock de sistema operativo 


115 


cosa a la vez se les da mucho mejor tratar con los errores 
que antes, pero no se aproximan siquiera a Linux o los de- 
más sistemas Unix en este aspecto; y su mayor complejidad 
les ha hecho vulnerables a nuevos tipos de error. 




Falibilidad, enmienda, 
redención, confianza y otros 
arcanos conceptos técnicos 


Linux NO es CAPAZ DE TENER POLÍTICAS centralmente or- 
ganizadas que dicten cómo escribir mensajes de error y do- 
cumentación, así que cada programador escribe los suyos 
propios. Habitualmente están en inglés, aunque montones 
de programadores de Linux son europeos. Frecuentemen- 
te son graciosos. Siempre son honestos. Si ha ocurrido algo 
malo porque el software sencillamente todavía no está aca- 
bado, o porque el usuario fastidió algo, lo dirán con todas 
las letras. La interfaz de línea de comandos facilita que los 
programas escupan pequeños comentarios, advertencias y 
mensajes aquí y allí. Incluso si una aplicación está implo- 
sionando como un submarino dañado, habitualmente pue- 
de seguir lanzando un pequeño mensaje de SOS. A veces, 
cuando se deja de trabajar con un programa y se cierra, uno 
se encuentra con que ha dejado detrás una serie de adver- 
tencias y mensajes de error no muy graves en la ventanas 
de la interfaz de línea de comandos desde la que se ejecutó. 
Como si el software te contara cómo le iba mientras traba- 
jabas con él. 

La documentación, en Linux, viene en forma de pági- 
nas man (abreviatura de manual. Se puede acceder a ellas 
bien mediante una GUI (xman) o desde la línea de coman- 


117 



118 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


dos (man). Esta es una muestra de la página man de un pro- 
grama llamado rsh: 

Detener señales detener sólo el proceso rsh local; esto es po- 
siblemente erróneo, pero actualmente bastante difícil de so- 
lucionar por razones demasiado complicadas para explicar- 
las aquí. 

Las páginas man contienen un montón de material pa- 
recido, que suena como las murmuraciones de pilotos pug- 
nando con los mandos de aviones averiados. La sensación 
general es la de miles de monumentales pero oscuras pug- 
nas vistas a la luz paralizante de un estroboscopio. Cada 
programador está tratando con sus propios obstáculos y 
fallos; está demasiado ocupado solucionándolos, y mejo- 
rando el software, para explicar las cosas en detalle o tener 
elaboradas pretensiones. 

En la práctica casi nunca se encuentra un fallo serio en 
Linux. Cuando se encuentra, es casi siempre en el software 
comercial (varios vendedores comercializan software que 
funciona en Linux). El sistema operativo y sus programas 
fundamentales de utilidad son demasiado importantes pa- 
ra contener fallos serios. Llevo ejecutando Linux cada día 
desde finales de 1995 y he visto cómo muchos programas 
de aplicaciones caían pasto de las llamas, pero nunca he 
visto que el sistema operativo se venga abajo. Nunca. Ni 
una sola vez. Hay unos cuanto sistemas Linux que llevan 
meses o años funcionando continuamente y trabajando du- 
ro sin necesidad de reiniciarlos. 

Los sistemas operativos comerciales tienen que adop- 
tar la misma postura oficial hacia los errores que tenían 
los países comunistas frente a la pobreza. Por razones de 
doctrina, no resultaba posible admitir que la pobreza era 
un serio problema en los países comunistas, porque la idea 
misma del comunismo era erradicar la pobreza. Igualmen- 
te, las compañías de sistemas operativos comerciales como 
Apple o Microsoft no pueden ir por ahí admitiendo que su 
software tiene errores y se cae todo el rato, no más de lo 
que Disney puede emitir comunicados de prensa firmando 
que el ratón Mickey es un actor disfrazado. 



Falibilidad, enmienda, redención, confianza... 


119 


Esto es un problema, porque los errores existen y suce- 
den. Cada pocos meses Bill Gates trata de hacer una demos- 
tración de un nuevo producto de Microsoft ante un gran 
público sólo para que le reviente en las narices. Los distri- 
buidores de sistemas operativos comerciales, como conse- 
cuencia directa de ser comerciales, se ven forzados a adop- 
tar la posición groseramente tosca de que los errores son 
raras aberraciones, habitualmente la culpa de otro, y por 
tanto no merece la pena hablar de ello en detalle. Esta pos- 
tura, que todo el mundo sabe que es absurda, no se limita 
a comunicados de prensa y campañas publicitarias: consti- 
tuye el modo mismo en que estas compañías hacen nego- 
cios y se relacionan con sus clientes. Si la documentación 
estuviera bien escrita, mencionaría fallos, errores y caídas 
del sistema en cada página. Si los sistemas de ayuda en lí- 
nea que vienen con estos sistemas operativos reflejaran la 
experiencia y preocupaciones de sus usuarios, estarían de- 
dicados básicamente a instrucciones acerca de cómo tratar 
con los fallos y errores del sistema. 

Pero esto no sucede. Las compañías de accionistas son 
maravillosos inventos que nos han dado muchos excelentes 
bienes y servicios. Se les dan bien muchas cosas. Admitir 
el fracaso no es una de ellas. Diablos, ni siquiera admiten 
fallos menores. 

Por supuesto, este comportamiento no es tan patológico 
en una compañía como lo sería en un ser humano. La ma- 
yoría de la gente hoy en día entiende que los comunicados 
de prensa de las empresas se lanzan para quedar bien con 
los accionistas de la compañía, no para ilustrar al público. 
A veces los resultados de esta deshonestidad institucional 
pueden ser espantosos, como en el caso del tabaco y del 
amianto. En el caso de los distribuidores de sistemas ope- 
rativos comerciales no es nada así, por supuesto; solamente 
es irritante. 

Algunos podrían argüir que la irritación de los consu- 
midores, con el tiempo, se convierte en una especie de placa 
endurecida que puede ocultar un serio deterioro, y que la 
honestidad podría ser así la mejor política a largo plazo; el 
jurado aún tiene que decidir acerca de esto en el mercado 



120 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


de los sistemas operativos. El negocio se está expandiendo 
lo bastante rápido como para que siga siendo mucho mejor 
tener miles de millones de clientes crónicamente irritados 
que millones de clientes contentos. 

La mayoría de administradores de sistemas que conoz- 
co que trabajan siempre con Windows NT están de acuerdo 
en que cuando tiene un fallo hay que reiniciarlo, y cuando 
se fastidia en serio el único modo de arreglarlo es reinstalar 
el sistema operativo desde el principio. O al menos éste es 
el único modo que conocen de arreglarlo, lo cual viene a 
ser lo mismo. Es muy posible que los ingenieros de Micro- 
soft tengan un montón de información privilegiada sobre 
cómo arreglar el sistema cuando va mal, pero si la tienen, 
no parecen estar transmitiendo el mensaje a ninguno de los 
administradores de sistema que yo conozca. 

Debido a que Linux no es comercial — porque es, de he- 
cho, gratuito, así como bastante difícil de obtener, instalar, y 
operar 1 — no tiene que mantener ninguna pretensión acer- 
ca de su fiabilidad. En consecuencia, es mucho más fiable. 
Cuando algo falla en Linux, el error es detectado y dis- 
cutido vivamente de inmediato. Cualquiera con los cono- 
cimientos técnicos necesarios puede ir derecho al código 
fuente y señalar el origen del error, que es rápidamente so- 
lucionado por el hacker que fuera responsable de ese pro- 
grama en particular. 

Por lo que yo sé, Debian es la única distribución de 
Linux que tiene su propia constitución , 2 pero lo que real- 
mente me convenció fue su impresionante base de datos 
de errores 3 , que es una especie de Archivo de Indias inte- 
ractivo del error, la falibilidad y la redención. Es la simplici- 
dad misma. Cuando tuve un problema con Debian a prin- 

1 Recordemos que este ensayo se escribió a principios de 1999: ha pa- 
sado casi un lustro, y desde entonces se han dedicado grandes esfuerzos 
a distribuir y facilitar la instalación de cualquier sistema GNU/Linux, por 
lo que hoy día es fácil hacerse con uno y su dificultad de instalación y de 
uso no es mayor a la de cualquier sistema operativo comercial. [N. del E.] 

2 http : //www . debian . org/devel/constitution 

3 Se la conoce como BTS ( Bug Tracking System), «Sistema de seguimiento 
de fallos»: http : / /www . debian . org/Bugs [N. del E.] 


Falibilidad, enmienda, redención, confianza... 


121 


cipios de enero de 1997, mandé un mensaje describiendo el 
problema a submitSbugs . debian . org. De inmediato, a 
mi problema se le asignó un número de informe de fallo 
(#6518) y un nivel de gravedad (las opciones disponibles 
eran: crítico, grave, serio, importante, normal, menor, arre- 
glado y petición de características [ivishlist]) y se reenvió a 
las listas de correo por las que merodea la gente de Debian. 
En veinticuatro horas había recibido cinco emails que me 
decían cómo solucionar el problema: dos de Norteamérica, 
dos de Europa y uno de Australia. Todos estos emails me 
daban la misma sugerencia, que funcionó, e hizo que mi 
problema se desvaneciera. Pero al mismo tiempo se envió 
una transcripción de este intercambio a la base de datos de 
fallos de Debian, de tal modo que si otros usuarios tenían 
el mismo problema más adelante, podrían buscar y hallar 
la solución sin tener que realizar un nuevo y redundante 
informe de fallo. 

Compárese esto con la experiencia que tuve cuando tra- 
té de instalar Windows NT 4.0 en el mismo ordenador cer- 
ca de diez meses después, a finales de 1997. El programa de 
instalación sencillamente se detuvo a mitad del proceso sin 
emitir ningún mensaje de error. Fui al sitio web de Micro- 
soft y traté de buscar documentos de ayuda que abordasen 
mi problema. El motor de búsqueda no funcionaba en ab- 
soluto; no hizo nada. Ni siquiera me dio un mensaje que 
me dijera que no funcionaba. 

Al final decidí que mi placa base debía de ser defectuo- 
sa; era una marca y modelo ligeramente inusuales y NT 
no soportaba tantas placas base como Linux. Siempre ando 
buscando excusas por muy endebles que sean para com- 
prar nuevo hardware, así que compré una nueva placa ba- 
se compatible con Windows NT, lo cual quería decir que 
llevaba el logotipo de Windows NT impreso en la caja. La 
instalé en mi ordenador, arranqué Linux y traté de instalar 
Windows NT de nuevo. De nuevo la instalación falló sin 
ningún mensaje de error y ninguna explicación. Para en- 
tonces ya habían transcurrido un par de semanas y pensé 
que tal vez el motor de búsqueda del sitio web de Microsoft 
estaría funcionando. Lo intenté, pero seguía sin funcionar. 



122 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Así que creé una nueva cuenta de ayuda Microsoft, me 
registré e informé del incidente. Di el número de ID de mi 
producto cuando me lo pidieron y empecé a seguir las ins- 
trucciones en una serie de pantallas de ayuda. En otras pa- 
labras, estaba enviando un informe de fallo igual que en el 
sistema Debian. Solamente que la interfaz era más elegante 
— yo escribía mi queja en pequeños cuadros de edición de 
texto en formularios web, haciéndolo todo a través del GUI, 
mientras que con Debian se envía un telegrama en forma de 
email — . Sabía que cuando terminara de enviar el informe 
de fallo, se convertiría en propiedad intelectual de Micro- 
soft, y otros usuarios no podrían verlo. Muchos usuarios 
de Linux se negarían a participar en tal proceso por mo- 
tivos éticos, pero yo quise probar como experimento. Sin 
embargo, finalmente nunca pude enviar mi informe de fa- 
llo, porque la serie de páginas web enlazadas que estaba 
rellenando acabó por llevarme a una página completamen- 
te en blanco: un callejón sin salida. 

Así que volví atrás, hice click en los botones de «ayuda 
telefónica» y acabaron por darme un número de teléfono 
de Microsoft. Cuando marqué este número, me respondió 
una serie de pitidos punzantes y un mensaje grabado de la 
compañía de teléfonos que decía «Lo sentimos, el número 
que ha marcado no existe». 

Probé de nuevo con la página de búsqueda: seguía sin 
funcionar. Luego probé PPI (Pago Por Incidencia) de nuevo. 
Esto me llevó a otra serie de páginas web hasta que acabé 
en una que decía: «Atención: no hay ninguna página web 
que corresponda a su petición.» 

Probé de nuevo, y acabé llegando una pantalla de Pago 
Por Incidencia que decía: «NO HAY INCIDENCIAS. No hay 
ninguna incidencia sin usar en su cuenta. Si desea adquirir 
una incidencia de ayuda, haga click en OK: entonces podrá 
pagar por anticipado por una incidencia. . . » El precio por 
incidencia era de 95 dólares. 

El experimento empezaba a resultar bastante caro, así 
que renuncié a abordarlo desde el PPI y decidí intentar- 
lo con las «Preguntas Frecuentes» (FAQ, Frecuently Asked 
QuesHons) en el sitio web de Microsoft. Ninguna de las pre- 



Falibilidad, enmienda, redención, confianza... 


123 


guntas habituales disponibles tenía nada que ver con mi 
problema, salvo una titulada «Tengo problemas al instalar 
NT», que parecía escrita por publicistas, no por ingenieros. 

Así que me rendí, y hasta el día de hoy no he instala- 
do Windows NT en ese ordenador. Para mí, el camino de 
menor resistencia era simplemente usar Debian Linux. 

En el mundo del software de fuente abierta, los infor- 
mes de fallo son una información útil. Hacerlos públicos 
es un servicio para los demás usuarios y mejora el siste- 
ma operativo. Hacerlos públicos sistemáticamente es tan 
importante que personas altamente inteligentes invierten 
tiempo y dinero en mantener bases de datos de fallos. En 
el mundo de los sistemas operativos comerciales, sin em- 
bargo, informar de un fallo es un privilegio por el que hay 
que pagar mucho dinero. Pero si lo pagas, resulta que el in- 
forme de fallo debe ser confidencial. . . ¡de otro modo, cual- 
quiera puede beneficiarse de tus noventa y cinco pavos! Y 
sin embargo, nada impide a los usuarios de NT el montar 
su propia base de datos de fallos pública. 

Este es, en otras palabras, otro rasgo del mercado de sis- 
temas operativos que sencillamente carece de sentido a me- 
nos que se examine en su contexto cultural. Lo que Micro- 
soft está vendiendo a través del Pago Por Incidente no es 
tanto un apoyo técnico como la ilusión continuada de que 
sus clientes están llevando a cabo una especie de transac- 
ción racional de negocios. Es una especie de tasa rutinaria 
de mantenimiento para sostener la fantasía. Si la gente qui- 
siera realmente un sistema operativo sólido, usarían Linux, 
y si realmente quisieran apoyo técnico encontrarían un mo- 
do de obtenerlo; los clientes de Microsoft quieren otra cosa. 

En el momento en que escribo esto (enero de 1999), la 
base de datos de Debian Linux contiene cerca de 32.000 fa- 
llos. Casi todos fueron solucionados hace mucho tiempo. 
Hay doce fallos «críticos» todavía en pie, el más antiguo de 
los cuales fue enviado hace 79 días. Hay 20 fallos «graves» 
en pie, el más antiguo de los cuales tiene 1166 días. Hay 48 
fallos «importantes» y cientos de fallos «normales» y me- 
nos importantes. 



124 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Igualmente, BeOS (al que llegaré en un momento) tiene 
su propia base de datos de errores 4 con su propio sistema 
de clasificación, incluyendo tales categorías como «No es 
un fallo», «Característica reconocida» y «No se va a arre- 
glar». Algunos de estos fallos no son nada más que hac- 
kers de Be desfogándose, y se clasifican como «Input reco- 
nocido». Por ejemplo, encontré uno que se envío el 30 de 
diciembre de 1998. Está en mitad de una larga lista de fa- 
llos, entre uno llamado «El ratón funciona de modo muy 
raro» y otro llamado «El cambio de marco BView no afecta 
si BView no va unida a una BWindow». Este se titula: 

R4: A BeOS le falta un cabeza de turco megalómano para 
centrar y mantener bajo control la furia del programador 

y dice lo siguiente: 

Be Status: Input Reconocido 
BeOS Versión: R3.2 
Componente: desconocido 


Descripción Completa: 

El BeOS necesita un megalómano egomaníaco sentado en 
su trono para darle un personaje humano que a todo el 
mundo le encante odiar. Sin esto, el BeOS languidecerá en 
el ámbito impersonificable de los sistemas operativos que la 
gente nunca consigue manejar. Se puede juzgar el éxito de 
un sistema operativo no por la calidad de sus característi- 
cas, sino por lo infames y detestados que son sus líderes. 

Creo que esto es un efecto colateral de la camaradería en- 
tre programadores en condiciones penosas. Después de to- 
do, a la desdicha le encanta la compañía. Creo que hacer 
que el BeOS sea menos accesible conceptualmente y mu- 
cho menos fiable requerirá que los programadores se unan, 
desarrollando el tipo de comunidad en la que los extraños 
se hablan, algo así como en un supermercado antes de una 
enorme tormenta de nieve. 

Siguiendo el mismo programa, probablemente resulte nece- 
sario desplazar el cuartel general del BeOS a un clima mu- 
cho menos agradable. El incómodo ambiente general gene- 
rará esta actitud, y realmente no hay mejor receta para el 
éxito. Yo sugeriría Seattle, pero creo que ya está ocupado. 


4 http : //www . be . com/developers/bugs/index . html 



Falibilidad, enmienda, redención, confianza... 


125 


Podría intentarse Washington DC, pero definitivamente no 
un sitio como San Diego o Tucson. 

Por desgracia, el sistema de informes de fallo de Be eli- 
mina los nombres de las personas que informan de los fa- 
llos (¿para protegerles de la venganza?), así que no sé quién 
escribió esto. 

Así que pareciera que estoy pregonando la superiori- 
dad técnica y moral de Debian Linux. Pero como casi siem- 
pre sucede en el mundo de los sistemas operativos, es más 
complicado. Tengo Windows NT instalado en otro ordena- 
dor y el otro día (enero de 1999), cuando tuve un proble- 
ma con él, decidí probar con la ayuda técnica de Microsoft 
otra vez. Esta vez el motor de búsqueda sí que funciona- 
ba (aunque para llegar a él tuve que identificarme como 
«avanzado»). Y en vez de hacerme las inútiles preguntas 
habituales, localizó cerca de doscientos documentos (yo es- 
taba usando unos criterios de búsqueda muy vagos) que 
eran obviamente informes de fallos — aunque se llamaban 
de otro modo — . Microsoft, en otras palabras, tiene monta- 
do un sistema que es funcionalmente equivalente a la base 
de datos de fallos de Debian. Tiene un aspecto diferente, 
claro, pero contiene datos técnicos y no disimula la existen- 
cia de errores. 

Como he explicado, vender sistemas operativos por di- 
nero es una posición bastante insostenible, y el único mo- 
do en que Apple y Microsoft lo consiguen es llevando los 
avances tecnológicos adelante lo más agresivamente que 
pueden, y haciendo que la gente crea en, y pague por, una 
imagen particular: en el caso de Apple, la de un librepen- 
sador creativo y, en el caso de Microsoft, la del respetable 
tecnoburgués. Igual que la Disney, están haciendo dinero 
vendiendo una interfaz, un espejo mágico. Tiene que estar 
pulido y perfecto o toda la ilusión se arruinará y el plan de 
negocios se desvanecerá como un espejismo. 

En consecuencia, hasta hace poco la gente que escribía 
manuales y creaba sitios web de apoyo técnico al cliente 
para sistemas operativos comerciales se veía impedida, por 
los departamentos legales o de Relaciones Públicas de sus 



126 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


empresas, en admitir, aunque fuera indirectamente, que el 
software podría contener fallos o que la interfaz podría su- 
frir el problema del doce parpadeante. No podían tratar las 
dificultades reales de los usuarios. Los manuales y sitios 
web eran por tanto inútiles, y hacían que incluso los usua- 
rios seguros de sí mismos en el terreno técnico se pregun- 
taran si se estaban volviendo sutilmente locos. 

Cuando Apple tiene este tipo de comportamiento cor- 
porativo, uno quiere creer que realmente lo hacen lo mejor 
que pueden. Todos queremos darle a Apple el beneficio de 
la duda, porque el malvado Bill Gates les hizo morder el 
polvo, y porque tienen unas buenas Relaciones Públicas. 
Pero cuando lo hace Microsoft, uno casi no puede evitar 
convertirse en un paranoico de las conspiraciones. ¡Obvia- 
mente nos están ocultando algo! ¡Y además son tan pode- 
rosos! ¡Están tratando de volvernos locos! 

Este modo de tratar con los clientes está tomado direc- 
tamente del totalitarismo centroeuropeo de mediados del 
siglo XX. A uno le vienen los adjetivos kafkiano y orivelliano 
a la mente. No podía durar, no más que el Muro de Berlín, 
así que ahora Microsoft tiene un base de datos de fallos pú- 
blicamente disponible. Se llama de otro modo, y lleva un 
rato encontrarla, pero está ahí. 

En otras palabras, se han adaptado a la estructura de 
dos niveles eloi/morlock de la sociedad tecnológica. Si eres 
un eloi, instalas Windows, sigues las instrucciones, esperas 
que todo vaya bien y sufres mudamente cuando se rom- 
pe. Si eres un morlock, vas al sitio web, le dices que eres 
«avanzado», encuentras la base datos de fallos y obtienes 
la verdad directamente de algún anónimo ingeniero de Mi- 
crosoft. 

Pero una vez que Microsoft ha dado este paso, surge la 
cuestión, de nuevo, de si tiene algún sentido estar en el ne- 
gocio de los sistemas operativos en absoluto. Los clientes 
pueden estar dispuestos a pagar 95 dólares por informar a 
Microsoft de un problema si, a cambio, les dan un conse- 
jo que ningún otro usuario va a obtener. Esto tiene el útil 
efecto secundario de mantener a los usuarios mutuamente 
alienados, lo cual contribuye a mantener la ilusión de que 



Falibilidad, enmienda, redención, confianza... 


127 


los fallos son raras aberraciones. Pero una vez que los re- 
sultados de esos informes de fallo están abiertamente dis- 
ponibles en el sitio web de Microsoft, todo cambia. Nadie 
va a soltar 95 dólares por informar de un problema cuando 
lo más probable es que algún otro tipo ya lo haya hecho, y 
las instrucciones para solucionar el fallo aparezcan de for- 
ma gratuita en un sitio web público. Y a medida que crece 
el tamaño de la base de datos de fallos, acaba convirtién- 
dose en una clara admisión, por parte de Microsoft, de que 
sus sistemas operativos tienen tantos fallos como los de sus 
competidores. Eso no es ninguna vergüenza; como mencio- 
né, la base de datos de fallos de Debian contiene 32.000 in- 
formes hasta ahora. Pero pone a Microsoft al mismo nivel 
que los demás y hace mucho más difícil que sus clientes 
— que quieren creer — crean. 




Memento Morí 


UNA VEZ QUE LA MÁQUINA Linux ha terminado de es- 
cupir su telegrama de inicio en jerga, me insta a que in- 
troduzca un nombre de usuario y una contraseña. En este 
momento la máquina todavía está ejecutando la interfaz de 
línea de comandos, con letras blancas sobre fondo negro. 
No hay ventanas, menús ni botones. No responde al ra- 
tón; ni siquiera sabe que el ratón está ahí. En este punto, 
sin embargo, ya es posible ejecutar un montón de software. 
Emacs, por ejemplo, existe tanto en versión linea de coman- 
dos como en versión gráfica (de hecho hay dos versiones 
GUI, que reflejan una especie de cisma doctrinal entre Ri- 
chard Stallman y algunos hackers que se hartaron de él). 
Lo mismo puede decirse de muchos otros programas Unix. 
Muchos no tienen siquiera una GUI, y muchos de los que la 
tienen pueden ejecutarse desde la línea de comandos. 

Por supuesto, dado que mi ordenador sólo tiene una 
pantalla, sólo puedo ver una línea de comandos, así que 
puede que crean que sólo puedo interactuar con un pro- 
grama cada vez. Pero si mantengo apretada la tecla Alt y 
luego pulso el botón de función F2 en lo alto de mi tecla- 
do, aparece otra pantalla negra vacía que me pide que dé 
mi nombre de usuario y contraseña. Puedo entrar e iniciar 
otro programa, luego pulsar Alt-Fl y regresar a la prime- 
ra pantalla, que sigue haciendo lo que quiera que estuviera 
haciendo cuando la dejé. O puedo pulsar Alt-F3 y entrar en 
otra pantalla, y una cuarta, y una quinta. En una de estas 


129 



130 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


pantallas puedo entrar como yo mismo, en otra como root 
(el administrador del sistema), y en otra puedo entrar en 
un ordenador distinto a través de la Red. 

Cada una de estas pantallas se llama, en jerga Unix, un 
tty, que es la abreviatura de teletipo. Así que cuando uso 
mi sistema Unix de este modo regreso a esa pequeña ha- 
bitación en el Instituto de Ames donde escribí mi primer 
código hace veinticinco años, excepto que el tty es más 
silencioso y rápido que un teletipo, y es capaz de ejecutar 
un software incomparablemente superior, tal como emacs 
o las herramientas de desarrollo de GNU. 

Resulta fácil (fácil para el estándar de Unix, no el de Ap- 
ple/Microsoft) configurar un sistema Unix de modo que 
vaya directamente a un GUI cuando lo inicies. De este mo- 
do nunca se ve una pantalla tty. Yo todavía hago que el 
mío se inicie con esta pantalla de teletipo, blanco sobre ne- 
gro, como un memento mori computacional. Solía estar de 
moda que los escritores tuvieran un cráneo humano sobre 
su escritorio como recordatorio de su mortalidad, de que 
todo era vanidad. La pantalla tty me recuerda que lo mis- 
mo sucede con las elegantes GUI. 

El X Window System, que es la GUI de Unix, ha de ser 
capaz de ejecutarse en cientos de tarjetas de vídeo diferen- 
tes con diferentes chips, memoria y buses de placa base. 
Igualmente, hay cientos de tipos distintos de monitores en 
el mercado nuevo y usado, cada uno con diferentes espe- 
cificaciones, así que probablemente haya más de un millón 
de combinaciones posibles de tarjeta y monitor. Lo único 
que todas tienen en común es que funcionan en modo VGA, 
que es la vieja pantalla de línea de comandos que se ve du- 
rante unos pocos segundos al iniciar Windows. Así que Li- 
nux siempre arranca en VGA, con una interfaz de teletipo, 
porque al principio no tiene ni idea de qué clase de hard- 
ware está conectado al ordenador. Para ir desde el teletipo 
hasta el GUI, hay que decirle a Linux exactamente qué tipo 
de hardware hay. Si te equivocas, obtendrás una pantalla 
en blanco en el mejor de los casos y, en el peor, podrías 
destruir físicamente el monitor, al enviarle señales que no 
puede manejar. 



Memento Morí 


131 


Cuando empecé a usar Linux, todo esto había que ha- 
cerlo a mano. Una vez me pasé casi un mes tratando de 
hacer que un monitor rebelde funcionara, y llené la mayor 
parte de un cuaderno con notas garabateadas cada vez más 
desesperadas. Hoy en día, la mayor parte de las distribu- 
ciones Linux incluyen un programa que automáticamente 
examina y configura el sistema, así que instalar X Window 
es casi tan fácil como instalar una GUI de Apple /Microsoft. 
La información crucial va a un archivo (un archivo de tex- 
to ASCII, naturalmente) llamado XF86Config, al que mere- 
ce la pena echar un vistazo incluso aunque la distribución 
lo cree automáticamente. Para la mayor parte de la gente 
parece una serie de ensalmos crípticos sin sentido — y esa 
era la idea de mirarlo — . Un sistema Apple /Microsoft de- 
be de tener la misma información para lanzar su GUI, pero 
posiblemente esté escondida en las profundidades, o pro- 
bablemente esté en un archivo que ni siquiera puede abrir 
y leer un editor de textos. Todos los archivos importantes 
que hacen que los sistemas Linux funcionen están a la vis- 
ta. Siempre son archivos de texto ASCII, así que no hacen 
falta herramientas especiales para leerlos. Se pueden mirar 
siempre que se quiera, lo cual es bueno, y se puede enredar 
con ellos y volver el sistema completamente disfuncional, 
lo cual ya no es tan bueno. 

En cualquier caso, asumiendo que mi archivo 
XF8 6Config esté tal cual, introduzco el comando 
startx para iniciar el sistema X Window. La pantalla 
queda en blanco durante un minuto, el monitor emite 
extraños ruidos chirriantes, luego se reconstituye como 
un escritorio gris en blanco con un cursor de ratón en el 
medio. Al mismo tiempo inicia el gestor de ventanas. X 
Window es software de bastante bajo nivel: proporciona 
la infraestructura para una interfaz gráfica de usuario, 
y es una infraestructura pesada e industrial. Pero no 
trabaja con ventanas. Eso lo maneja otra categoría de la 
aplicación colocada encima de X Window, llamada «gestor 
de ventanas». Hay varios disponibles, todos gratuitos, por 
supuesto. El clásico es Tom's Window Manager ( tivm , el 
«Gestor de Ventanas de Tom») pero hay una variante más 



132 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


pequeña y supuestamente más eficiente llamada fmum, 
que es la que yo uso. Le tengo el ojo echado a un gestor de 
ventanas completamente diferente llamado Enlightenment, 
que puede ser el producto tecnológico más elegante que 
haya visto nunca, puesto que a) es para Linux, b) es libre, 
c) está siendo desarrollado por un número muy pequeño 
de hackers obsesos, y d) tiene un aspecto asombrosamente 
estiloso; es el tipo de gestor de ventanas que podría 
aparecer en el trasfondo de una película de Alien. 

En cualquier caso, el gestor de ventanas funciona como 
un intermediario entre X Window y el software que se es- 
té usando. Dibuja los bordes de las ventanas, los menús, 
y demás, mientras las aplicaciones dibujan el contenido de 
las ventanas. Las aplicaciones pueden ser de cualquier tipo: 
editores de texto, navegadores web, paquetes gráficos o uti- 
lidades, como un reloj o una calculadora. En otras palabras, 
a partir de este punto, da la sensación de haber pasado a 
un universo paralelo bastante parecido al familiar univer- 
so de Apple o Microsoft, pero ligera y ubicuamente dife- 
rente. El principal programa gráfico en Apple /Microsoft es 
Adobe Photoshop, pero en Linux es algo llamado Gimp. 
En vez de Microsoft Office, se puede comprar algo llamado 
ApplixWare . 1 Hay muchos paquetes de software comercial, 
tales como Mathematica, Netscape Communicator y Ado- 
be Acrobat, disponibles en versión Linux y, según cómo se 
configure el gestor de ventanas, se puede hacer que tengan 
el mismo aspecto y se comporten igual que lo harían en 
MacOS o Windows. 

Pero hay un tipo de ventana que se verá en la interfaz 
gráfica de Linux y que es raro o inexistente en otros siste- 
mas operativos. Estas ventanas se llaman xterm y no con- 
tienen nada más que líneas de texto — esta vez texto negro 
sobre fondo blanco, aunque se pueden cambiar los colores: 
cada ventana xterm es una interfaz de línea de comandos 
en sí misma — , un tty en una ventana. Así que incluso 


1 Como sustituto de Microsoft Office, hoy día hay disponible una mag- 
nífica suite ofimática libre y multiplataforma llamada OpenOffice: http : 
/ /www . openoffice . org [N. del E.] 



Memento Morí 


133 


cuando se está en pleno modo gráfico, se puede seguir ha- 
blando con el ordenador Linux a través de una interfaz de 
línea de comandos. 

Hay mucho buen software de Unix que no tiene inter- 
faz gráfica en absoluto. Esto puede deberse al hecho de que 
se desarrolló antes de que X Window estuviera disponible, 
o porque las personas que lo escribieron no querían sufrir 
todo el agobio de crear una GUI, o sencillamente porque no 
lo necesitaban. En cualquier caso, esos programas pueden 
invocarse introduciendo sus nombres en la línea de coman- 
dos de una ventana xterm. El comando whoami, mencio- 
nado antes, es un buen ejemplo. Hay otro llamado wc ( ivord 
count, recuento de palabras) que sencillamente devuelve el 
número de líneas, palabras y caracteres en un archivo de 
texto. 

La capacidad de ejecutar este programitas de utilidades 
en la línea de comandos es una gran virtud de Unix, y una 
que es improbable que dupliquen los sistemas operativos 
de interfaz gráfica pura. El comando wc, por ejemplo, es el 
tipo de cosa que resulta fácil de escribir con una interfaz 
de línea de comandos. Probablemente no consiste más que 
de una pocas líneas de código, y un programador listo qui- 
zá podría escribirlo en una sola línea. En forma compilada 
sólo ocupa unos pocos bytes de espacio de disco. Pero el có- 
digo requerido para darle una interfaz gráfica de usuario a 
ese programa probablemente tendría cientos o incluso mi- 
les de líneas, dependiendo del capricho del programador. 
Compilado en un software ejecutable, tendría un montón 
de código GUI. Sería lento de iniciar y ocuparía un mon- 
tón de memoria. Este esfuerzo sencillamente no valdría la 
pena, así que wc nunca se escribiría como un programa in- 
dependiente. Los usuarios tendrían que esperar a que el re- 
cuento de palabras viniera incluido en un paquete de soft- 
ware comercial. 

Las interfaces gráficas tienden a imponer un montón de 
código superfluo al software, incluso al más pequeño, y es- 
te plus cambia completamente el entorno de programación. 
Las pequeñas utilidades ya no merecen la pena escribirse. 
Esta funciones tienden a ser aglutinadas en paquetes más 



134 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


amplios de software. A medida que las interfaces gráficas 
se vuelven más complejas, e imponen cada vez más código 
superfluo, esta tendencia se vuelve omnipresente, y los pa- 
quetes de software se hacen cada vez más colosales; a partir 
de cierto punto empiezan a fusionarse, como Word, Excel 
y PowerPoint se fundieron en Microsoft Office: un enorme 
Corte Inglés de software al borde de una ciudad llenas de 
tiendecitas en quiebra. 

Es una analogía injusta, porque cuando una tiendecita 
quiebra significa que un tendero ha cerrado el negocio. Por 
supuesto, nada de eso ocurre cuando wc queda subsumi- 
do en uno de los incontables elementos del menú de Mi- 
crosoft Word. El único inconveniente real es la pérdida de 
flexibilidad para el usuario, pero es una pérdida que la ma- 
yoría de clientes obviamente no nota o no les importa. El 
inconveniente más serio del «enfoque Corte Inglés» es que 
la mayoría de usuarios sólo quieren o necesitan una peque- 
ña parte de lo que contienen estos gigantescos paquetes de 
software. El resto es basura, peso muerto. Y sin embargo el 
usuario en el cubículo de al lado tendrá opiniones comple- 
tamente distintas acerca de qué es útil y qué no lo es. 

La otra cosa importante que hay que mencionar aquí 
es que Microsoft ha incluido una característica verdadera- 
mente elegante en Office: un paquete de programación en 
Basic. Basic es el primer lenguaje de ordenador que apren- 
dí, allá cuando usaba la cinta de papel y el teletipo. Usando 
la versión de Basic que viene incluida en Office uno pue- 
de escribir sus propias utilidades que saben cómo interac- 
tuar con todos los enredos, pijaditas, lacitos y pompones 
de Office. Basic es más fácil de usar que los lenguajes utili- 
zados habitualmente en la programación Unix de línea de 
comandos, y Office ha llegado a muchas más personas que 
las herramientas GNU. Así que es bastante posible que esta 
característica de Office acabe por generar mucho más hac- 
king que GNU. 

Pero ahora estoy hablando del software de aplicaciones, 
no de sistemas operativos. Y como he dicho, el software de 
aplicaciones de Microsoft tiende a ser muy bueno. Yo no lo 
uso mucho, porque no entro dentro de su mercado diana. 



Memento Morí 


135 


Si Microsoft saca alguna vez un paquete de software que yo 
use y me guste, entonces será el momento de que se desha- 
gan del stock, porque yo soy un segmento de mercado de 
una persona. 




La fatiga del «geek» 


En los años que llevo trabajando con Linux 1 he 
llenado tres cuadernos y medio registrando mis experien- 
cias. Sólo empiezo a escribir cosas cuando estoy haciendo 
algo complicado, como instalar X Window o enredar con 
mi conexión de Internet, así que estos cuadernos sólo con- 
tienen el registro de mis luchas y frustraciones. Cuando las 
cosas me salen bien, trabajo feliz y contento durante mu- 
chos meses sin anotar nada. Así que estos cuadernos son 
una lectura bastante lúgubre. Cambiar nada en Linux es 
cuestión de abrir varios de esos pequeños archivos ASCII 
y cambiar una palabra aquí y un carácter allí, de modos 
que resultan extremadamente significativos para el funcio- 
namiento del sistema. 

Muchos de los archivos que controlan el funcionamien- 
to de Linux no son nada más que líneas de comando que 
se volvieron tan largas y complicadas que ni siquiera los 


^os geeks son primos hermanos de los nerds y de los hackers. De hecho 
muchos de ellos son las tres cosas. El hacker se autodenomina a menudo 
geek en lugar de hacker, término reverencial y con demasiado peso que rara 
vez un hacker usará para referirse a sí mismo. Los geeks suelen ser gente 
con buenas aptitudes tecnológicas, que adoran los gadgets, van cargados a 
todas partes con diferentes cacharros electrónicos y llevan siempre cami- 
setas de congresos de tecnología, de hacklabs o de series de ciencia ficción. 
No son necesariamente adolescentes: un geek puede ser uno de los altos y 
serios directivos de una empresa tecnológica, el joven estudiante univer- 
sitario que insiste en que haya conexión por cable o ADSL en la residencia 
de estudiantes o un abuelo que acaba de descubrir Internet. [N. del E.] 


137 



138 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


hackers de Linux podrían escribirlas correctamente. Cuan- 
do se trabaja con algo tan potente como Linux, fácilmente 
se puede dedicar toda una media hora a escribir una so- 
la línea de comando. Por ejemplo, el comando find, que 
busca en todo el sistema de archivos aquellos ficheros que 
cumplan ciertos criterios, es fantásticamente potente y ge- 
neral. Su man tiene once páginas, y son páginas concisas; 
podrían expandirse a todo un libro. Además, como si eso 
no fuera lo bastante complicado por sí mismo, siempre se 
puede dirigir la salida de un comando Unix a la entrada de 
otro igualmente complicado. El comando pon, que se usa 
para activar una conexión PPP con Internet, requiere tanta 
información detallada que básicamente resulta imposible 
lanzarlo todo desde la línea de comandos. En lugar de eso, 
se abstraen grandes pedazos de su entrada a tres o cuatro 
archivos distintos. Hace falta un script 2 de marcación, que 
de hecho es un programita que le dice cómo marcar el te- 
léfono y responder a diversos sucesos; un archivo llamado 
options, que lista cerca de sesenta opciones diferentes so- 
bre cómo instalar la conexión PPP; y un archivo llamado 
secrets, que incluye información sobre las contraseñas. 

Presumiblemente hay hackers cuasidivinos de Unix en 
algún lugar del mundo que no tienen por qué usar estos pe- 
queños Scripts y archivos de opciones como muleta, y que 
sencillamente pueden sacar líneas de comando fantástica- 
mente complejas sin cometer errores tipográficos y sin te- 
ner que pasarse horas hojeando la documentación. Pero yo 
no soy uno de ellos. Como casi todos los usuarios de Linux, 
dependo de miles de pequeños archivos de texto ASCII que 
ocultan todos esos detalles y que a su vez están metidos en 
recovecos del sistema de archivos de Unix. Cuando quiero 
cambiar algo acerca del modo en que funciona mi sistema, 
edito esos archivos. Sé que si no sigo la pista de cada peque- 
ño cambio que he realizado, no podré hacer que el sistema 

2 Un script o «guión» es un fichero de texto que contiene una serie de 
instrucciones que se pueden invocar en la línea de comandos, y que se 
ejecutarán de forma secuencial. En ese sentido es semejante a un fichero 
con extensión BAT de MS-DOS, si bien es muchísimo más potente y puede 
ser programado de modo mucho más complejo. [N. del £.] 



La fatiga del «geek> 


139 


funcione tras haber enredado con él. Mantener registros es- 
critos a mano es tedioso, por no decir algo anacrónico. Pero 
es necesario. 

Probablemente me habría ahorrado un montón de do- 
lores de cabeza trabajando con una compañía llamada Cyg- 
nus Support, que existe para proporcionar ayuda a los 
usuarios de software libre. Pero no lo hice, porque quería 
ver si podía hacerlo yo solo. La respuesta resultó ser que 
sí, pero por los pelos. Y hay muchos retoques y optimiza- 
ciones que probablemente podría hacer a mi sistema que 
nunca he llegado a probar, en parte porque algunos días 
me canso de ser un morlock, y en parte porque me da mie- 
do estropear un sistema que en general me funciona bien. 

Aunque Linux me vale a mí y a muchos otros usuarios, 
su potencia y generalidad son su talón de Aquiles. Si uno 
sabe lo que está haciendo, puede comprar un PC barato de 
cualquier tienda de ordenadores, tirar los discos de Win- 
dows que lleva incluidos y convertirlo en un sistema Linux 
de desconcertante complejidad y potencia. Puede enchu- 
farlo a otros doce ordenadores Linux y convertirlo en parte 
de un ordenador paralelo. Puede configurarlo de tal modo 
que cien personas diferentes puedan entrar en él a través de 
Internet, por vía de otras tantas líneas de módem, tarjetas 
Ethernet, sockets TCP/lP, y enlaces de packet radio . 3 Puede 
unirlo a media docena de monitores diferentes y jugar a 
DOOM con alguien en Australia mientras sigue a satélites 
de comunicaciones en órbita y controla las luces y termos- 
tatos de casa y la grabación en directo de su webcam y na- 
vegar en Internet y diseñar circuitos en las demás pantallas. 
Pero la potencia y complejidad del sistema — las cualidades 
que lo hacen tan enormemente superior en el aspecto téc- 
nico a los demás sistemas operativos — a veces hacen que 
parezca demasiado formidable para el uso cotidiano. 


3 E1 packet radio es un sistema de comunicación digital basado en las 
emisoras de radioaficionados. Consiste en la transmisión-recepción, a tra- 
vés de la radio, de señales digitales empaquetadas con reconocimiento de 
errores en recepción. Su nombre es debido a que envía los datos digitales 
agrupándolos en pequeños paquetes. El kernel Linux soporta perfecta- 
mente este protocolo. [N. del E.] 



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En el principio. . . fue la línea de comandos 


A veces, en otras palabras, sólo quiero ir a Disneylandia. 

Mi sistema operativo ideal sería uno que tuviera una 
interfaz gráfica bien diseñada, que resultase fácil de instalar 
y usar, pero que incluyera ventanas de terminal desde las 
que pudiera regresar a la interfaz de línea de comandos, 
y ejecutar software GNU, cuando tuviera que hacerlo. Hace 
unos cuantos años. Be Inc. inventó exactamente ese sistema 
operativo. Se llama BeOS. 



Etre 


Muchas PERSONAS EN EL NEGOCIO de los ordenadores lo 
han pasado mal para vérselas con Be, Incorporated, por el 
simple motivo de que no parece tener ningún sentido. Se 
fundó a finales de 1990, lo cual lo hace más o menos con- 
temporáneo de Linux. Desde el principio se ha dedicado 
a crear un nuevo sistema operativo que es, por su diseño, 
incompatible con todos los demás (aunque, como veremos, 
es compatible con Unix en algunos aspectos muy importan- 
tes). Si una definición de celebridad es la de alguien que es 
famoso por ser famoso, entonces Be es una anticelebridad. 
Es famoso por no ser famoso; es famoso por estar condena- 
do. Pero lleva condenado muchísimo tiempo. 

La misión de Be podría tener más sentido para los hac- 
kers que para otra gente. Para explicar la razón tengo que 
exponer el concepto de cruft, 1 que para los que escriben có- 
digo es casi tan aberrante como una repetición innecesaria. 

Si han estado en San Francisco habrán visto viejos edi- 
ficios que han sido sometidos a actualizaciones sísmicas, lo 
cual frecuentemente significa que se han erigido grotescas 
superestructuras de acero moderno alrededor de edificios 
construidos, por ejemplo, en un estilo clásico. Cuando lle- 
guen nuevas amenazas — si tenemos otra Era Glacial, por 


1 Cruft no suele traducirse. Tampoco aparece en ningún diccionario de 
inglés, aunque sí en el Jargon File, que es el archivo oficioso de la jerga hac- 
ker: significa «excesivo», «superfluo», «basura», los hackers lo emplean 
para referirse en particular al código redundante o sobrante. [N. del E.] 


141 



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En el principio. . . fue la línea de comandos 


ejemplo — podrán construirse capas adicionales de tecnolo- 
gía todavía más alta, a su vez, alrededor de estas, hasta que 
el edificio original sea como una reliquia en una catedral 
— un pedazo de hueso amarillento incrustado en media to- 
nelada de un bonito amasijo decorativo. 

Se pueden tomar medidas análogas para hacer que vie- 
jos sistemas operativos renqueantes sigan funcionando. Se 
hace todo el tiempo. Remendar un viejo sistema operati- 
vo desgastado debiera verse simplificado por el hecho de 
que, a diferencia de los viejos edificios, los sistemas operati- 
vos no tienen ningún mérito estético o cultural que les haga 
intrínsecamente dignos de salvarse. Pero en la práctica no 
funciona así. Si trabajan con un ordenador, probablemente 
hayan personalizado su escritorio, el entorno en el que se 
sientan a trabajar cada día, y se han gastado mucho dinero 
en software que funciona en ese entorno, y han dedicado 
mucho tiempo a familiarizarse con el modo en que todo 
funciona. Esto lleva mucho tiempo, y el tiempo es dinero. 
Como ya mencioné, el deseo de simplificar las interaccio- 
nes con las tecnologías complejas a través de la interfaz, y 
de rodearse de enanitos de jardín y figuritas de Lladró vir- 
tuales, es natural y omnipresente — presumiblemente una 
reacción contra la complejidad y formidable abstracción del 
mundo informático — . Los ordenadores nos dan más opcio- 
nes de las que realmente queremos. Preferimos elegir una 
sola vez, o aceptar la configuración por defecto que nos dan 
las compañías de software, y dejar las cosas tranquilas. Pe- 
ro cuando un sistema operativo se cambia, todo se desma- 
dra. 

El usuario medio de ordenador es un anticuario tecno- 
lógico al que realmente no le gusta que las cosas cambien. 
Es un profesional urbano que acaba de comprarse un pre- 
cioso chalet adosado y está poniendo los muebles y la deco- 
ración, y reorganizando las alacenas, de tal modo que todo 
esté bien. Si es necesario que una banda de ingenieros hur- 
guen en el sótano reforzando los cimientos para que pue- 
dan soportar la nueva bañera de hierro con patas, metiendo 
nuevos cables y tuberías en las paredes para instalar elec- 
trodomésticos modernos, bueno, que así sea — los ingenie- 



Etre 


143 


ros son baratos, al menos cuando millones de usuarios de 
sistemas operativos se reparten el coste de sus servicios. 

Igualmente, a los usuarios de ordenador les gusta tener 
el último Pentium, y poder navegar por la red, sin alterar 
las cosas que les hacen sentir como si supieran qué demo- 
nios está pasando. A veces esto resulta posible, de hecho. 
Añadir más RAM al sistema es un buen ejemplo de una ac- 
tualización que probablemente no estropee nada. 

Por desgracia, muy pocas actualizaciones son así de 
pulcras y sencillas. Lawrence Lessig, que fue durante un 
tiempo Maestro Especial en el pleito antimonopolio del Mi- 
nisterio de Justicia contra Microsoft, se quejaba de que ha- 
bía instalado Internet Explorer en su ordenador, y al hacer- 
lo había perdido toda su lista de páginas favoritas (su lista 
personal de señales que usaba para navegar por el laberin- 
to de Internet). Era como si hubiera comprado un nuevo 
juego de llantas para su coche y luego, al marcharse del 
taller, descubriera que, debido a algún inescrutable efecto 
colateral, todas las señales y mapas de carreteras del mun- 
do hubieran sido destruidos. Si es como la mayoría de no- 
sotros, habría gastado un montón de esfuerzo en compilar 
esa lista de favoritos. Este es sólo un pequeño ejemplo del 
tipo de problema que pueden provocar las actualizaciones. 
Los sistemas operativos viejos y desvencijados tienen valor 
en el sentido básicamente negativo de que los nuevos nos 
hacen desear no haber nacido. 

Todos los apaños y remiendos que tienen que hacer los 
ingenieros para proporcionarnos los beneficios de la nueva 
tecnología sin forzarnos a pensar en ello, o a cambiar nues- 
tras costumbres, producen un montón de código que, con 
el tiempo, se convierte en un gigantesco pegote de chicle, 
engrudo, hilo de embalaje y cinta aislante que rodea a todo 
sistema operativo. En la jerga de los hackers, se llama cruft. 
Un sistema que tiene muchas, muchas capas se describe co- 
mo crufty, «cruftoso». Los hackers detestan hacer las cosas 
dos veces, pero cuando ven algo cruftoso, su primer impul- 
so es arrancarlo, tirarlo y empezar de nuevo. 

Si Mark Twain volviera a San Francisco hoy y estuviera 
en uno de estos viejos edificios sísmicamente restaurados. 



144 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


le parecería igual, con todas las puertas y ventanas en el 
mismo sitio: pero si saliera a la calle, no lo reconocería. Y 
— si hubiera vuelto con su ingenio intacto — podría cues- 
tionar si había merecido tomarse tanta molestia para salvar 
ese edificio. En algún momento, hay que hacerse la pregun- 
ta: ¿merece la pena, o deberíamos derribarlo y levantar uno 
bueno? ¿Deberíamos poner otra ola humana de ingenieros 
a estabilizar la Torre Inclinada de Pisa, o deberíamos senci- 
llamente dejar que la dichosa torre se caiga y construir una 
que no esté mal hecha? 

Como la restauración de un viejo edificio, el cruft siem- 
pre parece una buena idea cuando se ponen las primera 
capas — sólo es mantenimiento rutinario, una gestión sóli- 
da y prudente — . Este resulta especialmente cierto cuando 
(por así decir) nunca se baja al sótano, ni se mira detrás del 
encofrado. Pero cuando eres un hacker que se pasa todo el 
tiempo mirando las cosas desde ese punto de vista, el cruft 
es fundamentalmente asqueroso, y no puedes evitar que- 
rer sacarlo a golpe de escoplo. O, mejor aún, sencillamente 
salir del edificio — dejar que la Torre Inclinada de Pisa se 
caiga — y ponerse a construir una nueva que no se incline. 

Durante mucho tiempo, resultaba obvio a Apple, a Mi- 
crosoft y a sus clientes que la primera generación de sis- 
temas operativos con interfaz gráfica estaba condenada, y 
que acabarían por ser desechada en favor de sistemas com- 
pletamente nuevos. A finales de los ochenta y principios 
de los noventa, Apple realizó unos cuantos esfuerzos es- 
tériles para crear nuevos sistemas operativos posteriores a 
MacOS, tales como Pink y Taligent. Cuando estos esfuerzos 
fallaron, realizaron un nuevo proyecto llamado Copland, 
que también falló. En 1997 coquetearon con la idea de ad- 
quirir Be, pero en vez de eso adquirieron NeXT, que tiene 
un sistema operativo llamado NextStep que es, de hecho, 
una variante de Unix. A medida que estos esfuerzos se su- 
cedían y fracasaban, uno detrás de otro, los ingenieros de 
Apple, que eran de los mejores en la profesión, no dejaban 
de añadir capas de cruft. Estaban tratando de convertir la 
pequeña tostadora en una máquina multitarea y apta para 
Internet, y les salió sorprendentemente bien durante cier- 



Etre 


145 


to tiempo: algo así como el héroe de una película que cruza 
un río en la selva saltando sobre los lomos de los cocodrilos. 
Pero en el mundo real los cocodrilos terminan por acabarse, 
o bien pisas a uno realmente listo. 

Hablando de ello, Microsoft abordó el mismo problema 
de un modo considerablemente más ordenado, creando un 
nuevo sistema operativo llamado Windows NT, que está 
explícitamente pensado para ser un competidor directo de 
Unix. NT quiere decir New Technology, «Nueva Tecnología», 
lo cual podría leerse como un rechazo del cruft. Y de hecho 
NT tiene la reputación de ser mucho menos cruftoso de lo 
que acabó siendo MacOS; en un momento dado, la docu- 
mentación necesaria para escribir código en el Mac llenaba 
algo así como 24 carpetas. Windows 95 era, y Windows 98 
es, cruftoso porque tienen que ser retroactivamente compa- 
tibles con los anteriores sistemas operativos de Microsoft. 
Linux trata con el problema del cruft del mismo modo en 
que los esquimales trataban con sus jubilados: si insistes 
en usar viejas versiones de software Linux, antes o después 
acabarás por encontrarte flotando por el Estrecho de Bering 
en un iceberg cada vez más pequeño. Pueden permitírselo 
porque la mayor parte del software es gratuito, así que no 
cuesta nada descargarse versiones actualizadas, y la mayor 
parte de los usuarios de Linux son morlocks. 

La gran idea detrás de BeOS fue partir de una hoja de 
papel en blanco y diseñar un sistema operativo del modo 
correcto. Y eso es exactamente lo que hicieron. Esto era ob- 
viamente una buena idea desde el punto de vista estético, 
pero no es un buen plan de negocios. Algunas personas 
que conozco en el mundo GNU /Linux están molestos con 
Be por haber emprendido esta aventura quijotesca cuan- 
do sus formidables capacidades podían haber contribuido 
a extender Linux. 

De hecho, no tiene ningún sentido hasta que uno recuer- 
da que el fundador de la compañía, Jean-Louis Gassée, es 
de Francia — un país que durante muchos años mantuvo su 
propia versión separada e independiente de la monarquía 
inglesa en la corte de St. Germain, con cortesanos, ceremo- 
nias de coronación, religión estatal, y política exterior — . 



146 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Ahora, la misma fastidiosa pero admirable testarudez que 
nos dio a los jacobinos, la/orce defrappe, el Airbus y las seña- 
les de Arrét en Quebec, nos ha dado un sistema operativo 
realmente chulo. ¡Me cisco en vosotros, perros anglosajo- 
nes! 

Crear completamente un sistema operativo a partir de 
la nada, sencillamente porque ninguno de los existentes era 
exactamente adecuado, me pareció un acto de tal chule- 
ría que me vi compelido a apoyarlo. Me compré un BeBox 
en cuanto pude. El BeBox era un ordenador de procesador 
dual, con chips de Motorola fabricados específicamente pa- 
ra ejecutar el BeOS; no podía ejecutar ningún otro sistema 
operativo. Por eso lo compré. Sentí que era un modo de 
quemar las naves. Su característica más distintiva son dos 
pilotos en el panel frontal que suben y bajan como tacóme- 
tros para dar la sensación de lo duro que está trabajando ca- 
da procesador. Me pareció elegante, y además, calculé que 
en cuanto la compañía quebrara en unos poco meses, mi 
BeBox sería un valioso objeto de coleccionista. 

Han pasado dos años y estoy escribiendo esto en mi 
BeBox. Los pilotos (Das Blinkenlights, como los llaman en 
la comunidad Be) parpadean alegremente junto a mi codo 
derecho mientras pulso las teclas. Be, Inc. sigue en activo, 
aunque dejaron de fabricar BeBoxes casi inmediatamente 
después de que yo comprara el mío. Tomaron la triste pero 
probablemente bastante acertada decisión de que el hard- 
ware era mal negocio, y se llevaron el BeOS a Macintosh 
y a clones del Mac. Puesto que estos usan el mismo tipo 
de chips Motorola que usaba el BeBox, no resultó especial- 
mente difícil. 

Muy poco tiempo después, Apple estranguló a los fabri- 
cantes de clones del Mac y restauró su monopolio del hard- 
ware. Así que durante un tiempo Apple fabricó los únicos 
nuevos ordenadores que podían ejecutar BeOS. 

A estas alturas Be, como Spiderman con su sentido arác- 
nido, había desarrollado un agudo sentido de cuándo iban 
a aplastarlo como a un bicho. Incluso aunque no lo hubie- 
ran tenido, la idea de depender de Apple — tan frágil y 
sin embargo tan letal — para seguir existiendo hubiera es- 



Etre 


147 


pantado a cualquiera. Emprendiendo su propia aventura 
de salto de cocodrilos, trasladaron el BeOS a chips de Intel 
(los mismos chips que usan los ordenadores de Windows). 
Y justo en el momento adecuado, cuando Apple lanzó su 
nuevo hardware, basado en el chip G3 de Motorola, man- 
tuvieron en secreto los datos técnicos que los ingenieros de 
Be habrían necesitado para ejecutar el BeOS en aquellos or- 
denadores. Esto habría matado a Be como una bala entre 
ceja y ceja, de no haber dado ya el salto a Intel. 

Así que ahora el BeOS se puede ejecutar en una gama 
increíblemente variada de hardware: BeBoxes, viejos Macs 
y huérfanos clones del Mac y ordenadores Intel para uso 
con Windows. Por supuesto estos últimos son ubicuos y 
sorprendentemente baratos hoy en día, así que pareciera 
que los problemas de hardware de Be han llegado a su fin. 
Algunos hackers alemanes incluso han creado un sustituto 
de Das Blinkenliglits: es un circuito que se puede enchufar 
a máquinas compatibles con PC que ejecuten BeOS. Lleva 
los pilotos en forma de tacómetro que habían sido una ca- 
racterística tan popular del BeBox. 

Mi BeBox ya empieza a estar viejo, como les pasa a to- 
dos los ordenadores cada dos años o así y, antes o después, 
tendré que sustituirlo por un ordenador Intel. Incluso des- 
pués de eso, sin embargo, podré seguir usándolo. Porque, 
inevitablemente, alguien ya ha llevado Linux al BeBox. 

En cualquier caso, BeOS tiene una interfaz gráfica extre- 
madamente bien pensada, construida sobre un marco tec- 
nológico sólido. Se basa desde el principio en modernos 
principios del software orientado a objetos. El software del 
BeOS consiste en entidades cuasiindependientes de softwa- 
re llamadas objetos, que se comunican enviándose mensa- 
jes unas a otras. El sistema operativo mismo está compues- 
to de tales objetos, y funciona como una especie de oficina 
de correos o Internet a través de la cual se mandan mensa- 
jes de objeto a objeto. El sistema operativo tiene múltiples 
hilos, lo cual quiere decir que como todos los demás siste- 
mas operativos modernos puede caminar y mascar chicle a 
la vez; pero les da a los programadores un montón de po- 
der sobre la generación y eliminación de hilos, o subproce- 



148 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


sos independientes. También es un sistema operativo mul- 
tiprocesador, lo cual significa que se le da inherentemente 
bien ejecutarse en ordenadores con más de una CPU (Linux 
y Windows NT también hacen esto con eficacia). 

Para este usuario, un punto fuerte de BeOS es su apli- 
cación incrustada «Terminal», que permite abrir ventanas 
equivalente a las ventanas xterm de Linux. En otras pa- 
labras, la interfaz de línea de comandos está disponible si 
la quieres. Y debido a que BeOS sigue cierto estándar lla- 
mado POSIX, puede ejecutar la mayor parte del software 
GNU. Es decir, que la inmensa cantidad de software de lí- 
nea de comandos desarrollado por los de GNU funciona en 
una ventana terminal de BeOS sin problemas. Esto incluye 
las herramientas de desarrollo de GNU — el compilador y el 
enlazador — . E incluye todos los programitas de utilidades. 
Estoy escribiendo esto usando una especie de moderno edi- 
tor de texto llamado Pe, escrito por un holandés llamado 
Maarten Hekkelman, pero cuando quiero averiguar cuánto 
he escrito, paso a una ventana terminal y ejecuto wc. 

Como sugiere el informe de fallo que cité antes, la gen- 
te que trabaja para Be, y los programadores que escriben el 
código de BeOS, parecen divertirse más que sus homólo- 
gos en otros sistemas operativos. También parecen ser más 
diversos en general. Hace un par de años fui a una uni- 
versidad local para asistir a la conferencia de unos repre- 
sentante de Be. Fui porque asumí que el auditorio estaría 
desierto, y me pareció que merecían un público de al me- 
nos una persona. De hecho, acabé de pie en el pasillo, pues 
había cientos de estudiantes llenando la sala. Era como un 
concierto de rock. Uno de los dos ingenieros de Be en el 
escenario era negro, lo cual desgraciadamente es algo muy 
raro en el mundo de la alta tecnología. El otro denunció 
animadamente el cruft, y cantó las loas de BeOS por sus 
cualidades libres de cruft, y de hecho acabó diciendo que 
en diez o quince años, cuando BeOS se volviese tan crufto- 
so como MacOS y Windows95, sería hora de tirarlo y crear 
un nuevo sistema operativo a partir de la nada. ¡Dudo que 
esto fuera política oficial de Be, pero impresionó a todo el 
mundo en la sala! A finales de los ochenta, el MacOS fue. 



Etre 


149 


durante un tiempo, el sistema operativo de los artistas en 
la onda y los hackers — y BeOS parece tener el potencial 
para atraer a la misma gente hoy — . Las listas de correo de 
Be están llenas de hackers con nombres como Vladimir y 
Olaf y Pierre, poniéndose a parir unos a otros en quebrado 
tecnoinglés. 

La única pregunta real acerca de BeOS es si está conde- 
nado o no. 

Últimamente, Be ha respondido a la cansina acusación 
de que están condenados con la aseveración de que BeOS 
es un «sistema operativo multimedia» fabricado para los 
creadores de contenidos multimedia, y por tanto no entra 
en competición con Windows. Esto es un poco ingenuo. Por 
volver a la analogía de los concesionarios de coches, es co- 
mo si el dueño de la tienda de batmóviles afirmara que en 
realidad no compite con los demás porque su coche puede 
ir tres veces más rápido y además puede volar. 

Be tiene una oficina en París y, como mencioné, la con- 
versación en las listas de correos sobre Be tiene un sabor 
fuertemente europeo. Al mismo tiempo se han esforzado 
mucho por hallar un nicho en Japón, e Hitachi acaba de em- 
pezar a meter BeOS en sus PC. Así que, si tuviera que lanzar 
una predicción, yo diría que están jugando al go mientras 
Microsoft juega al ajedrez. Por el momento, se mantienen 
lejos de la posición abrumadoramente fuerte de Microsoft 
en Norteamérica. Están tratando de asentarse en los bordes 
del tablero, por así decir, en Europa y Japón, donde la gente 
puede estar más abierta a sistemas operativos alternativos, 
o al menos puede ser más hostil a Microsoft, que en los Es- 
tados Unidos. 

Lo que mantiene a Be trabado en este país es el hecho 
de que a la gente inteligente le da miedo parecer imbécil. 
Corres el riesgo de parecer ingenuo cuando dices: «He pro- 
bado BeOS, y esto es lo que opino.» Parece mucho más so- 
fisticado decir: «Las probabilidades de que Be encuentre 
un nicho en el mercado altamente competitivo de los sis- 
temas operativos se aproximan a cero.» Es, enjerga técnica, 
un problema de mente compartida. Y en el negocio de los 
sistemas operativos, la mente compartida es algo más que 



150 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


una mera cuestión de RP; tiene efectos directos sobre la tec- 
nología misma. Todos los enredos periféricos que pueden 
enchufarse a un ordenador personal — las impresoras, escá- 
neres, interfaces de PalmPilot y Lego Mindstorms — preci- 
san de unos elementos de software llamados controladores 
o drivers. Igualmente, las tarjetas de vídeo y (en menor me- 
dida) los monitores necesitan drivers. Incluso los diferentes 
tipos de placas madre en el mercado se relacionan con el 
sistema operativo de diferentes maneras, y se precisa un 
código distinto para cada una. Todo este código específico 
para el hardware no sólo ha de escribirse, sino también pro- 
barse, mejorarse, actualizarse, mantenerse, y repararse. De- 
bido al hecho de que el mercado del hardware se ha vuel- 
to tan enorme y complicado, lo que realmente determina 
el destino de un sistema operativo no es lo bueno que sea 
técnicamente, ni cuánto cueste, sino la disponibilidad del 
código específico del hardware. Los hackers de Linux tie- 
nen que escribir ese código ellos mismos, y han mantenido 
una rapidez asombrosa. Be, Inc. tiene que escribir todos sus 
propios drivers, aunque a medida que BeOS ha ido ganan- 
do impulso programadores independientes han empezado 
a contribuir con drivers, que están disponibles en el sitio 
web de Be. 

Pero Microsoft lleva ventaja, de momento, porque no 
tiene que escribir sus propios drivers. Cualquier fabricante 
de hardware que lance hoy día una nueva tarjeta de vídeo 
o un nuevo periférico al mercado sabe que será invendible 
a menos que incluya el código específico del hardware que 
haga que funciones con Windows, y así todos los fabrican- 
tes de hardware han aceptado la carga de crear y mantener 
su propia biblioteca de drivers . 2 


2 A finales de 2001, Be Inc. cerró sus puertas y vendió su propiedad 
intelectual a Palm, incluido BeOS. Unos cuantos días antes de anunciarse 
la venta, un grupo de hackers iniciaron el «OpenBeOS Project» (http : 
//open-beos . sourceforge . net), un proyecto dedicado a re-crear, y 
luego extender, un clon libre de BeOS. [N. del E.] 



Mente compartida 


La afirmación del Gobierno de los ee.uu. de que Mi- 
crosoft tiene el monopolio del mercado de sistemas opera- 
tivos puede ser la aseveración más obviamente absurda ja- 
más presentada por la mente legal. Linux, un sistema ope- 
rativo técnicamente superior, se regala, y BeOS está dispo- 
nible por un precio nominal. Esto es sencillamente un he- 
cho, que hay que aceptar te guste o no Microsoft. 

Microsoft es realmente grande y rica, y si hay que creer 
a algunos de los testigos del Gobierno, no son muy agrada- 
bles. Pero la acusación de monopolio sencillamente carece 
de sentido. 

Lo que realmente está pasando es que Microsoft se ha 
hecho, de momento, con cierta ventaja: dominan la compe- 
tición por la mente compartida, así que cualquier fabricante 
de hardware o software que quiera ser tomado en serio se 
siente obligado a fabricar un producto que sea compatible 
con sus sistemas operativos. Dado que los fabricantes de 
hardware escriben drivers compatibles con Windows, Mi- 
crosoft no tiene por qué escribirlos; a todos los efectos, los 
fabricantes de hardware están añadiendo nuevos compo- 
nentes a Windows, convirtiéndolo en un sistema operativo 
más capaz, sin cobrar a Microsoft por sus servicios. Es una 
buena posición en la que estar. El único modo de combatir 
a tal adversario es tener un ejército de programadores al- 
tamente competentes que escriban drivers equivalentes de 
forma gratuita, que es lo que hace Linux. 


151 



152 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


Pero la posesión de esta ventaja tecnológica es diferente 
de un monopolio en cualquier sentido normal de la pala- 
bra, porque aquí el dominio no tiene nada que ver con los 
resultados técnicos o el precio. Los antiguos monopolios de 
barones ladrones eran monopolios porque controlaban físi- 
camente los medios de producción y/ o distribución. Pero 
en el negocio del software, los medios de producción son 
los hackers que escriben código, e Internet es el equivalente 
a los medios de distribución, y nadie afirma que Microsoft 
controle eso. 

Aquí, por el contrario, el dominio se encuentra en las 
mentes de la gente que compra software. Microsoft tiene 
poder porque la gente cree que lo tiene. Hace mucho dine- 
ro. A juzgar por los recientes procedimientos judiciales en 
ambos Washingtons, pareciera que este poder y este dine- 
ro impelieron a algunos ejecutivos muy peculiares a traba- 
jar para Microsoft, y que Bill Gates debiera haber realizado 
tests de saliva antes de darles tarjetas de identidad de Mi- 
crosoft. 

Pero este no es el tipo de poder que encaja con cualquier 
definición normal de la palabra monopolio, y no es regulable 
legalmente. Puede que los tribunales ordenen a Microsoft 
que haga las cosas de otro modo. Incluso puede que par- 
tan la compañía . 1 Pero en realidad no pueden hacer nada 
respecto del monopolio de la mente compartida, a menos 
que agarren a cada hombre, mujer y niño en el mundo de- 

1999, el juez federal Thomas Penfield Jackson dictaminó que Mi- 
crosoft había incurrido en las prácticas monopolistas ilegales de las que se 
le acusaba, y ordenó una división de la empresa en dos firmas, una que 
produciría el sistema operativo Windows y otra dedicada a programas de 
aplicaciones. En 2000, en respuesta a una apelación de Microsoft, el Tribu- 
nal Supremo de Estados Unidos anuló el fallo de ese juez federal y remitió 
el caso al tribunal de la juez Kollar-Kotelly. Después de tres años de asedio 
judicial, el nuevo gobierno del presidente George W. Bush, a través de su 
Departamento de Justicia, ofreció una salida fácil a la compañía de Red- 
mond, renunciando a dividirla en dos y liberándoles de la obligación de 
publicar las especificaciones técnicas del sistema operativo, que hubiera 
permitido a terceros desarrollar aplicaciones en igualdad de condiciones. 
Muchos atribuyeron este cambio de actitud y la magnífica sintonía entre 
Microsoft y la Casa Blanca a las suculentas contribuciones de campaña 
realizadas por Microsoft a los republicanos. [N. del £.] 



Mente compartida 


153 


sarrollado y los sometan a un largo proceso de lavado de 
cerebro. 

El dominio de la mente compartida es, en otras pala- 
bras, una cosa muy rara, algo que los creadores de las leyes 
antimonopolio nunca podrían haberse imaginado. Se pa- 
rece a uno de esos desquiciados fenómenos modernos de 
teoría del caos, algo relacionado con la complejidad, en la 
que un montón de entidades independientes pero conecta- 
das (los usuarios de ordenadores del mundo), tomando sus 
propias decisiones, según una pocas reglas elementales, ge- 
neran un enorme fenómeno (el dominio total del mercado 
por una sola compañía) que no tiene sentido por ningún 
análisis racional. Tales fenómenos están llenos de puntos 
pivotales ocultos y enmarañados con extraños bucles de 
retroalimentación, y no pueden entenderse: los que lo in- 
tentan acaban 

1 . Volviéndose locos 

2. Rindiéndose 

3. Desarrollando teorías desquiciadas, o 

4. Convirtiéndose en consultores sobre teoría del caos 
muy bien pagados. 

Puede que haya una o dos personas en Microsoft lo bas- 
tante tontas para creer que el dominio de la mente compar- 
tida es una posición estable y duradera. Tal vez eso expli- 
ca alguno de los chiflados que han contratado en el sector 
de negocios, los fanáticos que jueces enfurecidos constan- 
temente llevan a los tribunales. Pero la mayoría de ellos 
deben de tener la inteligencia para comprender que fenó- 
menos como estos son desquiciantemente inestables, y que 
no se puede decir qué suceso extraño y aparentemente irre- 
levante podría hacer que el sistema pasara a una configu- 
ración radicalmente diferente. 

Por expresarlo de otro modo, Microsoft puede estar se- 
gura de que el juez Thomas Penfield Jackson no emitirá una 
orden para que se reprogramen sumariamente los cerebros 



154 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


de todos los habitantes del mundo desarrollado. Pero no 
hay modo de predecir cuándo la gente decidirá, en masa, 
reprogramar sus propios cerebros. Esto podría explicar par- 
te del comportamiento de Microsoft, como su política de te- 
ner reservas extrañamente grandes de dinero, y la angustia 
extrema que les entra cuando aparece algo como Java. 

Nunca he visto el interior del edificio de Microsoft don- 
de están todos los altos ejecutivos, pero tengo la fantasía 
de que en los pasillos, a intervalos regulares, hay grandes 
cajas rojas de alarma atornilladas a las paredes. Cada una 
contiene un gran botón rojo protegido por un cristal. Un 
martillo de metal cuelga por una cadena junto a él. Encima 
hay un gran cartel que dice: 

Romper el cristal en caso de desplome 

DE LA CUOTA DE MERCADO 

No sé qué sucede cuando alguien rompe el cristal y 
aprieta el botón, pero seguro que sería interesante averi- 
guarlo. Me imagino bancos arruinándose en todo el mundo 
mientras Microsoft retira sus reservas, y paquetes de bille- 
tes de cien envueltos en plástico cayendo del cielo. Sin du- 
da, Microsoft tiene un plan. Pero lo que realmente me gus- 
taría saber es si, a cierto nivel, sus programadores respira- 
rían aliviados si la carga de escribir la Única Interfaz Uni- 
versal para Todo fuera súbitamente retirada de sus hom- 
bros. 



El meñique derecho de Dios 


En SU LIBRO La vida del cosmos , que todo el mundo debe- 
ría leer. Lee Smolin da la mejor descripción que he leído 
nunca de cómo nuestro universo emergió de un equilibrio 
sorprendentemente preciso de diferentes constantes funda- 
mentales. La masa del protón, la fuerza de la gravedad, el 
ámbito de la fuerza nuclear débil y unas pocas docenas más 
de constantes fundamentales determinan por completo qué 
tipo de universo surgirá de un Big Bang. Si estos valores 
hubieran sido incluso ligeramente diferentes, el universo 
habría sido un enorme océano de gas tibio o un nudo ca- 
liente de plasma o alguna otra cosa básicamente poco in- 
teresante — pura filfa, en otras palabras — . El único modo 
de obtener un universo que no sea filfa — que tenga estre- 
llas, elementos pesados, planetas y vida — es calcular bien 
los números básicos. Si hubiera algún ordenador, en algún 
lugar, que pudiera escupir universos con valores aleatoria- 
mente escogidos para sus constantes fundamentales, por 
cada universo como el nuestro produciría 10 229 universos 
fallidos. 

Aunque no me he sentado a hacer el cálculo, a mí esto 
me parece comparable a la probabilidad de hacer que un 
ordenador Unix haga algo útil entrando en un tty e intro- 
duciendo líneas de comando cuando te has olvidado de to- 
das las opciones y palabras clave. Cada vez que tu meñique 
pulsa la tecla ENTER, lo estás intentando. En algunos casos 
el sistema operativo no hace nada. En otros casos borra to- 


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156 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


dos tus archivos. En la mayoría de los casos simplemente 
te da un mensaje de error. En otras palabras, obtienes mu- 
chas filfas. Pero a veces, si lo haces todo bien, el ordenador 
rumia durante un rato y luego produce algo como emacs. 
De hecho, genera complejidad, que es el criterio de Smolin 
para la propiedad de resultar interesante. 

No sólo eso, sino que además parece que, una vez que 
vas por debajo de cierto tamaño — mucho más abajo del ni- 
vel de los quarks, al ámbito de la teoría de supercuerdas — 
el universo no puede describirse con la física que se prac- 
tica desde tiempos de Newton. Si se mira a una escala lo 
bastante pequeña, se ven procesos que parecen de natura- 
leza casi computacional. 

Creo que el mensaje está muy claro: en algún lugar fue- 
ra y más allá de nuestro universo hay un sistema operativo, 
codificado a lo largo de incalculables periodos de tiempo 
por algún tipo de demiurgo-hacker. El sistema operativo 
cósmico usa una interfaz de línea de comandos. Se ejecu- 
ta en algo parecido a un teletipo, con montones de ruido 
y calor; los bits introducidos revolotean a la papelera co- 
mo estrellas fugaces. El demiurgo está sentado frente a su 
teletipo, introduciendo una línea de comando tras otra, es- 
pecificando los valores de las constantes fundamentales de 
la física: 

root@god:~# universe -G 6.672e-ll -e 1.602e-19 \ 

-h 6.626e-34 — protonmass 1 . 673e-27 . . . . 

y cuando acaba de escribir la línea de comandos, su meñi- 
que derecho titubea sobre la tecla enter durante uno o dos 
eones, preguntándose qué va a pasar; luego cae — y el boom 
que se oye es otro Big Bang. 

Ese sí que es un sistema operativo chulo, y si estuviera 
disponible en Internet (libre, por supuesto) todos los hac- 
kers del mundo se lo descargarían enseguida y se pasarían 
toda la noche enredando, escupiendo universos a diestro 
y siniestro. La mayoría serían universos bastante sosos pe- 
ro algunos serían simplemente asombrosos. Porque los que 
esos hackers estarían tratando de conseguir sería algo mu- 
cho más ambicioso que un universo con unas pocas estre- 



El meñique derecho de Dios 


157 


lias y galaxias. Cualquier hacker corrientucho podría hacer 
eso. No, el modo de labrarse una gran reputación en Inter- 
net sería ser tan bueno con la línea de comandos que los 
universos desarrollaran vida espontáneamente. Y una vez 
que el modo de conseguir eso se convirtiera en un cono- 
cimiento común, esos hackers irían más allá, tratando de 
hacer que sus universos desarrollaran el tipo adecuado de 
vida, tratando de hallar el único cambio en el n-ésimo lugar 
decimal de una constante física que nos daría una Tierra en 
la que, pongamos, aceptaran a Hitler en la Escuela de Be- 
llas Artes después de todo, y acabara como artista callejero 
con curiosas opiniones políticas. 

Incluso si esa fantasía se volviera realidad, sin embar- 
go, la mayoría de los usuarios (incluyéndome a mí mis- 
mo, algunos días) no querrían molestarse en aprender to- 
dos esos arcanos comandos, y pugnar con todos los fraca- 
sos; unos pocos universos fallidos realmente pueden ati- 
borrarte el trastero. Tras pasar un rato introduciendo lí- 
neas de comando y pulsando la tecla enter y engendran- 
do aburridos universos fallidos, empezaríamos a desear 
que hubiera un sistema operativo que fuera todo lo con- 
trario: un sistema operativo que tuviera la potencia para 
hacerlo todo: para vivir nuestra vida por nosotros. En es- 
te sistema operativo, todas las decisiones posibles que tu- 
viéramos que tomar habrían sido predeterminadas por as- 
tutos programadores, y condensadas en una serie de cua- 
dros de diálogo. Pulsando en botones de radio podría- 
mos escoger de entre opciones mutuamente excluyentes 
(HETEROSEXUAL /HOMOSEXUAL). Las columnas de cuadri- 
tos a tachar nos permitirían seleccionar las cosas que quisié- 
ramos en nuestra vida ((CASARSE /ESCRIBIR LA GRAN NO- 
VELA AMERICANA) y para las opciones más complicadas 
podríamos rellenar cuadritos de texto (NÚMERO DE HIJAS: 
NÚMERO DE HIJOS). 

Incluso esta interfaz de usuario empezaría a parecer tre- 
mendamente complicada pasado un tiempo, con tantas op- 
ciones y tantas interacciones ocultas entre opciones. Se vol- 
vería casi inmanejable — el problema del doce parpadean- 
te de nuevo — . La gente que nos la proporcionó tendría 



158 


En el principio. . . fue la línea de comandos 


que proporcionar también asistentes y plantillas, dándonos 
unas pocas vidas por defecto que pudiéramos usar como 
base para diseñar la nuestra. Lo más probable es que estas 
vidas por defecto le parecieran bastante buenas a la mayo- 
ría de la gente, de todas formas, así que les fastidiaría enre- 
dar con ellas por miedo a empeorarlas. Así que, tras unas 
pocas versiones, el software sería aún más simple: lo ini- 
ciarías y te presentaría un cuadro de diálogo con un único 
botón grande en medio etiquetado: vivir. Una vez pul- 
saras ese botón, empezaría tu vida. Si algo fuese mal, o no 
respondiese a tus expectativas, podrías quejarte al Departa- 
mento de Atención al Cliente de Microsoft. Si te atendiese 
un empleado de atención al público, te diría que tu vida 
iba bien, que no le pasaba nada y que en cualquier caso irá 
mucho mejor con la próxima actualización. Pero si insistie- 
ras, y te identificaras como alcanzado, podrías hablar con un 
ingeniero de verdad. 

¿Qué diría el ingeniero, una vez hubieras explicado tu 
problema y enumerado todas las insatisfacciones de tu vi- 
da? Probablemente te diría que la vida es una cosa muy 
difícil y complicada; que ninguna interfaz puede cambiar 
eso; que cualquiera que crea lo contrario es un imbécil; y 
que si no te gusta que escojan por ti, deberías empezar a 
elegir por ti mismo.